Miércoles de Ceniza, 5 de marzo de 2025.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor:
Iniciamos hoy este tiempo de gracia y conversión para avanzar a través de un camino espiritual que nos conduce a celebrar la Pascua de Cristo, el hombre nuevo, en la próxima Semana Santa. Este camino lo hacemos a través de la penitencia y la práctica de las obras de misericordia como expresión de volver nuestra vida a Dios.
El signo sensible o sacramental de la ceniza, que dentro de poco recibiremos, nos recuerda que somos débiles y pecadores; frágiles y limitados; que no podemos sentirnos orgullosos ni autosuficientes, sino que, como pedíamos al Padre, en la oración de la Misa, esperamos alcanzar, “por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados; y llegar a la imagen de tu Hijo resucitado, en la vida nueva de tu reino”.
Históricamente, en los siglos VIII y IX, la imposición de la ceniza se unía, en el contexto litúrgico, a la penitencia pública. Aquel día se ordenaba salir a los “penitentes” del templo. Y este gesto repetía, de alguna manera, aquel otro de Dios expulsando a Adán y Eva, pecadores, del paraíso. En esta perspectiva se colocan las palabras del Génesis que se refieren precisamente a este episodio: “Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás…” (3,19).
Fue hasta más tarde que la imposición de la ceniza tomó un simbolismo distinto: el de la fragilidad, la brevedad de la vida y el recuerdo de la muerte. Asimismo, es importante recordar que “el hombre-polvo”, quiere expresar a la persona que se ha alejado de Dios, que ha roto el diálogo con Él, que ha sido echado de su casa, que ha rechazado el dinamismo del amor para caminar siguiendo una trayectoria propia, egoísta, de desilusión y de muerte. “El hombre-polvo” es el aquel que se opone a Dios, que da la espalda a su propio ser y se condena a la nada. Pero, en este dramático itinerario de alejamiento y ruptura, existe la posibilidad del retorno. Retorno al origen, que precisamente significa conversión; retorno para empezar y recomenzar de nuevo. El hecho de volver, levantarse y renovarse nos devuelve la esperanza. La Cuaresma -aun siendo un tiempo netamente penitencial- es también tiempo de esperanza que responde al llamado del profeta Joel en la primera lectura: “Conviértanse a mí de todo corazón … rasguen sus corazones, no sus vestiduras”.
Hoy nos preguntamos especialmente: ¿qué espera Dios de nosotros en este momento y en el inicio de la Cuaresma? Sin duda que conversión, cambio de vida y volver a comenzar. Es en el fondo la invitación del apóstol Pablo en la segunda lectura: “No echen en saco roto la gracia de Dios … déjense reconciliar con Dios”. En este año santo jubilar de la esperanza, sentimos que el Señor se inclinará sobre nuestro polvo para darnos un nuevo aliento de vida. Nuestra “nada” es tocada por la gracia divina; por ello, de la ceniza salta un aliento de vida y esperanza. Hoy hacemos un acto de fe creyendo que, desde la misericordia y el perdón de Dios, todo comienza de nuevo … Esta certeza nos hace exclamar con el célebre salmo 50: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava mi delito, limpia mi pecado … Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”.
Finalmente, los medios que Dios pone en nuestras manos en esta Cuaresma -para llevar a cabo nuestra conversión- son los que Jesús nos recomienda en el evangelio de hoy: oración, limosna o caridad y ayuno. Primero, oración como llamado a intensificar nuestros espacios de encuentro y diálogo con Dios; pero, sobre todo, llamado a orar mejor. Segundo, ayuno como privación de las muchas cosas que empequeñecen nuestra vida cristiana. Tercero, limosna, que llamamos también caridad y amor. Se trata del amor al hermano, sobre todo al necesitado, en quien Cristo se hace más presente, y que pasa por la ayuda material suficiente y digna; no mezquina. Todos estos medios se convierten entonces en impulso para entrar en la conversión, para avanzar en la fe y para caminar en la santidad.
Jesús, en el evangelio de Mateo, nos ha hablado de este camino. Nos ha dicho que tenemos que dar de lo nuestro a los que lo necesitan; nos ha pedido orar, que tenemos que acercarnos a Dios con todo nuestro ser. Nos ha dicho que tenemos que ayunar, que hemos de renunciar a tantas cosas (comida, televisión, diversión, placer, lo que sea) para dedicarnos con más generosidad a Dios. Nos ha pedido que todo eso lo tenemos que hacer no para que nos vean y nos feliciten, sino por fe, por amor, por deseo de fidelidad a Dios. En este tiempo de Cuaresma hemos de vivir intensamente este regreso al inicio para avanzar, crecer y renovarnos. Cada uno de nosotros ha de proponerse hacer de esta Cuaresma un verdadero paso adelante en la vida cristiana reconociendo el propio pecado, poniendo toda nuestra confianza en Dios, esforzándonos de verdad en el seguimiento de Jesucristo para llegar llenos de gozo a la Pascua. En este sentido, el Papa Francisco, en su mensaje para esta Cuaresma nos invita -como peregrinos de esperanza- a caminar, y caminar juntos, hacia una esperanza que no defrauda, pues tiene como horizonte el misterio pascual como sentido y meta última de nuestra vida de fe.
Hermanos, pidamos en esta Eucaristía de Ceniza para que el inicio de esta Cuaresma nos anime a tomar este tiempo de gracia y penitencia con seriedad y profundidad, para que, de verdad, pueda marcar profundamente nuestra vida de fe para conversión, crecimiento y santificación de cada uno de nosotros como discípulos de Jesucristo, muerto y resucitado, y como miembros de la gran familia de la Iglesia que quiere renovarse interiormente teniendo como fin el misterio pascual que nos disponemos a celebrar con corazón dócil y abierto a la acción transformadora y renovadora de Dios.
Que así sea. Amén.
