El cristianismo no es una herencia pasiva ni un título que se recibe por tradición y luego se deja morir. Es una elección cotidiana, un compromiso que nos interpela en cada momento de la vida. Sin embargo, los tiempos actuales nos revelan un fenómeno preocupante: la fe parece desvanecerse en la vida de muchas personas.
Crecemos en una sociedad que alguna vez estuvo marcada por valores cristianos, más propiamente católicos, que muestra en el presente signos evidentes de enfriamiento religioso. Los números hablan de una reducción en la práctica católica, en la identificación con la Iglesia.
La transmisión de la fe no ocurre por inercia. No basta con haber sido bautizados o con haber recibido algunos sacramentos en la infancia. La fe se nutre, se fortalece, se hace vida en el testimonio, como lo repito tantas veces en las homilías y en las visitas pastorales y otros encuentros.
Si nos sorprende la caída en la práctica religiosa, quizás debamos preguntarnos qué tan convincente ha sido nuestro testimonio cristiano. ¿Se ha convertido nuestra fe en un adorno ocasional, en una práctica rutinaria…?
Dios no busca personas perfectas ni espera que seamos irreprochables antes de responderle. Nos llama en nuestra fragilidad, en medio de nuestras dudas e incoherencias, y nos invita a seguirle con el corazón abierto. La historia de la salvación está llena de testigos que, a pesar de sus pecados, se atrevieron a confiar y a entregarse por completo. Pero lo que distingue a estos hombres y mujeres no es su grandeza, sino su disponibilidad. Se dejaron transformar y asumieron con valentía su misión.
Hoy, el reto es aún mayor. Vivimos en un mundo donde la verdad se relativiza, donde la comodidad es el nuevo ídolo, donde se busca satisfacción inmediata y se descarta el compromiso profundo. En este contexto, la fe no solo debe ser creída, sino vivida con coherencia.
La Iglesia no es un grupo reducido de sacerdotes y religiosos. La Iglesia somos todos, en la cual, cada bautizado tiene un papel fundamental en la evangelización. La crisis de fe no se resuelve con estrategias externas, sino con personas dispuestas a dar razón de su esperanza con hechos y no solo con palabras. Si en nuestros hogares no se habla de Dios, si en nuestras familias no se reza, si en nuestro trabajo no reflejamos valores evangélicos, entonces la Iglesia pierde su fuerza más esencial: el testimonio vivo de sus miembros.
No podemos conformarnos con la resignación ni con el lamento. La fe católica ha sido un pilar en la historia de nuestro país, no como una imposición, sino como una fuente de sentido, de valores, de esperanza. La fe es un don que viene de Dios, pero también es una responsabilidad. Si no la cultivamos, se marchita; si no la compartimos, se pierde.
El alimento para esta misión se encuentra en la Eucaristía. No es un simple rito ni una costumbre vacía. Es la fuente que nos da vida y nos impulsa a vivir con autenticidad. Es ahí donde el cristiano encuentra la fuerza para ser luz en su entorno, para transformar su realidad con amor y verdad. Sin la Eucaristía, la fe se debilita; con ella, se fortalece y se renueva constantemente.
En un momento decisivo de la historia, Cristo sigue llamándonos, sigue confiando en nosotros. No espera respuestas tibias ni compromisos a medias. La pregunta es clara: ¿estamos dispuestos a ser discípulos y misioneros con verdadera coherencia e impulso evangelizador?
Fermento 361. Martes 25 de febrero, 2025
