Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles.
Domingo 29 de junio de 2025. Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor:
En la solemnidad de hoy, la Iglesia nos propone un itinerario espiritual que coincide en dos columnas de la fe cristiana: Pedro y Pablo. Sus vidas y testimonios se entrelazan en los textos litúrgicos de este día, invitándonos a reconocer la acción salvadora de Dios y a responder con valentía a su llamado.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos sitúa en un momento dramático: la persecución de la Iglesia primitiva por manos de Herodes, con la ejecución de Santiago y el encarcelamiento de Pedro. Sin embargo, la noche antes de su juicio, un ángel del Señor irrumpe en las tinieblas, libera a Pedro de sus cadenas y lo conduce a la libertad. Es un símbolo poderoso de la intervención divina en medio de la tribulación. Y mientras tanto, la comunidad oraba por Pedro.
Con el salmo 33, proclamamos: “Bendeciré al Señor en todo tiempo; que su alabanza esté siempre en mi boca”. La alabanza se alza en medio de la prueba, pues todo lo que vivimos puede convertirse en motivo de gratitud cuando confiamos en la providencia de Dios y poder decir “El Señor libra al justo de todas sus angustias”.
El apóstol Pablo, en su segunda carta a Timoteo, que escuchamos como segunda lectura, evoca la imagen del siervo fiel que ha cumplido su carrera y ahora aguarda la corona de justicia que el Señor le tiene reservada. Sus palabras nos animan a perseverar hasta el final, conscientes de que no caminamos solos: “El Señor me libró de todo mal y me reserva para su gloria eterna”.
El evangelio de San Mateo nos ofrece el célebre pasaje en que Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen que soy yo?”, y Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. Por esta confesión de fe, Jesús otorga a Pedro las llaves del Reino, prefigura su autoridad pastoral y cimenta la Iglesia sobre la roca firme de la fe del apóstol.
El Prefacio de la Misa de hoy resume magistralmente la misión de estos apóstoles columnas de la Iglesia: “Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo en maestro insigne que la interpretó; Pedro fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, Pablo fue el maestro y doctor de los gentiles”.
Al celebrar esta solemnidad de los apóstoles columnas de la Iglesia, surgen varios desafíos para nosotros hoy:
1.- Confiar en la libertad que Dios nos concede: Como Pedro encadenado, a veces sentimos el peso de nuestros miedos, de las circunstancias adversas o de los prejuicios que nos atan. Pero el Señor no abandona a sus discípulos, como afirma san Juan Crisóstomo, “Cuando el cristiano está encadenado, el ángel de Dios ya está junto a él” (Homilía sobre los Hechos de los Apóstoles 25). Nuestra libertad interior se funda en la certeza de la presencia divina, que nos llama a la conversión y a la esperanza.
2.- Profesar públicamente nuestra fe: Pedro no temió confesar que Jesús es el Mesías. Hoy, en un contexto plural y a veces hostil, el bautizado está llamado a dar testimonio concreto, valiente y decidido: en la familia, en el lugar de trabajo, con los amigos, hacerlo con la palabra y los gestos de caridad. La autenticidad de la fe se mide en la coherencia entre lo que creemos y practicamos.
3.- Perseverar hasta el final: Pablo, en su prisión y ante la muerte, sostuvo viva la llama de la esperanza. Igualmente, estamos invitados a no desfallecer en la misión de construir un mundo más justo y fraterno, sabiendo que nuestra acción, aunque a veces parezca oculta, es custodiada por Dios.
4.- Edificar la comunidad eclesial: El ministerio de Pedro como pastor de Roma y la pasión misionera de Pablo nos recuerdan que la Iglesia es sacramento de unidad en la diversidad. Cada uno de nosotros participa en esa misión según sus carismas y circunstancias, pero todos somos responsables de edificar la comunión.
Frente a la secularización y el relativismo, el testimonio de los Apóstoles Pedro y Pablo nos interpela fuertemente: ¿somos capaces de presentar con valentía y convicción la verdad del Evangelio? ¿Nos apoyamos en la gracia sacramental para renovar nuestro compromiso misionero, evangelizador y testimonial?
Queridos hermanos, al celebrar la Eucaristía, pedimos al Señor en esta solemnidad de las columnas de la Iglesia que, por intercesión de los Santos Pedro y Pablo, infunda en nosotros su Espíritu y nos haga instrumentos eficaces de su Evangelio. Que aprendamos de Pedro a reconocer a Jesús con una profesión de fe decidida y clara, y de Pablo, a entregar la vida por el Reino, con pasión e impulso misionero. El Señor nos ayude a ser fieles y a cumplir esta misión hasta el final como Pedro y Pablo.
Hoy pedimos especialmente por el actual sucesor de Pedro, el Papa León XIV, recientemente elegido, para que el Señor le conceda la luz y la gracia de su Espíritu, la sabiduría y el discernimiento de lo alto, a fin de que pueda confirmar en la fe a todos sus hermanos que conformamos la Iglesia universal de Jesucristo, fundada sobre la roca sólida de Pedro. El Señor conserve por muchos años al Santo Padre León y haga de su ministerio apostólico un servicio fecundo y feliz en favor de la Iglesia y del mundo. Así sea, amén.
