Cuánto bien hace el ministerio de un sacerdote santo, humilde, sencillo, manso, generoso y entregado

Misa Crismal, Jueves Santo, 28 de marzo de 2024.

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos sacerdotes. Con esta Misa Crismal experimentamos una hermosa y profunda expresión de comunión eclesial diocesana. El obispo, como gran sacerdote y santificador de la Diócesis, principio y fundamento visible de unidad en la Iglesia Particular, se reúne con su presbiterio y fieles para celebrar esta Eucaristía con un fuerte carácter bautismal y sacerdotal. De manera particular, conmemoramos la institución del sacerdocio ministerial, por ello, especialmente recordamos el día de nuestra ordenación que nos consagró como ungidos del Señor para siempre y actualizamos los compromisos sacerdotales que asumimos con Dios y con la Iglesia de por vida. Asimismo, hoy se manifiesta también la unidad del sacerdocio y del sacrificio único de Cristo que se perpetúa en la Iglesia a través de los ministros consagrados y marcados sacramentalmente por el orden.

Damos gracias al Señor por el don inmenso de los sacerdotes, principales colaboradores del obispo, y también agradecemos por ustedes, queridos laicos, que nos acompañan y sostienen con su oración, cercanía espiritual y confianza en el ministerio santo que prestamos en favor de ustedes. Gracias por creer y confiar en nosotros. Esto nos anima y nos compromete grandemente.

En esta solemne Eucaristía, que se celebra una vez al año, el obispo se reúne con sus principales colaboradores, los presbíteros, para consagrar el crisma con el que se ungen los nuevos bautizados, los confirmados son sellados, se ungen las manos de los nuevos sacerdotes y la cabeza de los obispos, se consagran las iglesias y se dedican los altares. En comunión con sus presbíteros, el obispo bendice el óleo de los catecúmenos con el que se disponen al bautismo, y también bendice el óleo de los enfermos con el cual ellos reciben alivio en su debilidad. Los presbíteros se asocian hoy especialmente al obispo, puesto que son colaboradores inmediatos suyos en la función santificadora de la Iglesia.

El acento principal de esta solemne Misa es la unción, así lo proclama el contenido de la Palabra de Dios, así lo expresan los signos y, sobre todo, el crisma que se consagra y los óleos que se bendicen. Por el bautismo y la ordenación sacerdotal, todos somos ungidos del Señor. Ungidos los laicos con el sacerdocio común de los fieles; ungidos particularmente los presbíteros por el sacerdocio ministerial y único de Cristo. Tanto unos y otros somos ungidos y enviados para una misión, para un servicio y una tarea que no es nuestra, sino de Dios; una misión que no nos pertenece, sino que se nos ha confiado. No somos ungidos accesoria o externamente, se trata de una unción que marca y nos otorga una identidad nueva.

Isaías, en la primera lectura, hablando del Mesías esperado lo presenta como el Ungido de Yahvé, es el elegido sobre quien está el Espíritu del Señor, que lo ha consagrado con óleo, no para provecho propio, sino para enviarlo y cumplir una misión: la misión de ser buena noticia y esperanza para los pobres, los enfermos, los que sufren, los que están cautivos y esclavos. Unción, consagración y envío para consolar, animar y sostener. Todo cristiano, pero en especial el sacerdote, debe ser testimonio vivo del consuelo, la ternura y la misericordia de Dios. Su ministerio sacerdotal es para los demás, para el bien y las necesidades de los otros. El Señor nos ayude a ser puentes y mediadores entre Él y todos aquellos que se nos han confiado y que han sido adquiridos a precio de la sangre de Cristo.

El evangelio de San Lucas encontramos al Ungido por excelencia, Cristo Jesús, el elegido y enviado del Padre en quien se cumple perfectamente el anuncio de Isaías en la primera lectura. Él es cumplimiento de las promesas y esperanzas. Como Mesías, no sólo trae consuelo, curación y liberación a los que sufren, sino que trae la salvación misma que comunica la vida y la gracia de Dios, el perdón y la misericordia, la alegría, el gozo y la paz. Y estos dones sólo pueden venir de Dios, por ello, en la persona del Hijo, del Ungido y del Mesías se cumple la salvación que anuncia la Escritura.

Porque trae y realiza el cumplimiento de la salvación, Jesús, el testigo fiel, nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su propia sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre. Es el alfa y la omega, el principio y el fin, así lo atestigua el autor del Apocalipsis en la segunda lectura. Para este Ungido, Cristo, la gloria, el poder y la alabanza, porque ha venido a proclamar sin cesar la misericordia de Dios, como nos lo ha dejado patente el salmo 88 de esta Misa.

Queridos hermanos, sintámonos todos ungidos y enviados, asumamos la misión y la tarea de pasar por este mundo haciendo el bien, como Jesús, dando testimonio vivo y efectivo del amor y la misericordia de Dios. Esta tarea corresponde de modo especialísimo al sacerdote, consagrado por el sacramento del orden, configurado especialmente con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, cabeza y esposo de la Iglesia. Esta configuración y unción lleva al sacerdote a ser presencia del mismo Cristo en su vida y a actuar en persona suya. Qué misterio, qué vocación más maravillosa y sublime lleva el sacerdote en su persona. Hoy es un día especial para agradecer y tomar conciencia de lo que somos y llevamos. Hoy es una ocasión particular para renovar y reavivar la identidad, el carisma y la unción que ha impreso en nosotros, de manera indeleble, el sacramento del orden. Esta gracia hay que agradecerla y renovarla todos los días. Por ello, para vivir la unción y el envío de nuestra consagración sacerdotal son necesarias las siguientes actitudes:

1.- Unión íntima y profunda con el Señor: dentro de poco, en la renovación de las promesas sacerdotales, dirán ustedes, presbíteros, ante el obispo y la comunidad, que quieren configurarse cada vez más a Cristo, renunciando a ustedes mismos. Configurarse es identificarse, asemejarse cada vez más a Él. Nuestra identidad sacerdotal es ser y actuar como otros Cristos, con espíritu de unción y santidad, no de mundanidad como nos advierte el Papa Francisco.

2.- Humildad y obediencia para con Cristo y la Iglesia: al actuar en nombre y en la persona de Cristo, el sacerdote en su ministerio no hace su voluntad o su proyecto de vida. El presbítero ya no se pertenece a sí mismo, ha hecho una opción libre, radical y consciente por Cristo y por la Iglesia para el resto de su vida. El sacerdocio no es cosa nuestra ni para beneficio nuestro. Como sacerdote, ya no me pertenezco a mí mismo, sino a Cristo y a la Iglesia. Y esta realidad tan profunda y seria solo se puede vivir en la humildad y en la obediencia, con profundo sentido sobrenatural de fe.

3.- Testimonio y vivencia de santidad: el sacerdote no es un hombre común y corriente; debe ser distinto a los demás. Los fieles esperan y desean que seamos diferentes por nuestro testimonio de santidad de vida, de hombres de Dios, de ungidos y consagrados. El Papa Francisco insiste mucho: “débiles y pecadores, pero no mundanos”. Lo que hace creíble y fecundo el ministerio del sacerdote es el testimonio de su santidad de vida, fiel y alegre todos los días. Cuánto bien hace el ministerio de un sacerdote santo, humilde, sencillo, manso, generoso y entregado; que trata con misericordia y ternura a sus fieles, que da la vida por sus ovejas como el Buen Pastor. Hemos sido ungidos para servir, no para dominar; ungidos para amar, no para lastimar.

Queridos sacerdotes, amemos y cuidemos nuestra vocación de ungidos y consagrados del Señor; tengamos muy clara y vivamos fielmente nuestra identidad sacerdotal: hemos de ser diferentes porque somos otros Cristos. Hemos sido consagrados para vivir con unción, para servir con unción, para anunciar la buena noticia con unción, para amar y tratar a los demás con unción. Es la unción espiritual con la cual hemos sido marcados para difundir el buen olor de Cristo por nuestra santidad y fidelidad de vida. Es la unción de la caridad pastoral que nos lleva a dar la vida sin cálculos ni reservas.

Queridos fieles laicos, oren mucho por sus sacerdotes para que sean santos, fieles reflejos de Cristo el Buen Pastor. Oren para que no se cansen de su vocación y ministerio, para que no se desanimen ni pierdan el amor primero. Queridos seminaristas, que se están formando para el sacerdocio ministerial, tomen muy en serio este camino, sean conscientes de que se trata de un sí y una consagración para toda la vida al Señor y a la Iglesia. Esto es lo que deben discernir y decidir con absoluta responsabilidad, libertad y recta intención.

Vamos a pedir en esta Eucaristía a Cristo, el Ungido por excelencia, que renueve en nosotros el espíritu de santidad sacerdotal, que reavive la alegría de nuestra vocación y que seamos capaces de amar como él hasta el extremo en nuestro ministerio. Al entregarse en su cuerpo y su sangre como alimento en este altar, pidámosle que tengamos la fuerza y la gracia para ser santos y fieles, para vivir como consagrados hoy, siempre y por el resto de nuestras vidas. Él, que nos llamó, nos ungió, nos consagró y envió, nos ayude con su amor y con su gracia. Amén.