En medio de una cultura que muchas veces exalta lo superficial, lo inmediato y lo efímero, me dirijo hoy con particular afecto a los jóvenes. Julio es en la Iglesia un mes dedicado a la juventud, que nos recuerda e impulsa a acompañar a los jóvenes con esperanza, a escucharlos con atención y a creer profundamente en su capacidad de transformar el mundo desde Cristo.
Los tiempos que vivimos no son fáciles. Hay confusión, polarización, crisis de sentido, ataques a la vida y una enorme sed de verdad. Pero también hay una generación que no se conforma con lo mínimo. Jóvenes que no quieren vivir anestesiados por la rutina o la indiferencia. Jóvenes que, aunque a veces caminan heridos o desorientados, tienen el corazón inquieto y buscan algo más.
Ese “algo más” tiene nombre: Jesucristo. No es un concepto, no es una idea antigua, sino una Persona viva, capaz de llenar la vida de sentido. Cristo no es un rival de la juventud. Todo lo contrario: Él es quien la enciende y le da sentido. Solo en Él, la rebeldía se vuelve entrega; la creatividad, servicio; la libertad, misión.
Jóvenes, no tengan miedo a ser diferentes. No sigan a la masa si esta va sin rumbo. No se igualen a lo que todos hacen, ni a lo que parece fácil. Sean distintos. Sean libres de verdad. El mundo necesita jóvenes que no vivan para sí mismos, sino que se atrevan a dar testimonio. Que no escondan su fe por miedo al qué dirán.
Hoy, muchos de ustedes habitan las redes sociales como parte natural de su entorno. Les hago una invitación clara: usen esos espacios como plataformas de bien, no de vanidad.
Jóvenes, que en sus redes sean puentes, no barreras. Que edifiquen y no destruyan. Que comuniquen belleza, verdad y fe, no odio, mentira ni vacío. Lo mismo les digo de la inteligencia artificial: no teman usarla, pero jamás permitan que les quite su humanidad ni su alma.
No se puede ser discípulo de Jesús desde la tibieza. No se puede evangelizar escondiéndose. Necesitamos jóvenes que se atrevan a ser apóstoles, que se preparen, estudien, piensen, oren y amen. La Iglesia no les pide perfección, les pide entrega. No les exige hacerlo todo, sino que den lo mejor que tienen. ¡Y cuánto bien tienen ustedes para dar!
Muchos santos comenzaron su camino en la juventud. Santa Teresita, San Francisco, Carlo Acutis… ninguno de ellos fue perfecto. Pero fueron auténticos, radicales, luminosos. Como ustedes, vivieron en contextos desafiantes y se tomaron de la mano de Jesús para hacer la diferencia.
Queridos jóvenes: la Iglesia no está completa sin ustedes. No sean espectadores de la fe, sean protagonistas. La santidad no es un premio para unos pocos, es un llamado universal. Y comienza hoy, en el lugar donde están, con las personas que tienen cerca, con lo poco o mucho que pueden hacer.
Que María, joven de Nazaret, que dijo “sí” sin saber todo lo que vendría para su vida, interceda por cada uno de ustedes. Que su ejemplo de entrega sencilla y valiente los acompañe. Y que el Espíritu Santo los fortalezca para ser luz en tiempos de sombra, testigos de esperanza en medio de la incertidumbre y sembradores de fe en un mundo que los necesita.
Fermento 381. Martes 15 de julio, 2025
