Nuestra Señora del Monte Carmelo,
Martes 16 de julio de 2024, Parroquia La Tigra, 10:00 a.m.
Queridos hermanos todos:
Junto con María del Monte Carmelo, proclamamos la grandeza del Señor y de verdad se alegra nuestro espíritu en Dios nuestro Salvador, porque nos permite celebrar un año más la fiesta patronal de esta querida Parroquia de La Tigra, para renovarnos en la fe y tomar un renovado impulso en nuestro compromiso apostólico con el Señor y con la Iglesia, inspirados en la figura, testimonio y legado de la Santísima Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen. Reconozco y agradezco sinceramente al P. Félix y al P. Lorenzo todo cuanto generosamente hacen por acompañarlos pastoralmente acá en la comunidad.
El origen de la devoción de la Virgen del Carmen se remonta a inicios del siglo XIII, cuando varios ermitaños se retiraron al Monte Carmelo -que significa “jardín de Dios”- para imitar al gran profeta Elías, quien se había retirado a ese lugar para defender la fidelidad del único Dios de Israel. La belleza natural y la posición geográfica del Carmelo eran y son características verdaderamente privilegiadas para la oración, la contemplación y el encuentro con Dios. Recordemos que, en la Escritura, el monte es lugar típico de encuentro con Dios. Se sube a la altura de un monte para elevarse a Dios, para acercarse a Él. Por eso, la oración de la Misa de hoy dice elocuentemente que la ayuda y protección de María nos dispongan a llegar al monte de la salvación, que es Cristo el Señor.
Un día como hoy, 16 de julio de 1251, fundada ya la Orden del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen entrega a San Simón Stock, primer Padre General, la gracia del escapulario como insignia característica de la espiritualidad carmelitana. El escapulario es un sacramental que nos recuerda el auxilio maternal de María, y que estamos llamados a ser santos y fieles en nuestra relación con Dios y en nuestra experiencia de fe. Por tanto, nada tiene de amuleto, magia o superstición.
Los textos de la Palabra de Dios, que hemos escuchado, nos presentan, ante todo, a María como una creyente, como una mujer de fe que consagró toda su vida a Dios. María se identifica con la hija de Sión, de la cual habla el profeta Zacarías, en la primera lectura, que se goza y se alegra en el Señor. Como personas de fe, debemos vivir siempre alegres y gozosos, pese a las dificultades y sufrimientos que podamos tener. Nos gozamos y alegramos en el Señor porque Él nos llena, nos colma y da sentido a nuestra vida. Porque María siempre se alegró y gozó en el Señor, es que canta, exclama y exulta en el Magnificat diciendo “proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”. La alegría debe ser característica de nuestra vida de fe como lo fue en María. Alegres siempre en el Señor.
Esta mujer creyente y alegre, fue también madre, Madre del Hijo de Dios, Cristo el Señor. Por su sí a Dios, María se convirtió en Madre del Mesías, pues, como decía San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los gálatas, “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”. Esa mujer creyente, generosa, disponible, dócil y obediente a Dios es María, a quien hoy honramos y de quien queremos aprender de su fe, confianza y entrega a Dios. Digamos siempre sí a lo que Dios nos pide.
Finalmente, el evangelio de San Mateo pone de manifiesto que María, ante todo, es creyente y mujer de fe. Jesús es muy claro: lo primero que nos une a Dios son los lazos de la fe y no tanto los vínculos de la sangre, por ello el Señor decía: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Por supuesto que Jesús no es indiferente con María ni la desprecia como madre suya, pero sí destaca que el vínculo principal es el de la fe. El verdadero creyente es el que responde sí a Dios, el que confía en Él y, sobre todo, el que cumple su voluntad. Y María es la primera creyente que actuó y vivió de esa manera. Actuemos como personas de fe, creyentes que cumplimos con fidelidad y generosidad la voluntad de Dios. Esto es lo que nos acredita indiscutiblemente como discípulos de Jesús: cumplir, llevar a la práctica lo que el Señor nos pide. Recordemos a María en Caná de Galilea: “Hagan lo que Él les diga”.
Hermanos, quiero compartir con ustedes brevemente las características y atributos de la Santísima Virgen María de la novena en honor de Nuestra Señora del Carmen, que devota y personalmente he hecho días atrás, meditaciones del Padre carmelita descalzo Amando Cantó. 1.- María es mujer de fe: porque tuvo total confianza en Dios y por ello siempre supo alegrarse en el Señor. 2.- María es mujer de adoración: porque nos enseña las actitudes de gratitud y alabanza a Dios que no pueden faltar en una persona de fe. 3.- María es mujer de contemplación: porque en el silencio interior profundo supo descubrir y discernir lo que Dios le pedía, aprendió a hacer lo que el Señor le decía y le pedía. 4.- María es Madre de misericordia: porque supo asumir e imitar las actitudes de bondad y amor de su Hijo, haciéndolas vida a través de las obras de misericordia, siendo de verdad misericordiosa. 5.- María es la Estrella del Mar: porque ella es la luz que nos ilumina y la guía que nos lleva hacia el puerto de la salvación que es su Hijo Jesús; ella siempre nos guía y acompaña. 6.- María es la pobre Yahvé: porque supo encontrar su única riqueza en Dios, y también porque ella fue de verdad mansa y humilde de corazón. 7.- María es la Virgen de la caridad: porque ella nos enseña a enamorarnos de Dios, a vivir siempre de su amor y a servir en la caridad a los demás. 8.- María es Madre de la Iglesia: porque nos cuida y acompaña, es espejo de lo que debe ser la Iglesia; intercede por las almas del purgatorio, les extiende su mano y a nosotros también desde ahora. 9.- María es la Virgen del escapulario: llevarlo es estar bajo el manto de María, gozar de su amor maternal y estar protegidos por su dulzura; el escapulario es una especie de delantal medieval que representa la sencillez y la protección de María; como hábito que es también, es una forma de vivir habitualmente desde la humildad y el servicio como la Virgen.
Aleccionados por la Palabra de Dios, por el testimonio y virtudes de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Carmen, subamos siempre a Cristo como nuestra meta y fin (nuestro monte de salvación); vivamos en espíritu de oración y contemplación, seamos fieles y obedientes a la voluntad de Dios, sepamos cantar y proclamar siempre las maravillas del Señor; pidamos el corazón sencillo y humilde que necesitamos a semejanza de María. Con estas actitudes de fe, sin duda el Señor hará en nosotros grandes cosas como las hizo en nuestra Madre Santísima.
Hermanos, la fuerza y el alimento para vivir como verdaderos creyentes y para ser fieles al Señor sin duda alguna nos vienen de la Eucaristía, del cuerpo y de la sangre de Cristo que asumió nuestra humanidad en el seno virginal de María, la mujer creyente y fiel. Que Nuestra Señora del Carmen nos acompañe y anime siempre en el camino de la fe; que interceda por nosotros en los momentos difíciles que tengamos. Y, sobre todo, que nos auxilie maternalmente en la hora de nuestra muerte para subir y llegar a la presencia de Dios eternamente.
Que así sea, amén.
¡Nuestra Señora del Carmen! Ruega por nosotros.
