Fiesta patronal Parroquia El Buen Pastor. Río Frío de Sarapiquí.
11 de mayo de 2025, IV Domingo de Pascua, 10:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor:
Como bien sabemos, especialmente ustedes, miembros de esta comunidad parroquial, en este IV Domingo de Pascua, la liturgia nos presenta a Cristo Resucitado bajo la imagen del Buen Pastor que dio su vida por el rebaño. En el Evangelio de San Juan, que hemos escuchado, Jesús afirma con ternura: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, y nadie las arrebatará de mi mano”. Notemos que Jesús no se trata de una figura o autoridad lejana, sino de un amigo que se acerca, que entra en nuestra vida, en nuestras dificultades, en nuestros miedos y en nuestras soledades para conducirnos a pastos de vida eterna. Como nos ha dicho claramente: Él da vida eterna a nosotros sus ovejas. Esa vida eterna de la cual goza ya la inmensa muchedumbre del Apocalipsis, en la segunda lectura, que está en presencia del trono de Dios dándole culto, día y noche, en su templo del cielo.
Por otro lado, en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles escuchamos cómo la buena noticia rompió barreras: “Los gentiles también recibieron la palabra de Dios”. Esto significa que el rebaño del Resucitado y Buen Pastor se amplió más allá de las fronteras judías, porque el Pastor no excluye a nadie; Él acoge a todos, da la vida por todos. Y con el salmo 99 hemos hecho eco de esa verdad, de esa relación íntima entre Cristo como Buen Pastor y nosotros, al responder: “Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño”. Esa certeza de pertenecer al redil del Buen Pastor se manifiesta cuando reconocemos su voz en la oración, en la Palabra, en el hermano que sufre a nuestro lado.
San Agustín, en un sermón sobre el Buen Pastor, decía: “Dios no rehúye la fiera; él mismo, siendo Pastor, lucha contra el lobo, sufre la herida y rescata la oveja” (Sermón 52,3). Esa imagen nos recuerda que el Pastor no temió entregar su vida: su cruz es la marca indeleble de su amor y fidelidad por nosotros, precisamente para darnos vida eterna.
Hermanos, ustedes tienen la gracia de celebrar hoy su fiesta patronal. Por ello, es preciso preguntarse: ¿qué significa para ustedes, como comunidad parroquial, tener al Buen Pastor como patrón? Entre otras cosas, significa, en primer lugar, reconocerse sus ovejas que deben escucharlo dócil y atentamente cada día. Significa también vivir en la unidad y comunión en la que Él nos congrega; no se trata de uniformidad, sino armonía de voces diversas que se ponen al servicio de un mismo guía y pastor, que es el Señor, y también de los hermanos. Significa servir sin buscar reconocimiento, aplausos o ventajas; significa abrir las puertas a quienes aún no conocen su voz; significa acompañar al herido, al cansado, al pobre y abandonado. En tantas cosas podemos ser imagen viva del amor y solicitud del Buen Pastor en la vida de la comunidad cristiana.
También podríamos preguntarnos ¿qué significa ser oveja de Cristo Buen Pastor? Ser oveja suya implica dejar atrás la independencia orgullosa y autosuficiente: la voz del mundo promete libertad, pero solo el Pastor nos conduce a la verdadera libertad de los hijos de Dios. Nos desafía a perdonar como él perdona, a caminar sin reserva, a arriesgar el propio descanso por el bienestar del rebaño.
Celebramos hoy la 62 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, y sentimos con fuerza la necesidad e importancia de orar para que el Espíritu suscite nuevos pastores, misioneros y servidores en la Iglesia universal y en las distintas comunidades cristianas. Cada oración, cada sacrificio -ofrecido como fruto de esta celebración- puede ser semilla de una vocación sacerdotal o religiosa que el mundo necesita.
Pero no olvidemos que todos tenemos vocación: no sólo unos pocos “elegidos”, sino que cada bautizado es un llamado. El Buen Pastor nos ha llamado a una misión propia y personal: ser padre, madre, hijo, maestro, agricultor, profesional, voluntario… cada tarea o vocación es un proyecto de vida en el cual Dios cuenta con nosotros para el bien propio y el de los demás. Vocación es respuesta al llamado, respuesta a un compromiso con Dios, con la Iglesia, con los hermanos.
Como ha sido costumbre de varios años atrás, nos acompañan hoy nuestros seminaristas diocesanos. Esta celebración les toca y llega a ustedes muy de cerca. Hoy se reaviva el llamado apasionado de Jesús que dijo: “Yo doy mi vida por las ovejas”. La vocación específica, que ustedes están discerniendo, los llama y compromete a aprender ese don total: tener capacidad de entregar la vida, de escuchar al Pastor en la su palabra y en el silencio de la oración; a hacerse “pastores con olor a oveja”, cercanos al pueblo; a defender la fe con caridad, valentía y convicción. Como San Agustín recomendaba, que su corazón aprenda a latir con el corazón de Cristo, a sanar las heridas del rebaño con su misma ternura. Y para esto, hay que perder la propia vida para entregarla por los demás como el Buen Pastor. Hermanos todos, oremos por las vocaciones, por nuestros sacerdotes y seminaristas, por todos los servidores llamados a ello en la Iglesia.
Estamos celebrando la Eucaristía, pidámosle al Señor que su voz resuene en nuestro interior; que aprendamos a seguirlo con alegría; que hagamos de nuestra parroquia un rebaño siempre unido y activo en el servicio. Que cada gesto de caridad -la visita al enfermo, la enseñanza en la catequesis, la mano tendida al necesitado, el compartir como comunidad- sea huella y manifestación viva del Buen Pastor.
Señor Jesús, Buen Pastor, te rogamos: abre nuestros oídos para escucharte, fortalece nuestros pies para seguirte, inflama nuestro corazón con tu amor hasta darlo por los hermanos. Tú que viviste y moriste para reunirnos en un solo rebaño, haz de toda la Iglesia, especialmente de esta comunidad de Río Frío, un testimonio de unidad y entrega, animada por el servicio y testimonio de los Padres Juan Francisco, Fernando y Luis Antonio, a quienes reconozco y agradezco sinceramente su entrega y capacidad de dar la vida por todos ustedes. Que así sea, amén. ¡Oh, Jesús, pastor eterno de tu Iglesia! Danos muchos y santos sacerdotes, consagrados y familias cristianas
