Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, Miércoles 1 de enero de 2025.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Damos gracias a Dios por el regalo que nos concede con este año nuevo civil 2025, que para nosotros en la Iglesia es año santo ordinario y jubilar con el tema “Peregrinos de la esperanza”. En este primer día del año, nos sentimos íntimamente unidos a la Santísima Virgen María, en esta solemnidad de su maternidad divina, en la octava de Navidad que completamos y celebramos el día de hoy. También, estamos en comunión con el Santo Padre Francisco al celebrar la LVIII Jornada Mundial de Oración por la Paz bajo el lema “Perdona nuestras ofensas, concédenos tu paz”.
Recordamos y celebramos a la Santísima Virgen María en el misterio que más distingue a su elección y misión, es decir, su maternidad divina. Elegida y llamada para ser madre de Dios. María ha concebido y ha dado a luz a Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo eterno del Padre, la Palabra hecha carne, el Mesías, el Señor y Salvador que nos ha nacido en Belén. Por ello, María es verdadera Madre de Dios.
María ha sido instrumento bendito de Dios para traernos la bendición más grande y maravillosa que hemos recibido: el Hijo de Dios, nuestro Salvador y Redentor, verdadero Dios y verdadero hombre. De bendición nos habla la primera lectura del libro de los Números. Es la fórmula de bendición que los sacerdotes de Israel debían pronunciar sobre el pueblo. La bendición comunica y transmite los bienes y dones de Dios, de ese Dios cuyo nombre santísimo es poderoso y realiza la salvación en medio de su pueblo Israel y de nosotros también.
Hoy confesamos y testimoniamos que nuestra vida y este año nuevo que comenzamos están bajo la sombra de la bendición divina, de su amor y providencia. Esta certeza nos colma de alegría, paz y confianza. Por ello, hacemos nuestras las palabras de bendición de este Dios con nosotros y que siempre nos acompaña: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz”. El salmo 66 de la Misa hace eco de esta bendición divina en favor nuestro: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”.
La verdad de la maternidad divina de María, este hecho histórico, cierto y de salvación, queda patente en las palabras de San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los gálatas: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley …” Jesús ha nacido de mujer, nacido en carne humana; por eso María es verdadera Madre de Dios.
San Lucas, en el evangelio de hoy, nos ofrece su versión del nacimiento de Jesús. Ha nacido de María Virgen; ella ha dado a luz al Dios encarnado, de allí que sea verdadera Madre de Dios. Por su maternidad, ella nos ha dado al Niño-Dios que encontraron y contemplaron los pastores, recostado en el pesebre. Ellos se alegraron y contaron las maravillas del Señor, como deberíamos de hacer nosotros también con inmensa alegría, alabando y glorificando a Dios por sus grandezas. La Madre del Dios hecho hombre contempla el misterio de la salvación de Dios, el misterio de su amor infinito que se ha manifestado en nuestra carne gracias a su maternidad divina.
María -servidora humilde y mujer de fe- comprende que todo lo que pertenece al plan y misterio de Dios hay que contemplarlo, profundizarlo, guardarlo en el corazón como lo hizo ella. Todo un desafío para nosotros hoy: contemplar, orar, profundizar, deleitarnos en el misterio de Dios, en el misterio de Jesús, cuyo nombre precisamente es “Dios salva”. Su nombre expresa su misión: Jesús ha venido y ha nacido de María para salvarnos, para perdonar nuestros pecados y redimirnos. He aquí la máxima bendición: el Dios hecho hombre, nacido de María, es la bendición definitiva que hemos recibido de Dios.
Hermanos, en este, su primer día, iniciamos el año civil 2025, puestos en las manos de Dios y con su bendición. También celebramos la LVIII Jornada Mundial de Oración por la Paz. La paz de Dios que tanto necesita el mundo; la paz que ha de habitar en el corazón de todos los hombres, la paz que es don de Dios; pues la verdadera paz debe ser fruto del amor y de la justicia. Necesitamos tanto la paz de Dios en medio de tanta muerte, guerra, violencia, egoísmo, intolerancia y corrupción.
Con la bendición de Dios -con Jesús- el fruto bendito del vientre de María, y con profundos deseos y anhelos de paz, iniciamos un nuevo año por gracia de Dios. Iniciamos este año 2025 con alegría, gozo, esperanza; con muchas ilusiones y expectativas. Pero, sobre todo, iniciamos el nuevo año con la confianza puesta en Dios que nos da la fe. Hoy pensamos y pedimos, especialmente, por nuestro país. Pensamos y pedimos la bendición de Dios para Costa Rica, recordando especialmente los desafíos y retos que tenemos pendientes como por ejemplo el año electoral que tendremos pronto, para el cual pedimos que sea un tiempo respetuoso y propositivo; no para enfrentamientos, insultos o divisiones. Retos y desafíos también para combatir el crimen organizado y los homicidios; la búsqueda del fortalecimiento de la Caja Costarricense de Seguro Social, superando las listas de espera y la crisis de médicos especialistas. Tiempo para buscar solución al problema de las pensiones; para encontrar respuestas efectivas a los pendientes de infraestructura vial y congestión vehicular; y, por supuesto, para el mejoramiento integral de la educación. Todo esto y más, que forma parte de nuestra realidad nacional, lo ponemos en manos de Dios al iniciar un nuevo año.
La Eucaristía que estamos celebrando es el momento propicio y privilegiado para ofrecer a Dios nuestra vida, nuestra historia, nuestras ilusiones y esperanzas al inicio de este 2025. Que este año santo y jubilar, que hemos iniciado en la Iglesia, nos permita hacer experiencia viva de la paternidad de Dios y de la maternidad de la Iglesia, a través del fortalecimiento de la virtud teologal de la esperanza, tan necesaria e importante para nuestros tiempos. Que Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra también, nos ayude a vivir cada momento de este año nuevo 2025 con plena confianza en Dios, seguros siempre de su amor, de su paz y de su bendición. Que así sea, amén.
