La Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra cada 11 de febrero, nos invita a renovar nuestra mirada sobre el sufrimiento y a descubrir, en medio de la fragilidad, la presencia viva de Dios. En este año Jubilar de la Esperanza, cuando la Iglesia nos llama a ser “peregrinos de esperanza”, debemos recordar que la fe ilumina nuestras pruebas y nos fortalece en los momentos de mayor debilidad y sufrimiento.
El Papa Francisco, con motivo de esta Jornada, nos dice que “la esperanza no defrauda y nos hace fuertes en la tribulación”. Esta afirmación es la certeza que se prueba en el día a día de quienes enfrentan la enfermedad con valentía.
No estamos solos en el dolor; Dios camina con nosotros, sosteniéndonos con su amor y enviándonos personas que se convierten en signos concretos de su misericordia. Nosotros también debemos ser signos de misericordia en este Jubileo que vivimos y siempre.
El sufrimiento humano nos confronta con nuestra fragilidad, pero también nos ofrece la oportunidad de un encuentro profundo con el Señor. En la enfermedad, Jesús no se muestra distante, al contrario, asume en su pasión nuestros dolores y pecados y se muestra cercano porque conoce el dolor y lo transforma en fuente de gracia.
En cada hospital, en cada hogar donde se cuida a un enfermo, en cada recinto destinado a atender personas en situaciones de dolor, se viven también grandes muestras de amor y entrega que reflejan el Evangelio en su esencia más pura. Médicos, enfermeros, voluntarios y familiares son testigos de esa esperanza que no se apaga, incluso en la adversidad. Su servicio es una manifestación concreta del amor de Dios.
En la cruz, Cristo muestra que el sufrimiento no tiene la última palabra. Su resurrección nos abre a una esperanza que va más allá de nuestro entendimiento. Esta certeza nos permite abrazar nuestras propias pruebas con confianza, sabiendo que, en las manos del Señor, todo se transforma porque él es la resurrección y la vida (cfr. Juan 11, 25).
Asimismo, compartir el dolor con otros nos enseña el valor de la solidaridad. Nadie debería enfrentar la enfermedad en soledad. Como comunidad cristiana, estamos llamados a ser presencia cercana, a escuchar, acompañar y sostener a quienes más lo necesitan.
A menudo, la verdadera fortaleza se encuentra en los enfermos. Sus testimonios nos inspiran, mostrándonos que la fe es capaz de sostener el alma incluso en los momentos más difíciles. Su confianza en Dios, su capacidad de sonreír, a pesar del dolor, nos enseñan que la esperanza es una realidad viva.
En esta Jornada Mundial del Enfermo, renovemos nuestro compromiso de cuidar la vida con amor. Valoremos el don de la salud, pero también aprendamos a encontrar sentido y esperanza cuando ésta se ve afectada. La Iglesia, como madre y maestra, sigue tendiendo la mano a los enfermos, recordando que cada vida es preciosa a los ojos de Dios.
Pidamos a la Madre de Dios, bajo la advocación de Nuestra Señora de Lourdes, que interceda por todos aquellos que sufren en cuerpo y espíritu. Ella que permaneció al pie de la cruz, nos enseña a estar cerca de quienes atraviesan el dolor, llevándoles consuelo y paz.
Fermento 359. Martes 11 de febrero, 2025
