Crisis humanitaria

El Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral de la Santa Sede organizó, días previos a la Semana Santa, un encuentro en Panamá, con obispos de ese país, y en los que estuvimos presentes obispos de Colombia y Costa Rica para reflexionar sobre la migración; además, se organizó una visita al Darién, para palpar de manera directa el drama que viven cientos de miles de personas.

Diferentes organismos han lanzado cifras que solo en 2023 más de 500.000 personas cruzaron este territorio hacia Panamá, con un aumento que ronda el 100% con respecto al año 2022. Para estos primeros meses de 2024, se habla de que son ya más de 40 mil personas las que han cruzado por esta zona.

Lo que hay en Darién es una tragedia humana que clama al cielo por justicia y compasión y que exige voluntad de distintas autoridades de gobierno y solidaridad de parte de todos.

Hay relatos desgarradores de quienes han atravesado el Darién que no pueden ser ignorados. Son historias de sufrimiento, de familias desgarradas por la violencia y la pobreza extrema, de personas dispuestas a arriesgarlo todo en busca de una esperanza que a menudo se desvanece.

Esta crisis humanitaria en el Darién es solo una manifestación visible de un problema mucho más amplio y profundo: la migración forzada. Detrás de cada historia hay causas complejas y sistémicas que exigen una respuesta global y coordinada.

En estos días del encuentro, el 21 de marzo, el Papa Francisco envió una carta y manifestó su cercanía con nuestros hermanos migrantes a quienes describe como “la carne sufriente de Cristo, cuando se ven forzados a abandonar su tierra, a enfrentarse a los riesgos y a las tribulaciones de un camino duro, al no encontrar otra salida”.

De manera directa, en la carta, el Santo Padre también les dice: “No tengan miedo de mirar a los demás a los ojos porque no son un descarte, sino que también forman parte de la familia humana y de la familia de los hijos de Dios”.

Es muy importante que no volvamos la mirada a otro lado, cuando vemos hermanos migrantes que también cruzan por nuestras calles, cerca de nuestras casas, oficinas, comunidades… Como he repetido muchas otras veces, son hermanos nuestros con la ilusión y la esperanza de buscar una vida mejor.

No podemos dar la espalda a aquellos que huyen del sufrimiento y de la opresión. Necesitamos políticas que aborden las causas fundamentales de la migración y protejan los derechos de los migrantes en tránsito.

Todos nosotros, como miembros de la casa común, tenemos un papel que desempeñar en esta lucha por la dignidad humana. Si podemos ayudar con lo material, debemos hacerlo; pero, sobre todo, debemos promover y manifestar la sensibilización y la compasión hacia los migrantes en nuestras comunidades.

Demos testimonio con los mismos sentimientos de Cristo, especialmente nosotros los cristianos, cuando vemos este drama que sufren a menudo cientos de miles de personas en todo el mundo. Actuemos como una sociedad más solidaria en la cual todos somos hermanos y en la cual todos habitamos una misma tierra.

Fermento 315. Martes 9 de abril, 2024