¿Estamos siendo verdaderos predicadores del Evangelio?

Santo Domingo de Guzmán, Viernes 8 de agosto de 2025.

Fiesta Patronal Parroquia de Monterrey, 6:00 p.m.

Hermanos todos en el Señor:

Hoy es un día de gozo y alegría para esta comunidad parroquial. Celebramos a su santo patrono, Santo Domingo de Guzmán, cuya vida y legado siguen siendo fuente de luz, verdad y celo apostólico para toda la Iglesia, especialmente para ustedes. Esta fiesta no es simplemente un recuerdo o costumbre anual, sino una oportunidad para renovar nuestra identidad, nuestra misión y nuestro compromiso de fe como comunidad cristiana. Así como la Palabra de Dios siempre iluminó e inspiró a Santo Domingo, también esta noche lo hace especialmente con nosotros en esta celebración solemne.

En la primera lectura, el Señor habla al profeta Jeremías con palabras que también resonaron en el corazón de Santo Domingo y se cumplieron a cabalidad en su vida: “Antes de formarte en el vientre, te conocía, y antes de que salieras del seno materno, te consagré como profeta para las naciones”. Esta vocación profética no fue solo para un tiempo o un hombre; es también para nosotros hoy. Dios llama a cada uno con una misión: anunciar su Palabra, ser testigos de la verdad y llevar esperanza a un mundo que la necesita urgentemente.

Santo Domingo respondió con generosidad a esa llamada. En una época marcada por la confusión doctrinal, la corrupción eclesial y la expansión de herejías, él no se cruzó de brazos. Fundó la Orden de Predicadores -los dominicos- con un objetivo claro: predicar la verdad, vivir con humildad, estudiar con profundidad y servir con alegría. Los Santos siempre respondieron certeramente a los desafíos y problemas de sus tiempos.

El salmo responsorial nos invita a proclamar la grandeza del Señor en todo lugar. Eso hizo Domingo con su vida. No se conformó con el silencio cómodo y pasivo. No se encerró en sí mismo. Iba de pueblo en pueblo, muchas veces a pie, sin otra riqueza que el Evangelio, cantando y proclamando las maravillas del Señor.

Su celo por la evangelización fue inmenso. Se cuenta que apenas dormía, que pasaba las noches orando y llorando por los pecadores. Él mismo decía: “Señor, ¿qué será de los pecadores?” Ese grito todavía debe conmovernos y cuestionarnos: ¿Dónde están hoy los hombres y mujeres que lloran por los que no conocen a Cristo? ¿Dónde los que se gastan y desgastan por llevar el Evangelio a quienes viven en la oscuridad de la mentira o del vacío espiritual?

Por ello, San Pablo, en la segunda lectura, exhorta vivamente a su discípulo Timoteo a ser un verdadero evangelizador. No con comodidad, no buscando aplausos, sino con valentía y constancia. Esa fue también la actitud de Santo Domingo. Frente a una cultura que rechazaba la verdad absoluta, él se propuso “predicar la Palabra, a tiempo y a destiempo”. Decía el apóstol: “Insiste, convence, reprende y exhorta con toda paciencia y sabiduría”. Sin duda, así lo hizo fiel y constantemente Santo Domingo.

Hermanos, hoy vivimos una época difícil y complicada, nada diferente a la de Santo Domingo. El relativismo domina la escena cultural e incluso eclesial. Se nos dice que no hay una verdad, sino que cada uno tiene “su verdad”. Se promueve la indiferencia religiosa y se desacredita la fe como algo subjetivo o anticuado. Este es el contexto en que vivimos. Santo Domingo nos enseña que la Verdad no es una idea, sino una Persona, Jesucristo, y que anunciarlo es un deber, una urgencia y una alegría. Decía el Santo: “No podemos guardar silencio sobre lo que hemos visto y oído.” Y también afirmaba: “Ardientemente deseo que la Palabra de Dios resuene en todas partes, que el Evangelio sea anunciado hasta los confines del mundo”.

Precisamente es lo que Jesús nos recuerda en el evangelio de San Mateo, y la misión que confió a los apóstoles: ir, anunciar, bautizar, enseñar. Esa es también nuestra misión hoy como parroquia, como discípulos, como diócesis. La fiesta patronal no es un fin en sí misma, sino una oportunidad de gracia y un impulso para reavivar nuestro ardor misionero. Somos herederos de un gran Santo, especialmente ustedes como comunidad parroquial bajo su patrocinio. Y ese legado implica una gran responsabilidad a revisar. ¿Estamos siendo verdaderos predicadores del Evangelio? ¿Nuestra comunidad es un lugar donde se vive la verdad, se anuncia con valentía y se sirve con alegría? ¿O nos hemos acomodado y encerrado en lo rutinario, olvidando que el mundo necesita testigos auténticos?

Santo Domingo nos recuerda que evangelizar no es solo tarea de los sacerdotes o de los religiosos, sino de todos los bautizados. La parroquia debe ser una “escuela de predicación”, donde cada uno aprende a comunicar el Evangelio con su vida, con su palabra, con su testimonio. Santo Domingo no fue solo un hombre sabio y piadoso, fue un hombre radicalmente libre, profundamente enamorado de Cristo, y convencido de que la Verdad debía ser conocida, defendida y amada. Su respuesta a los errores no fue el odio ni la violencia, sino la oración, el estudio, la predicación y el testimonio.

Queridos hermanos, celebrar a Santo Domingo como patrono de la comunidad parroquial es comprometerse a seguir en serio su ejemplo. No basta con admirarlo; hay que imitarlo. No basta con tener acá una imagen suya; hay que encarnar su espíritu.

Pidamos hoy al Señor que esta parroquia de Santo Domingo de Guzmán sea un lugar de verdad donde se enseñe y defienda la fe sin ambigüedad; un lugar de comunión donde todos encuentren acogida, comprensión y fraternidad; un lugar de misión donde se forme y envíe a discípulos que lleven el Evangelio al mundo. Como Santo Domingo, no tengamos miedo de ser diferentes. No temamos predicar, aun cuando sea incómodo; no callemos ante la mentira; que podamos decir con él: “Más vale iluminar que solo brillar”. Que Santo Domingo interceda por toda la Iglesia, por esta comunidad parroquial y por nuestra diócesis. Que el Espíritu Santo nos renueve para ser auténticos testigos de la verdad en nuestro tiempo con un decidido espíritu misionero y una auténtica pasión evangelizadora a semejanza de Santo Domingo. Que así sea, amén.

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