El diácono es invitado en libertad y responsabilidad a ser amigo del Señor

Ordenación diaconal del acólito Donaldo Alfonso López Novoa.

Sábado 8 de febrero de 2025, Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Hermanos todos en el Señor:

La celebración litúrgica es siempre una ocasión gozosa de encuentro y gratitud para la comunidad cristiana, la cual, en la doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía, alimenta su identidad bautismal y su misión de ser luz y sal en medio de la historia, aquí y ahora, especialmente en la realidad de nuestra Iglesia Particular.

Esta mañana nos hemos reunido como Iglesia diocesana para celebrar la fidelidad del Señor, manifestada en la persona de nuestro acólito Donaldo Alfonso López Novoa, quien será ordenado diácono en pocos minutos por la imposición de manos. El Buen Pastor sigue renovando en la comunidad creyente el ministerio ordenado para la santificación del pueblo cristiano y para la misión evangelizadora encomendada a toda la Iglesia. Estamos sinceramente agradecidos con el Señor y muy contentos por este nuevo ministro ordenado que Él regala a la Iglesia en este día, de manera particular para bien de nuestra diócesis.

La liturgia de la Palabra, recién proclamada, nos permite comprender mejor la riqueza y profundidad del orden sagrado del diaconado. La primera lectura, del libro de los Números, nos ha descrito el cuidado de las cosas sagradas confiado a hombres concretos que, llamados de la comunidad para el servicio divino, son depositarios de esta misión específica: llevar a los hombres a Dios. En este sentido, en primer lugar, el diácono está llamado al ejercicio del culto litúrgico mediante el servicio al altar y por la predicación del Evangelio a la comunidad cristiana, ya que es ministro ordinario de la Palabra, anuncia al pueblo de Dios la riqueza del Evangelio en la homilía y distribuye a la asamblea creyente el Pan de la Eucaristía.

Como consecuencia de estos llamados específicos, el diácono es invitado en libertad y responsabilidad a ser amigo del Señor en la contemplación de la Palabra, en la experiencia de la oración, especialmente con el rezo diario de la Liturgia de las Horas en favor de la humanidad, y a ser un hombre vinculado al misterio eucarístico, celebrado y adorado, tal y como lo entiende y practica la Iglesia a través de su milenaria historia.

Bebiendo de esta primera fuente, el diácono comprende su propia vocación y misión en un segundo lugar: el servicio concreto de la caridad, tal como lo describe el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado en la segunda lectura. El servicio diaconal está ligado a los múltiples rostros de la pobreza humana. No solamente al aspecto socioeconómico y cultural, sino también a tantas dimensiones de dolor, soledad y tristeza que acechan el corazón humano y que requieren ser renovadas con la experiencia de la esperanza cristiana, tal como nos ha invitado el Papa Francisco a toda la Iglesia con motivo del Año Santo Jubilar que estamos viviendo en la esperanza y desde la esperanza. El diácono ha de ser un ministro sagrado sensible a toda realidad humana sin perder de vista que actúa siempre en nombre del Buen Pastor, a quien representa y a quien refleja con su modo de vivir, hablar y actuar.

En tercer lugar, el diácono recibe, por la imposición de las manos del Obispo, la tarea pastoral de anunciar el Evangelio, tal como lo describe el Evangelio de San Mateo proclamado hace pocos minutos. El anuncio evangélico debe partir de la experiencia del encuentro vital y constante con la persona de Jesucristo. Anunciar el Evangelio es un imperativo, pero no se puede improvisar o malograr por nuestra falta de correspondencia a la gracia. Si este imperativo es una convicción de todo bautizado, cuánto más lo será del ministro sagrado, como lo es ya el diácono, de anunciar a Jesucristo como una realidad que ha de partir de la experiencia cotidiana de la conversión, de la escucha orante de la Palabra y del servicio desinteresado en favor del pueblo de Dios a nosotros confiado.

Hoy es un reto urgente e impostergable evangelizar. Pero antes se requiere que el evangelizador se haya dejado tocar por la fuerza transformante del Espíritu del Resucitado. Sin ello, el anuncio caería en un protagonismo humano sin fuerza sobrenatural, y con grave riesgo de ser obra humana, y no iniciativa e impulso de Dios que actúa en la debilidad del ministerio de todo pastor ¡Cuánto nos falta y nos es urge una auténtica y profunda pasión misionera y evangelizadora en la Iglesia de hoy, comenzando por los ministros ordenados! He allí el gran desafío y tarea que tenemos por delante hoy y siempre.

Según la venerada y extensa tradición litúrgica de la Iglesia, hoy sábado hacemos especial memoria de la Santísima Virgen María. A ella acudimos confiadamente para encomendarle el ministerio diaconal de Donaldo para que, imitando sus virtudes, este nuevo servidor, a través del ministerio ordenado, sea fiel, santo, generoso y dócil a la gracia de Dios, bien dispuesto, como la Virgen Santa, a hacer siempre lo que el Señor le diga y pida.

Hermanos, oremos por Donaldo Alfonso que enseguida será ordenado diácono y pidamos la intercesión de San Carlos Borromeo, nuestro Patrono, quien fue pastor ejemplar en la oración, en el ejercicio de la caridad pastoral y en el ardor evangelizador. Que alcance a Donaldo y a todos nosotros, pastores del pueblo de Dios, y a toda nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada, la docilidad necesaria para entrar en el camino cotidiano de la conversión y del compromiso evangelizador con verdadero espíritu misionero. Todo esto lo pedimos por la intercesión maternal de la Santísima Virgen María, invocada en nuestra diócesis bajo la querida advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. Que la virtud teologal de la esperanza y las gracias propias que nos regala la Iglesia en el Año Jubilar que estamos celebrando nos renueven, animen e impulsen a cumplir con grandeza de corazón y compromiso inclaudicable la única y específica misión de la Iglesia: evangelizar hoy y siempre.

Que así sea, amén.

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