Cuaresma es esperanza

La Cuaresma no es una tradición más en el calendario litúrgico ni una costumbre que repetimos sin sentido. Es un grito que resuena en medio de la vida cotidiana y nos dice: ¡Es hora de despertar! Es un tiempo que nos confronta con nosotros mismos y con Dios, que nos obliga a mirarnos con sinceridad, a dejar de lado las justificaciones y a reconocer que hay caminos que nos alejan de la verdad.

Este año, la Cuaresma llega en medio del Jubileo de la Esperanza. Si algo necesita el mundo hoy es esperanza, sentido de vida, sentido de Dios. La esperanza no es un consuelo pasajero o una ilusión barata, es la certeza que transforma la vida, porque la esperanza está puesta en el Señor.

La Iglesia nos ofrece este tiempo como una oportunidad para cambiar de camino. No se trata de pequeños sacrificios externos ni de gestos simbólicos sin profundidad. La Cuaresma es una revolución interior, un desafío a nuestro conformismo. Nos pide algo radical: abrir de verdad el corazón a Dios y poner en práctica la fe sin excusas.

Es aquí donde las obras de misericordia toman su verdadero significado. No solo son actos de bondad opcionales. El que no comparte su pan con el hambriento, ¿cómo puede decir que confía en la providencia de Dios? El que no se reconcilia con su hermano, ¿cómo puede esperar ser abrazado por la misericordia divina? El que no visita al enfermo, al preso, al abandonado, ¿cómo puede hablar de un Dios que nunca nos deja solos?

La Cuaresma nos invita a la oración sincera, no a la repetición mecánica de palabras vacías. Nos pide un ayuno que rompa ataduras del alma, no solo de la restricción alimenticia. Nos llama a la limosna como un acto de amor, no como una limosna que tranquiliza conciencias.

En este Año Santo, también tenemos un regalo inmenso: la gracia de la indulgencia. No es un premio para los que “se portan bien”, sino una oportunidad para limpiar el alma y reconciliarnos de verdad con Dios y con los demás. La indulgencia no es un atajo, requiere conversión sincera a partir de la reconciliación, la comunión con Cristo, la oración por la Iglesia y, sobre todo, una disposición genuina a vivir con un corazón renovado.

El Papa Francisco en su bula Spes non confundit nos dice que la “esperanza no cede ante las dificultades: porque se fundamenta en la fe y se nutre de la caridad, y de este modo hace posible que sigamos adelante en la vida”. Esa es la clave de esta Cuaresma. No podemos ser católicos solo de palabra. La fe no se vive a medias, y la esperanza no se proclama desde la comodidad.

La Cuaresma se ofrece como una nueva oportunidad. Es volverse o ponerse de cara a Dios desde nuestra realidad precaria de pecadores. De allí el gran y elocuente apelo del Señor a través del profeta Joel: “Conviértanse a mí de todo corazón… enluten su corazón y no sus vestidos (…) Conviértanse al Señor, porque es compasivo y misericordioso”.

Aprovechemos este tiempo de gracia para volver a Dios, para reiniciar el camino, para retomar nuestra alianza con él, para poner toda nuestra realidad de mal y pecado delante de la misericordia, clemencia y compasión del Señor.

Fermento 362. Martes 4 de marzo, 2025

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