El Espíritu Santo llama al servicio, a la verdad y a la unidad fraterna

Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Jueves 12 de junio de 2025. Sacramento de la Confirmación.

Parroquia Nuestra Señora del Carmen, La Tigra, 6:00 p.m.

Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos confirmandos:

En comunión con toda la Iglesia, celebramos con gozo la fiesta de Jesucristo, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, y en este contexto, el Sacramento de la Confirmación para estos hermanos de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen de La Tigra.

El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda, en la primera lectura, que Cristo, “autor de la salvación para todos los que le obedecen, fue perfeccionado por medio de los sufrimientos”, haciendo suyos nuestros dolores y estableciendo para siempre un sacerdocio que no pasará, pues Él vive eternamente al servicio del Padre y de nosotros.

En primer lugar, ¿por qué decimos que Jesús es Sumo Sacerdote? En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote entraba una vez al año en el Lugar Santísimo, o Santo de los Santos, para ofrecer sacrificios por el pueblo; debía ser hombre, con debilidades y deficiencias, y volvía para compartir la culpa y el miedo de su pueblo. Pero Cristo, “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (Hebreos 7,26), se ofrece a sí mismo una sola vez y por siempre, de modo perfecto. Su entrega en la cruz triunfa sobre el pecado y la muerte, y su Sangre, vertida una sola vez, tiene una eficacia eterna. Así, Él no solo es “Sumo” por excelencia, por estar más cerca del Padre, sino “Eterno” porque su sacrificio no se agota ni se repite: está siempre vivo en nuestra historia, intercediendo por cada uno de nosotros.

El salmo 22 nos da un eco de esta certeza cuando canta: “El Señor es mi pastor; nada me falta… me conduce por sendas de justicia… aunque camine por cañadas oscuras, nada temo: tú estás conmigo”. Ese pastor-sacerdote no abandona jamás a sus ovejas; las acompaña incluso en el valle de la muerte, y con su báculo y su cayado -figuras de autoridad y de cuidado- nos conforta.

En el Evangelio de san Juan, Jesús ora al Padre por nosotros: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti… y todos sean uno… Padre, quiero que donde estoy yo, también ellos estén conmigo, para que contemplen mi gloria”. Con estas palabras, el Sumo y Eterno Sacerdote revela su misión: llevarnos al Padre, conformar en nosotros su propia gloria, su misma unidad de amor.

Al celebrar hoy la Fiesta de Cristo Sacerdote, volvemos también la mirada hacia el Sacramento de la Confirmación, mediante el cual somos sellados con el Espíritu Santo. Sus signos propios -la imposición de manos y la unción con el santo crisma- son derivaciones directas de esta realidad sacerdotal de Cristo: así como Él fue ungido por el Espíritu al inicio de su misión (cfr. Lc 4,18), el confirmando es revestido con fuerza para testimoniar la fe y participar activamente en la misión de la Iglesia. El óleo perfumado recuerda la fragancia de Cristo que queremos llevar al mundo a través del testimonio de vida; la imposición de manos, la transmisión de esa misma autoridad profética y sacerdotal que viene del cielo.

Cristo, sacerdote compasivo, se entrega hasta el extremo: “El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Juan 10,11). Queridos confirmandos, como obispo y pastor de ustedes, los invito a vivir según el Espíritu de Dios y no según los criterios del mundo, tan seductores, pero tan pasajeros y engañosos. El mundo propone el éxito y la comodidad; el Espíritu los llama al servicio, a la verdad y a la unidad fraterna. Reciban con alegría este don, pero también háganlo con responsabilidad: el Espíritu Santo les otorga diversos carismas, y es misión de cada uno de ustedes descubrirlos, practicarlos y ponerlos al servicio en la comunidad, para edificar la Iglesia, cuerpo de Cristo, en la realidad particular de la Parroquia.

Sin embargo, al recibir la Confirmación, sepan que enfrentarán desafíos y retos concretos. Primero, la presión de ambientes que les prometen “bienestar” sacrificando los valores que dan sentido: el egoísmo, la indiferencia ante el dolor ajeno, la exaltación del yo; no, ustedes han se ser solidarios y compasivos como Cristo Sacerdote. Segundo, la tentación del conformismo: por ejemplo, espiritualmente la tentación de no rezar, y conformarse con el mínimo esfuerzo en las cosas de la vida. Tercero, la dispersión de la atención: ustedes saben que vivimos en un mundo hiperconectado, lleno de ruidos, que compite con la voz del Espíritu. Pero no teman: Cristo, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, intercede por nosotros, por ustedes especialmente. Él mismo atravesó soledad y traición; Él los acompañará en cada prueba o dificultad.

Por eso hoy, invocando al Espíritu Santo, pedimos para ustedes el coraje de ser testigos valientes de la verdad de Cristo y constructores de la unidad en el amor. Que la unción que recibirán en la Confirmación, sea antorcha en la oscuridad, bálsamo en la herida, fuerza en el cansancio. Que sepan, como Jesús, vivir la entrega solidaria: buscar al hermano herido en su camino, llevar consuelo al que sufre, proclamar la buena noticia a todo hombre y mujer.

Hermanos todos, especialmente confirmandos: celebremos con gratitud este gran misterio de Cristo Sacerdote y de su Espíritu Santo. Reconozcan y asuman su vocación y compromiso al recibir la Confirmación: ¡somos templos vivos del Espíritu Santo! Y si queremos seguir siendo coherentes con Él, debemos responder con obras de caridad verdadera, con la fidelidad a la Palabra de Dios y con la búsqueda de la unidad entre todos los hijos de la Iglesia.

Que la Virgen María, Nuestra Señora del Carmen, modelo de docilidad al Espíritu Santo y Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, nos obtenga la gracia de permanecer siempre firmes en la fe, ardientes en la caridad y fieles en la esperanza, especialmente a ustedes que serán marcados y sellados en el Espíritu de Dios por la Confirmación.

Que así sea, amén.

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