Con la Navidad, se ha volcado el amor de Dios sobre el mundo

Natividad de nuestro Señor Jesucristo, Misa del día, lunes 25 de diciembre de 2023,

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Hermanos, este es un día rebosante de gozo, alegría y exultación, pues celebramos el misterio entrañable del amor de Dios, misterio que llena al mundo y a la humanidad entera con un mensaje de esperanza, vida y salvación. Contemplamos admirados, agradecidos y reverentes el gozoso anuncio: “Hoy, en Belén, les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Ante este misterio sublime y admirable del amor de Dios cantamos: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

El Hijo de Dios ha nacido según nuestra carne, realizando un verdadero intercambio entre lo divino y lo humano. Qué maravilloso amor; contemplemos ese intercambio y contraste a la vez: el Dios infinito se ha hecho pobre y pequeño; el Dios eterno ha entrado en el tiempo; el Dios omnipotente ha aparecido débil y frágil acostado en la humildad de un pesebre. Este es el misterio desbordante y entrañable del amor del Padre que ha querido hablarnos de la manera más cercana y directa con el nacimiento de su Hijo en el seno virginal de María.

El Hijo eterno del Padre se ha rebajado y se ha humillado haciéndose visible en nuestra carne mortal para comunicarnos su amor y su paz. Se ha encarnado y ha nacido para elevar y dignificar nuestra naturaleza humana dañada por la corrupción del pecado. Ese pequeño Niño -que contemplamos en el pesebre- es el mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y que pregona la salvación; este es el rey y salvador que anuncia Isaías en la primera lectura que hemos escuchado. Es el Señor que consuela a su pueblo, el príncipe de la paz que quiere apagar tanto odio, violencia y guerra en el mundo con la fuerza de su amor. Nos da su paz para compartir el amor, el perdón y la hermandad con los demás.

El misterio entrañable de la Navidad nos habla de un Dios tan cercano, un Dios humanado y personal que se ha hecho uno de nosotros. Por ello, el autor de la carta a los hebreos, que escuchamos en la segunda lectura, nos ha dicho de manera muy clara y elocuente: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, pero ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo”. Es el Hijo que hecho carne ha nacido en Belén, ese Niño que contemplamos es el reflejo de la gloria del Padre e imagen fiel de su ser. Por eso lo adoramos y le rendimos homenaje, lo hacemos porque es el Dios amor hecho carne.

En el sublime y solemne evangelio de San Juan, se nos revela, una vez más, el misterio del amor total de Dios. El Verbo, la Palabra eterna del Padre se hizo carne, puso su tienda entre nosotros y vino a habitar en medio nuestro. Este es el extremo del abajamiento y de la cercanía total de su amor. Y porque se ha encarnado y ha nacido entre nosotros, hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad. Nos ha hecho nacer al amor de Dios, no a un amor humano, sino de Dios. Por eso, también, Él es la luz que alumbra a todo hombre. En Navidad ha brillado esta luz de gloria y amor para que todos recibamos, gracia tras gracia, de la plenitud de Dios.

Hermanos, Navidad es fiesta para adorar y contemplar, para alabar y bendecir infinitamente este misterio total de amor y salvación de Dios. Con la Navidad, se ha volcado el amor de Dios sobre el mundo. Por ello, Navidad es mensaje de amor y paz, de humildad y sencillez, de hermandad y reconciliación, de solidaridad y sensibilidad. Tanto amor ha tenido el Padre con nosotros al darnos a su Hijo nacido en Belén. Este amor hay que compartirlo y testimoniarlo con los demás, sobre todo con quienes más lo necesitan. Si así lo hacemos, Jesús estará renaciendo en nosotros y en nuestro mundo que tanto amor necesita.

Estamos seguros de que el Dios encarnado y nacido entre nosotros, que contemplamos acostado en un frío establo -lleno de ternura y amor- nos pide ser más solidarios, serviciales y sensibles: con más capacidad de amar, de hacer el bien y ser de verdad hermanos entre nosotros en medio de un mundo que cada vez más se aleja de Dios y deja de reconocerlo.

Ahora, en la Eucaristía, nos alimentaremos de la carne y la sangre del Mesías y Salvador que nos ha nacido en Belén. Nos alimentamos para fortalecernos en el amor y en la paz que han brillado con gloria y esplendor desde la sencillez y pobreza del pesebre. Con corazón pobre, humilde y sencillo como Él, vayamos a ser capaces de vivir en el amor; eso es vivir y celebrar de verdad la Navidad.

Que el Señor nos ayude. Amén ¡Feliz y santa Navidad para todos!