Dios que acompaña nuestra historia se hace voz en el corazón

Eucaristía en la Insigne y Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Viernes 11 de julio de 2025. VII Peregrinación de la Diócesis de Ciudad Quesada a México. 10:00 a.m.

Hermanos todos en el Señor:

Bajo la luz maternal de nuestra Señora de Guadalupe y en la memoria de San Benito, abad, nos encontramos hoy en esta solemne culminación de nuestra VII Peregrinación de la Diócesis de Ciudad Quesada. Hemos recorrido muchos kilómetros para traer en el corazón las intenciones de todos nuestros fieles: sacerdotes, laicos, consagrados, enfermos que claman consuelo, niños que sueñan con el abrazo de Dios, jóvenes que buscan rumbo y familias enteras que se encomiendan a nuestra plegaria. Hoy, al pie de la Morenita, ofrecemos con gran fe todo nuestro peregrinar.

“Bajó Jacob a Egipto, él y toda su parentela”, nos ha dicho la primera lectura del Génesis. En la primera parte de este pasaje, vemos a un patriarca movido por la fe: creyó la noticia de que su hijo José vivía, pero detuvo su paso para adorar al Dios de los patriarcas. Con gesto de humildad y esperanza, levantó su mirada al cielo. Así, los peregrinos que hemos llegado a esta Basílica, hicimos nuestro propio recorrido para reconocer la presencia divina en nuestro camino. Somos como Jacob: tentados a avanzar con prisa, a veces sin detenernos a celebrar el don de sabernos hijos de Dios. Pero este santuario nos recuerda que el verdadero camino se construye con momentos de adoración y silencio, donde el Dios que acompaña nuestra historia se hace voz en el corazón.

En el Evangelio de San Mateo, Jesús nos envía “como ovejas en medio de lobos”. Nos previene de la adversidad: habrá incomprensiones, críticas y persecuciones. Pero promete: “El Espíritu de mi Padre hablará por ustedes” (Mt 10,20). Esta palabra resuena con fuerza en nuestra peregrinación, pues llevar el nombre de peregrino no significa huir, sino “ir hacia”: siempre hacia el encuentro con Dios y con el hermano. San Benito supo encarnar esta valentía evangélica: en tiempos convulsos, se retiró a la soledad para encontrar a Dios y, desde allí, fundó comunidades monásticas que irradiaron cultura, oración y hospitalidad. Hoy, la Virgen de Guadalupe -estrella de la nueva evangelización- nos impulsa a hacer lo mismo: generar espacios donde la fe se viva con ternura y se comparta con generosidad.

Hermanos, al tener la gracia bendita y el don inmenso de contemplar hoy la tilma de san Juan Diego, vemos a la Madre que nos envía. Su manto estrellado nos recuerda a San Benito con su hábito negro, signo de conversión y penitencia. La tilma guadalupana nos envuelve con la protección maternal de María: “Madre del Dios por quien se vive”. Tanto nuestra Madre de Guadalupe como San Benito, nos llaman a “ir siempre con Dios”, a detenernos a orar -como hizo Jacob en Berseba- y luego proseguir nuestra misión y testimonio de fe sin temor, sabiendo que la Virgen y el Espíritu caminan a nuestro lado.

Traemos en nuestra peregrinación no sólo devoción, sino la urgencia de un mundo herido. Nuestra oración peregrina y diocesana pide especialmente hoy, en este sagrado lugar, por los enfermos que sufren sin consuelo, por las familias que luchan contra la desigualdad, por los jóvenes asediados por la desesperanza. Cada oración, plegaria y sacrificio que hemos ofrecido en el camino, hoy se convierte en ofrenda viva ante el altar de Guadalupe. En la Eucaristía encontraremos la fuerza para seguir siendo canales de compasión: siendo “pan partido” para los que tienen hambre de justicia y “agua viva” para los que tienen sed de esperanza.

Y al mirar hacia adelante, ¿qué desafíos nos acompañan como peregrinos? Primero, mantener encendida la llama de la comunión eclesial: que este caminar conjunto sea semilla de unidad, tal como San Benito estableció la Regla que unía oración y trabajo (“ora et labora”), fortaleciendo a la Iglesia en tiempos de división. Segundo, cultivar la interioridad: no basta con la devoción exterior si no nos arraigamos en el silencio de la oración cotidiana. Como la Virgen se apareció en el cerro del Tepeyac, testigo del acontecimiento bendito donde lo humano y lo divino se encuentran, así nosotros hemos de ofrecer nuestras vidas transformadas por la fe. Y tercero, ser profetas en nuestros ambientes: llevar el mensaje de Cristo a la familia, el trabajo, el barrio, los amigos, allí donde estemos.

Que esta Basílica y nuestra Madre de Guadalupe sean para nosotros escuela de misión y conversión. Que San Benito nos inspire la disciplina espiritual del corazón y del amor fraterno. Demos gracias a Dios por el don de esta peregrinación y prometamos seguir siendo, cada uno, mensajeros de paz, de misericordia y de vida. Que así sea, amén.

¡Nuestra Señora de Guadalupe! Ruega por nosotros.

¡San Benito, abad! Ruega por nosotros.

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