Imploramos soluciones para Crucitas

Hace pocos días hablábamos de la necesaria conciencia y de las acciones urgentes que se requieren para colocar el desarrollo humano de manera interdependiente con el cuidado de la naturaleza.

Sin embargo, un día sí y otro también, vemos la inoperancia como país para llevar soluciones integrales a Crucitas de Cutris, en el cantón de San Carlos, diócesis de Ciudad Quesada. Por largos años el daño ambiental, a vista y paciencia de todos, y el daño ocasionado directamente a la población que allí habita son motivos para avergonzarnos.

La discusión no puede ser ideológica, no puede tampoco ser abordada desde trincheras políticas ni menos desde fines meramente economicistas, pues todo eso es lo que nos ha llevado al desastre del cual parece no saldremos pronto, y del cual las consecuencias son innumerables.

Como en otros momentos lo hemos dicho, parece que estamos ante una región que es tierra de nadie; los esfuerzos paliativos por contener, por ejemplo, la delincuencia que ha saqueado el oro de ese sector, son insuficientes, al tiempo que se nos habla del gran gasto económico por lo que esta operación implica, además de la enorme movilización de oficiales que esto conlleva, sacándolos de otros sitios que también necesitan presencia policial.

Como si fuera poco, las advertencias ambientales que se hicieron por muchos años por las prácticas realizadas para la extracción de oro, dieron al traste con la presencia de mercurio en el agua que llega a los habitantes. El veneno que han tomado por años, desde luego ha urgido la acción gubernamental y municipal, pero el daño ya está hecho.

La poca visión como país nos ha sumergido en lo que parece una disputa sin fin, sobre si la extracción de oro a cielo abierto conviene a nuestra sociedad. La poca planificación sobre este proyecto nos sumergió también en batallas legales, tanto a lo interno como a lo externo, mientras seguimos siendo testigos de muerte y destrucción alrededor de Crucitas.

Más allá de eso, a nivel social, la pérdida de valores ocasionada por la fiebre del oro llevó al deterioro de las familias; lamentablemente, si a estas personas se les ha abandonado a su suerte, no podemos esperar resultados diferentes sobre una realidad que nos golpea como país.

Lo que Crucitas representa para Costa Rica es la evidencia de que hay sectores de la población en completo abandono; de que la pobreza y la falta de condiciones de vida digna poco han importado para atender la situación, más allá de la discusión por proteger el ambiente.

En todo caso, la discusión por cuidar de nuestros recursos tampoco tiene sentido, pues Crucitas es una batalla perdida, a la espera de soluciones integrales, a la espera de que quienes tienen poder de decisión se pongan de acuerdo.

“Esta situación no tiene que ver sólo con la física o la biología, sino también con la economía y nuestro modo de concebirla. La lógica del máximo beneficio con el menor costo, disfrazada de racionalidad, de progreso y de promesas ilusorias, vuelve imposible cualquier sincera preocupación por la casa común y cualquier inquietud por promover a los descartados de la sociedad. En los últimos años podemos advertir que, aturdidos y extasiados frente a las promesas de tantos falsos profetas, a veces los mismos pobres caen en el engaño de un mundo que no se construye para ellos”, sentencia el Papa Francisco en su Exhortación Laudate Deum, n. 31.

Quiera Dios, de una vez por todas, que se atienda, se busque y se encuentre solución definitiva y justa a este escandaloso y vergonzoso caso de Crucitas para nuestro país, especialmente para nuestra región y diócesis.

Fermento 338. Martes 17 de setiembre, 2024

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