Convertirnos… ha de ser con rectitud de corazón

Miércoles de Ceniza, 14 de febrero de 2024.

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

“En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios (…) ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación”, nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado. Asimismo, “Conviértanse y crean en el Evangelio” es la expresión de Jesús en el evangelio de San Marcos que escucharemos en el momento de la imposición de la ceniza. Hermanos, estas dos exhortaciones fuertes de la palabra de Dios nos motivan y disponen a emprender nuestro camino cuaresmal teniendo como meta la próxima Pascua. Somos invitados a acoger la acción misericordiosa de Dios y volvernos a Él, es decir, estamos llamados a convertirnos de corazón.

Quiero detenerme en tres términos fundamentales que distinguen y caracterizan este tiempo litúrgico fuerte, particular y significativo que iniciamos hoy por gracia de Dios y en comunión con toda la Iglesia:

1.- Camino: Cuaresma es un itinerario espiritual y bautismal que tiene como meta y objetivo la celebración de la Pascua. Es un camino para renovar y reavivar nuestra condición bautismal a través de la penitencia, la escucha de la palabra de Dios, la oración y la práctica de las obras de misericordia. Ciertamente es un camino caracterizado por la penitencia y el espíritu de conversión, pero no se trata de un tiempo oscuro o triste; todo lo contrario, caminamos para convertirnos y renovarnos en cuanto hijos de Dios; caminamos para reavivar nuestra experiencia de fe; caminamos para recibir el amor, la misericordia y el perdón de Dios preparando nuestros corazones para la celebración central de la Pascua.

2.- Ceniza: es el signo penitencial externo que recibiremos como expresión de nuestra disposición a abrirnos a la acción de Dios y convertirnos a Él; es la actitud de volvernos al Señor con la totalidad de nuestra vida. También la ceniza es signo de nuestra pequeñez y pobreza; signo de nuestra precariedad y transitoriedad.

3.- Pascua: es la celebración central y principal de los misterios de nuestra fe, a saber, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Como he dicho, la Pascua es la meta y el objetivo de la Cuaresma. Si la Pascua es la celebración central y primordial de nuestra fe, luego entonces, hay que prepararse y disponerse de la mejor manera para ello. Por esta razón existe y se nos da la Cuaresma como camino y tiempo de preparación de nuestros corazones muchas veces heridos por la realidad del pecado que nos aleja de Dios y de su amor. Se trata, entonces, hermanos, con esta Cuaresma que iniciamos, de volver a Dios, de retornar a sus caminos y de adherirnos con ánimo renovado a su santa voluntad, para llegar a la Pascua. Precisamente de este punto esencial nos habla la palabra de Dios que se ha proclamado.

La acción penitencial que plantea la primera lectura del profeta Joel es la respuesta del pueblo de Israel ante la llegada del “Día del Señor”. Y la respuesta que el profeta sugiere y presenta es la conversión; la mejor manera de prepararse al “Día del Señor” es la conversión. Convertirse es volverse a Dios “de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto”; es una actitud que pide volver a Dios desde lo más profundo de la persona, por ello dice el profeta que se trata de “rasgar el corazón y no las vestiduras”. Trabajar con la interioridad, con lo más profundo del corazón es el rasgo esencial de una verdadera y auténtica conversión. Y se nos llama a hacerlo porque “Dios es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia”. Asumiendo así nuestro compromiso de conversión, al iniciar la Cuaresma, decimos con el profeta “Perdona, Señor, perdona a tu pueblo”.

En este espíritu asumimos también las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura de 2 corintios. Él nos recuerda que “Dios nos ha reconciliado por medio de Cristo”; en Cristo y desde su misterio pascual hemos recibido el perdón. Por ello, acojamos la exhortación del apóstol: “Les pedimos que se dejen reconciliar con Dios”. Asumamos esta Cuaresma con este fin y como tiempo de gracia y salvación, nunca echando “en saco roto la gracia de Dios”; todo lo contrario, aprovechando el paso amoroso y misericordioso de Dios.

El evangelio de San Mateo, con el cual iniciamos la Cuaresma, podríamos decir que es “el primer corazón” del sermón de la montaña: se trata de invitarnos a tener una nueva relación con Dios, que es un Padre bueno y providente. Por ello, la enseñanza de Jesús menciona las tres acciones a través de las cuales nos relacionamos habitualmente con Dios: la limosna que nos hace imitar la generosidad de Dios, la oración que expresa nuestra confianza en Dios y nuestra adhesión a su voluntad, y el ayuno que nos ayuda a salir de nuestra autosuficiencia. Pero Jesús plantea una nueva e importante enseñanza: esas prácticas hay que realizarlas por amor a Dios y a los hermanos, y no por amor a nosotros mismos cayendo en el que nos vean y en la vanidad espiritual. La justicia a la que nos llama Jesús -que debe ser mayor que la de los escribas y fariseos- no es solo obediencia a Dios, sino sobre todo la rectitud de corazón. Convertirnos, practicar la limosna, la oración y el ayuno, ha de ser con rectitud de corazón. Por ello, el camino cuaresmal que hoy iniciamos es una oportunidad de gracia para la introspección espiritual y llegar a lo más profundo de nuestro ser, para orientarlo decididamente a Dios. De esto se trata la Cuaresma.

También el Papa Francisco, con su mensaje cuaresmal 2024, nos invita a transitar este tiempo como un desierto a través del cual Dios nos guía a la libertad, así como lo hizo en el éxodo con el pueblo de Israel. Por la conversión nos liberamos de la esclavitud del pecado para alcanzar la verdadera libertad en el amor y la gracia de Dios. También de esto se trata el camino y el desierto cuaresmal. Recordemos que el desierto es el lugar de la prueba y del encuentro con Dios: pasamos por pruebas, ejercicios de piedad y oraciones para alcanzar el encuentro con Dios y renovar así nuestra vida de fe y nuestra condición bautismal.

Oremos y pidamos al Señor en esta Eucaristía con el orante del sublime salmo 50: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado (…) Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Que esta sea nuestra disposición más sincera y el anhelo más profundo al iniciar la Cuaresma y al recibir enseguida el signo penitencial de la ceniza. Que el Señor nos ayude y que así sea.