Martirio de San Juan Bautista, Viernes 29 de agosto de 2025.
Conclusión de la Semana de Reflexión Teológica.
Casa Pastoral Hermanas Clarisas, Moravia, 7:00 a.m.
Queridos Padres:
Celebramos la memoria del martirio de San Juan Bautista, “el más grande nacido de mujer”, quien, con valentía, coherencia y profunda fidelidad a Dios, dio su vida por la verdad. El evangelio de San Marcos, que hemos escuchado, nos presenta el dramático desenlace de su existencia: una vida entregada totalmente a la misión recibida, culminada en la cárcel y en su decapitación, por haber denunciado el pecado y la injusticia del poder. Juan no vivió para sí mismo, no buscó privilegios ni reconocimientos; vivió y murió para que la verdad de Dios no quedara silenciada.
Las causas de la muerte de Juan nos resultan profundamente actuales. Vivimos en un ambiente cultural marcado por el relativismo, la superficialidad y el acomodo. Una sociedad donde muchas veces se prefiere quedar bien con todos, antes que ser fiel a los valores fundamentales del Evangelio. Se relativiza la verdad para no incomodar; se manipula la justicia para no perder privilegios; se calla lo que es recto para no arriesgar la aceptación de los demás. Frente a estas terribles tentaciones, la figura del Bautista se levanta como una luz que ilumina y como una interpelación que incomoda: no podemos renunciar a la verdad, aunque ello nos cueste la vida.
En esta semana hemos reflexionado juntos sobre diversos aspectos de nuestra formación permanente: la historia de la Iglesia que nos ha puesto de manifiesto la experiencia eclesial de los jubileos; la teología moral que nos ayuda a discernir la verdad del bien en medio de un mundo lleno de confusión ética; la mariología que nos presenta a María como modelo de fe y de entrega a la voluntad de Dios; y la homilética que nos compromete a predicar con claridad, valentía y fidelidad el mensaje del Señor. Todo este recorrido no es un simple ejercicio académico, sino un llamado a renovar nuestra identidad y nuestra misión como presbíteros.
San Juan Bautista nos enseña hoy que el ministerio sacerdotal no puede vivirse desde la comodidad ni desde el cálculo humano interesado. Ser sacerdote es anunciar la Palabra en su integridad, sin rebajarla, sin maquillarla, sin diluir su fuerza transformadora. Hemos recibido el Evangelio como un tesoro, y la enseñanza de la Iglesia como guía segura: estos tesoros no son propiedad nuestra, no podemos manipularlos ni adaptarlos a capricho del ambiente, sino que hemos de transmitirlos con fidelidad y valentía permanentes.
Padres, hoy el Bautista nos invita especialmente a la coherencia en nuestra vida y ministerio. No basta con predicar la verdad: debemos encarnarla en nuestra propia existencia. La voz de Juan tenía autoridad y credibilidad porque su vida estaba en sintonía con su mensaje. El pueblo veía en él a un hombre austero, libre y transparente, cuyo único interés era cumplir la misión recibida de Dios. Esa misma coherencia es la que hoy se nos exige a nosotros: que nuestras palabras no contradigan nuestro testimonio sacerdotal, que nuestra vida pastoral sea un signo claro de lo que anunciamos desde el ambón y de lo que celebramos desde el altar.
Esta memoria litúrgica nos recuerda que la fidelidad al Evangelio siempre implica riesgos. Juan terminó en la cárcel porque no tuvo miedo de decir la verdad frente al poder de Herodes y lo que estaba mal. Nosotros quizá no corramos el peligro de ser decapitados, pero sí enfrentamos a la tentación de callar lo que incomoda, de suavizar lo que exige conversión, de adaptarnos a lo que es más aceptable para el mundo. El gran desafío de nuestro ministerio es no caer en la tibieza ni en la ambigüedad.
San Juan Bautista nos impulsa a vivir un amor auténtico por la verdad y una búsqueda sincera de la justicia: en estos dos valores se juega mucho de nuestro ministerio. Este amor a la verdad y esta búsqueda de la justicia han de traducirse en nosotros en una profunda pasión por Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Defender la verdad no es otra cosa que ser fieles al Señor que nos llamó; anunciar la justicia no es otra cosa que prolongar en la historia el Reino de Dios que ya está en medio de nosotros.
Queridos Padres, como ministros ordenados tenemos la grave responsabilidad de ser vigilantes y custodios de la verdad en medio de nuestro pueblo. Hemos de ayudar a nuestras comunidades a no dejarse engañar por voces confusas, a no caer en el relativismo que todo lo justifica, a no perder la esperanza en medio de la oscuridad. Nuestra palabra, sostenida por nuestra vida, debe ser luz y fuerza para quienes buscan sinceramente a Dios a través de nuestro ministerio.
Pidamos hoy al Señor, por intercesión de San Juan Bautista, la gracia de ser valientes, coherentes y justos. Que no nos falte el amor por la verdad, aunque ello nos lleve a incomodarnos o a ser incomprendidos. Que no caigamos en la tentación de adaptarnos al espíritu del mundo, sino que permanezcamos firmes en la enseñanza del Evangelio y la doctrina de la Iglesia. Que nuestro ministerio sacerdotal sea como el del Bautista: una entrega generosa y fiel, vivida hasta las últimas consecuencias.
Que María, Madre de la Iglesia, nos acompañe con su ejemplo de fidelidad y de escucha atenta a la Palabra. Y que, fortalecidos en la comunión sacerdotal, renovemos hoy nuestro compromiso de ser pastores según el corazón de Cristo, capaces de dar siempre la vida por las ovejas. Que el Señor nos ayude y que así sea.
