En el Corazón de Jesús, el sacerdote encuentra su santidad

La Iglesia ha contemplado, a lo largo de los siglos, el misterio insondable del amor de Dios manifestado en el Corazón de Jesús. No es una devoción sentimental o lejana. Se trata de la fuente viva de la misericordia, entrega, reparación y fidelidad.

En este año del 350 aniversario de las revelaciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque, somos llamados con mayor urgencia a volver la mirada a ese corazón que tanto ha amado al mundo.

En este contexto, celebramos también la Jornada de Oración por la Santificación de los Sacerdotes, el pasado 27 de junio. Nada más coherente y necesario, porque es el Corazón de Jesús en quien cada presbítero debe encontrar no solo la fuente de su vocación, sino también la fuerza para renovarla cada día con sencillez, humildad y ardor apostólico.

El Sagrado Corazón no es un símbolo decorativo en los templos; es una llama viva que interpela y purifica. Para los sacerdotes, es escuela de mansedumbre y fuente de reparación. En un mundo herido por el egoísmo y la indiferencia, el sacerdote está llamado a ser imagen viva del Buen Pastor, con un corazón formado en la ternura y la compasión de Cristo.

Orar por los sacerdotes no es un acto rutinario: es un deber de amor. Necesitamos el aliento del Pueblo de Dios, la oración perseverante de las almas consagradas, el abrazo espiritual de las comunidades.

En este contexto, elevamos nuestras plegarias por aquellos que han sido llamados a ser otros Cristos. Que el fuego del Sagrado Corazón acoja toda tibieza, renueve la alegría de la entrega, sane las heridas del alma y fortalezca el amor por la Eucaristía, la Palabra y el pueblo confiado a su cuidado pastoral.

El Corazón de Jesús también nos recuerda la urgencia de formar sacerdotes santos. No bastan estructuras ni conocimientos; es necesario el fuego interior, la pasión por Cristo, la entrega cotidiana y la fidelidad constante. Necesitamos sacerdotes que no teman dejarse moldear por la oración, por el sacrificio silencioso, por la obediencia confiada.

Invito a cada fiel a rezar por los sacerdotes. Puede ser desde el silencio de su hogar, ante el Santísimo Sacramento, o en medio de su trabajo cotidiano. Ofrezcan oraciones, ayunos, sacrificios, actos de reparación. Y, sobre todo, ofrezcan amor; ese amor que brota del corazón traspasado de Cristo y que se convierte en misericordia para el mundo.

Queridos sacerdotes: no teman volver a la fuente. No teman llorar ante el Corazón de Jesús que nunca los ha abandonado. En él encontrarán consuelo, luz y firmeza. En él serán sanados y enviados de nuevo con renovado ardor misionero.

Que María, la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, nos acompañe en esta jornada. Y que el Corazón de Cristo, herido por nuestros pecados, glorificado en su resurrección, reine en cada sacerdote, en cada familia, y en toda la Iglesia.

Acudamos todos con confianza al Sagrado Corazón de Jesús. Pidámosle que haga nuestro corazón semejante al suyo, pero aún más el de los sacerdotes, para poder servirle como nos lo ha pedido en este llamado. Solo así el sacerdote podrá encontrar la santidad que debe ser propia de su ministerio.

Fermento 379. Martes 1 de julio, 2025

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