En medio de una sociedad marcada por tensiones, desigualdades y múltiples desafíos, el deporte emerge como un espacio privilegiado para la construcción de relaciones auténticas y los valores fundamentales. Desde la perspectiva de la Iglesia, la actividad deportiva no es un simple entretenimiento, es una dimensión valiosa de la vida humana que puede contribuir a la formación integral de las personas.
El deporte, en sus múltiples expresiones, enseña a hombres y mujeres a conocerse mejor, a superar límites y a valorar el esfuerzo de quien persevera. No se trata únicamente de alcanzar victorias o de obtener reconocimientos, sino de aprender a respetar las propias capacidades y las de los demás, a trabajar en equipo y a enfrentar con dignidad tanto el éxito como la derrota.
El deporte ofrece a nuestra sociedad la posibilidad de promover una cultura de encuentro y de paz. En tiempos donde muchas veces predomina la polarización y el individualismo, las canchas, los campos y los estadios pueden convertirse en espacios donde se reconoce al otro como compañero y no como adversario. La sana competencia educa en el respeto mutuo, en la lealtad y en la colaboración más allá de las diferencias culturales, sociales y religiosas.
No obstante, la Iglesia también alerta sobre los peligros que pueden desvirtuar el verdadero sentido del deporte. La búsqueda desenfrenada de éxito, la idolatría del cuerpo, la explotación comercial o el dopaje contradicen los valores auténticos que el deporte debería promover. Por ello, es necesario un discernimiento ético constante y un compromiso firme para preservar la dignidad de la persona en el ámbito deportivo.
Recientemente, el Papa León XIV tuvo un encuentro con el equipo de Nápoles de Italia, recién ganador de la Serie A del fútbol de esa nación, y precisamente destacaba el aspecto social del deporte, en este caso del fútbol.
Además, el Santo Padre advertía: “Lamentablemente, cuando el deporte se convierte en negocio, corre el riesgo de perder los valores que lo hacen educativo, y puede llegar a ser incluso ‘deseducativo’. Sobre este aspecto hay que vigilar, especialmente cuando tenemos que ver con los adolescentes”.
En nuestro país, diferentes disciplinas no han escapado de esta transformación en negocio o incluso de escándalos que sacuden los cimientos que deberían privilegiar la práctica deportiva. Ni qué decir cuando la violencia se apodera de los escenarios deportivos en el propio terreno de la competencia o fuera de ella. ¡Hay que retomar el rumbo!
La Iglesia valora el deporte como un lenguaje universal capaz de tender puentes entre generaciones y entre pueblos. En los eventos deportivos se pueden entretejer relaciones que van más allá de las fronteras, donde el diálogo y la fraternidad encuentran un terreno fecundo.
Como decía el Papa León XIV, es preciso recordar el impacto que el deporte puede tener en la vida de los jóvenes. En un tiempo en que muchos adolescentes y jóvenes enfrentan riesgos como el aislamiento, la violencia o el consumo de sustancias nocivas, el deporte representa una alternativa sana y educativa.
El deporte debe ser una escuela de humanidad. Nos enseña a vivir en autenticidad, a colaborar, a respetar, a perseverar y a amar la vida. En este sentido, la Iglesia lo acoge y lo promueve como un don que, cuando se vive en fidelidad a los valores evangélicos, puede contribuir significativamente a la construcción de una sociedad más fraterna, justa y en paz.
Fermento 376. Martes 10 de junio, 2025
