¿Hemos aprendido a defender la vida?

El 25 de marzo de 1995, San Juan Pablo II nos entregó Evangelium Vitae, una encíclica que denunció con valentía la expansión de una mentalidad que relativiza el valor de la vida humana. Treinta años después, la cultura del descarte, aquella que mide la dignidad de las personas según “su utilidad”, sigue avanzando sin resistencia.

El aborto se presenta como un derecho, la eutanasia como una expresión de autonomía y la manipulación genética como un triunfo del progreso. Nos hemos acostumbrado a justificar lo injustificable. Lo que antes era impensable, hoy se acepta sin escándalo. Y lo que es peor, muchas de estas ideas se legalizan en nuestros países.

San Juan Pablo II advirtió sobre una realidad que nos atormenta como sociedad: “Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como son, concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida” (Evangelium Vitae, 5). Su denuncia no ha perdido vigencia.

El Papa Francisco ha reafirmado esta visión al hablar de la “cultura del descarte”. Ya no solo se trata del no nacido, sino también del anciano, del enfermo, del migrante y del pobre. La sociedad aparta a quienes no encajan en su lógica de eficiencia. Y, lo que es peor, muchos católicos han caído en la trampa de esta mentalidad.

El problema no es solo lo que el mundo propone, sino la tibieza con la que los católicos respondemos. Nos escandalizamos en privado, pero guardamos silencio en público. No queremos incomodar, no queremos ser señalados. Al respecto, San Juan Pablo II decía con claridad y firmeza: “Al anunciar este Evangelio, no debemos temer la hostilidad y la impopularidad, rechazando todo compromiso y ambigüedad que nos conformaría a la mentalidad de este mundo”, (Evangelium Vitae, 82).

El católico no puede resignarse ni mucho menos igualarse con el ambiente imperante. No se trata solo de rechazar la cultura de la muerte, sino de construir una cultura de la vida. Y eso implica compromiso y acción. Supone educar en valores, promover leyes justas, acompañar a los vulnerables y denunciar con claridad las amenazas contra la dignidad humana.

El 25 de marzo, en la Solemnidad de la Anunciación del Señor, recordamos que Dios mismo se hizo carne en el seno de una mujer. La vida, desde su concepción, es un milagro. Un don que no pertenece al arbitrio de nadie.

Treinta años después de Evangelium Vitae, la pregunta es inevitable: ¿estamos defendiendo la vida con la fuerza y la coherencia que exige el Evangelio?, ¿hemos caído en la indiferencia de una sociedad que ha perdido el asombro ante el valor de cada ser humano?

María, Madre del que es la Vida, nos enseña a decir sí a la vida. No un sí a medias, no un sí condicionado; sino un sí valiente, comprometido y decidido. Un sí que hoy, más que nunca, la Iglesia necesita reafirmar con fuerza.

En pleno año electoral, imploremos también al Señor que nos ilumine para saber escoger un camino que promueva la vida en nuestra sociedad, un camino donde no haya descartados y podamos tener un país que retome sus valores fundantes sobre el cuidado de la persona humana, que proteja la vida humana desde la concepción hasta su fin natural.

Fermento 365. Martes 25 de marzo, 2025

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