Jesús levantado en la cruz: dejémonos atraer siempre por su amor infinito

Celebración de la Pasión del Señor,

Viernes Santo, 29 de marzo de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 4:00 p.m.

Con esta acción litúrgica entramos en el primer día del Triduo Pascual. Hoy la Iglesia no celebra la Eucaristía, sino que el centro es esta celebración o acción litúrgica de la pasión y muerte del Señor que tiene como signo característico la cruz de Cristo. Nos encontramos en una de las celebraciones más impresionantes y conmovedoras de la Iglesia, pues, hoy, Viernes Santo, es el día de la entrega amorosa y extrema de Jesús hasta la muerte, pasando por su pasión dolorosa. Hoy es un día para detenernos y contemplar, con silencio reverente, este amor inmenso; detenernos para dejarnos envolver por el infinito y salvador amor de Dios, manifestado en su Hijo, el cordero manso e inocente que se entrega obedientemente a la muerte por nuestra redención.

Ciertamente la realidad de la pasión evoca dolor y sufrimiento, pero hoy no celebramos el dolor o la tristeza, sino el amor. La pasión y la muerte de Jesús es un acto voluntario de entrega del Señor, expresión del amor más grande por medio del cual hemos sido salvados. Hoy contemplamos y adoramos especialmente el signo de la cruz: ella es el árbol de la vida, es el trono de gloria donde ha sido exaltado Jesús como Dios y como Rey, después de haber sido humillado y despreciado. La cruz expresa el amor inmenso de Dios que no tiene límites en la ternura, la misericordia y el perdón que nos manifiesta. Hemos sido salvados a precio de la sangre de Cristo que nos ha purificado. Valemos la sangre de Cristo derramada en la cruz por nuestra redención. Esto es extremo y estulticia del amor de Dios por nosotros.

Los textos de la Palabra de Dios, que se nos han proclamado, desvelan este misterio extremo de amor, amor salvífico y redentor.

En la primera lectura del profeta Isaías, tomada del cuarto cántico del siervo de Dios, se nos prefigura la pasión de Cristo con detalles impresionantes que revelan este extremo de amor por nosotros del siervo que se entrega por los pecadores. “Muchos se horrorizaron porque estaba desfigurado …  ya no tenía aspecto de hombre … despreciado y rechazado, varón de dolores … Soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores … humillado, traspasado por nuestras rebeliones … por sus llagas hemos sido curados”. Dramática y elocuente descripción de la entrega amorosa del siervo, por ello, se ofrece como cordero inocente, cargando los pecados del pueblo, se deja llevar en silencio como cordero al matadero. Acepta libremente la muerte para liberarnos de nuestras culpas.

Desde la segunda lectura de la carta a los hebreos, este siervo y cordero que se inmola es Cristo, quien muere cuando se inmolan en el Templo los corderos para la Pascua. Su entrega es el verdadero sacrificio pascual y lo hace entregándose como sumo sacerdote que se compadece de nuestros sufrimientos, porque él ha pasado por el sufrimiento, nos decía el autor del texto. Se entrega y se inmola obedeciendo, a pesar de ser Hijo. Obedeció padeciendo, por eso su sacrificio es perfecto y es causa de salvación para nosotros. Por tanto, Cristo crucificado es el verdadero Cordero Pascual. ¡Qué extremo y estulticia de amor!

La versión de la pasión de Jesús, del evangelio de San Juan, pone de manifiesto afirmaciones de capital importancia que expresan el inmenso amor de Dios. La pasión de Cristo no es un fracaso, es más bien su glorificación, es exaltado en la cruz, reina desde la cruz para salvarnos. El crucificado es Dios, por eso su muerte es triunfo glorioso para nosotros. Hoy contemplamos a Jesús levantado en la cruz, él nos atrae con la fuerza transformadora del amor de Dios; dejémonos atraer siempre por su amor infinito. Hoy miramos con fe y esperanza al que ha sido traspasado y es causa de salvación y redención para todos nosotros. De su corazón traspasado ha brotado sangre y agua, ha nacido la Iglesia como sacramento de salvación. Dirigimos nuestro corazón al que muere y dice “Todo está consumado”, pues ha cumplido a la perfección el plan amoroso del Padre; se ha entregado para que con su muerte gloriosa tengamos vida y vida eterna. De verdad que “nadie tiene amor más grande que Aquél que da la vida por los que ama”. De verdad, Cristo ha cumplido todo por nuestra salvación. Amor extremo e infinito, amor desconcertante, incomprensible, amor total.

De inmediato vamos a adorar la cruz no por su expresión material, sino por su significado profundo y salvador. La miramos, contemplamos y adoramos porque es el árbol de la vida, es nuestra esperanza, en ella estuvo el Salvador y es la expresión inequívoca de su amor infinito. La cruz debe recordamos siempre el precio que Dios ha pagado por nuestra salvación y redención.

Un Viernes Santo como hoy, Cristo murió en la cruz, pero también, en la actualidad y lamentablemente, muchos cristianos, hermanos nuestros, en Medio Oriente y en muchas partes del mundo, son perseguidos y asesinados por el solo hecho de ser cristianos. Pidamos por todos los que sufren a causa de su fe cristiana. Que la cruz de Cristo les dé fuerza y esperanza, que el Señor los sostenga y anime, que les dé fortaleza con su pasión gloriosa. Pedimos hoy especialmente por el conflicto bélico actual en Gaza; que cese la guerra, que el Señor conceda a esos territorios y poblaciones el don de la paz. Basta ya de tanta muerte, sobre todo de niños inocentes.

Hermanos, concluiremos nuestra liturgia de hoy con la comunión eucarística, esta comunión nos hace participar de la muerte gloriosa de Cristo y de sus frutos de salvación. Nos hace entrar en la alianza sellada con la sangre del Cordero de quien nos ha venido la redención eterna.

¡Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos! Porque con tu santa cruz y muerte redimiste al mundo. Amén.