Viernes de la XIX Semana Tiempo Ordinario, Inauguración de la LV Semana de Integración Familiar.
Viernes 16 de agosto de 2024, Colegio Técnico Profesional de Aguas Zarcas, 9:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor:
Agradezco y aprecio grandemente la amable invitación que me han hecho para la inauguración de la LV Semana de Integración Familiar, la cual inicia con la celebración de esta Eucaristía, pidiendo al Señor que sea de mucho fruto para las familias, educadores, educandos y todos quienes conforman nuestras comunidades familiares, educativas y cristianas.
Como es propio de la celebración eucarística, hemos escuchado la palabra de Dios que siempre nos ilumina, instruye y anima. Los textos proclamados hoy nos hablan del binomio contrastante entre infidelidad y fidelidad. El profeta Ezequiel, en la primera lectura, nos recuerda cómo el Señor estableció una alianza con Israel desde que este pueblo era joven, lo adornó con todos sus regalos y dones; pero Israel fue infiel y se prostituyó grandemente yéndose tras otros dioses y abandonando a Yahvé. No obstante, esta infidelidad y traición, el Señor es siempre fiel a su alianza, por ello levanta y restaura a Israel, lo perdona y lo colma de su misericordia. En el extremo de esa infidelidad, el Señor quiere renovar y establecer una nueva alianza, porque su amor por el pueblo escogido es eterno e irrevocable. Dios es siempre fiel, su amor dura por siempre.
Por su parte, Jesús, en el evangelio de San Mateo, ante la pregunta de si era lícito divorciarse, aprovecha la ocasión para reivindicar la indisolubilidad del matrimonio, pues es una unión sagrada que tiene origen en Dios y, al mismo tiempo, es signo del amor siempre fiel y eterno del Señor por su pueblo. Fidelidad eterna que no se revoca nunca, como nunca ha de revocarse el sí del varón a la mujer y viceversa en el matrimonio, por lo cual es indisoluble y para toda la vida. La unión sagrada y perpetua del varón y la mujer es el origen de la familia como núcleo fundamental y necesario de la sociedad y de la Iglesia. Por consiguiente, la familia es querida por Dios, es expresión de su voluntad y es el ámbito en el cual el Señor quiere que como personas crezcamos, nos desarrollemos y nos realicemos de verdad según su proyecto de vida, amor y salvación.
Cada persona, grupo humano y época en el tiempo ha de vivir según las circunstancias del presente que le corresponde. Aunque esas circunstancias sean diferentes, según las personas y su tiempo, todos estamos llamados a ser fieles a lo que Dios nos pide y nos ofrece. Actualmente, nos ha correspondido vivir en una época y sociedad altamente desarrollada por la tecnología y la comunicación. Dios, a través de la inteligencia humana, nos ha dado numerosas oportunidades de desarrollo y crecimiento, pero no debemos olvidar, sobre todo nosotros creyentes, que el desarrollo humano, científico y tecnológico tiene sus límites y sus reglas. No puede ni debe haber un desarrollo indiscriminado que olvide la dignidad de la persona, el bien común y las exigencias éticas. Y esto nos vincula especialmente a nosotros desde la Iglesia, la familia cristiana y la educación religiosa. Debemos ser fieles a Dios, en primer lugar, a la persona humana, a su dignidad y a las exigencias del tiempo actual sin olvidar nuestros principios y valores éticos y religiosos.
El lema de esta Semana de Integración Familiar 2024: “La cultura digital: Un reto para la familia, la escuela y la comunidad”, nos exhorta a evangelizar fielmente todos los ambientes, y en particular lanza un reto, especialmente a los más jóvenes, como decía Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2009, cuando les manifestaba: “A vosotros, jóvenes, que casi espontáneamente os sentís en sintonía con estos nuevos medios de comunicación, os corresponde de manera particular la tarea de evangelizar este ‘continente digital’. Haceos cargo con entusiasmo del anuncio del Evangelio a vuestros coetáneos. Vosotros conocéis sus temores y sus esperanzas, sus entusiasmos y sus desilusiones. El don más valioso que les podéis ofrecer es compartir con ellos la ‘buena noticia’ de un Dios que se hizo hombre, padeció, murió y resucitó para salvar a la humanidad”.
En el numeral 30 de mi IX y última Carta Pastoral titulada “En tu nombre echaré las redes”, digo: “Para evitar esos peligros, recordemos la experiencia en las familias cuando un televisor empezó a ser colocado en cada habitación: incomunicación y dispersión. De manera similar, y quizá más preocupante, hoy en día, en una misma mesa, no se comparte humanamente por estar sumidos, aislados y cautivos en el dispositivo móvil, que nos vuelve casi autómatas y nos impide el contacto visual y auditivo de una franca y natural conversación. En ese desierto de ‘silencio’, y porque parece que estamos ‘solos’, aunque nos encontremos en nuestros hogares, grupos de reunión de trabajo o de Iglesia, no perdamos el sentido más genuino de la comunicación humana, y ¡preparemos el camino del Señor! (cfr. Isaías 40, 3), desde las nuevas realidades tecnológicas que nos retan a darles el lugar que les corresponde en función del bien de las personas y de la causa de la evangelización”.
Como exhortaba en esta Carta, lo repito ahora, en nuestras familias estamos llamados a ser samaritanos digitales: “El reto de ser samaritanos digitales, consiste en ser capaces de llevar consuelo, de atender a aquellos que se encuentran solos, para practicar también en la era digital las obras de misericordia a las que nos llama el Señor” (n. 74).
Como lo expresa mi hermano, Mons. Manuel Eugenio Salazar Mora, obispo de Tilarán-Liberia y presidente de la Comisión Nacional de Pastoral Familiar en su mensaje, con motivo de esta semana, “en este mundo digital nos falta mucho por aprender y descubrir a todos (…) Somos Seres humanos que establecemos relaciones con amigos y seguidores en las distintas redes sociales, pero que hemos perdido la capacidad de establecer relaciones humanas estables, imperecederas y personales, porque la comunicación se reduce a la que puede establecer sólo mediante los medios de comunicación electrónicos”. ¡Tenemos que superar estas barreras!
Asimismo, en este reto de la cultura digital para la familia, la escuela y la comunidad, hay una expresión de san Juan Pablo II que trasciende cualquier época y que se adapta al lema y mensaje de esta LV Semana de Integración Familiar: “La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas. El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas” (Familiaris Consortio, n. 18).
Hermanos familiares, educadores, educandos y miembros de la comunidad, estemos muy vigilantes y comprometidos para ser fieles al proyecto de Dios a través de una cultura digital que debe ser para bien, desarrollo y realización de todos. Que los medios abundantes y eficaces de esta cultura actual nos ayuden a ser más cercanos, más humanos, más hermanos, más familia, más Iglesia y más comunidad. No cedamos a la ironía de esta cultura digital, en el sentido de que, en vez de acercarnos más, nos aleje e incomunique. Aprovechemos todo el potencial de esta cultura moderna-digital para evangelizar, para comunicarnos mejor, para ayudarnos fraternalmente desde el amor de Dios los unos a los otros. Seamos fieles al proyecto de Dios y fieles entre nosotros mismos para el bien de todos en la Iglesia, la familia, la escuela y la comunidad. Que así sea, amén.
