Fiesta patronal en honor de San Roque.
Viernes 16 de agosto de 2024, Parroquia San Roque, Ciudad Quesada, 6:00 p.m.
Con gran gozo y gratitud comparto con todos ustedes, un año más, esta solemne celebración en honor de San Roque, patrono de esta comunidad parroquial. Agradezco sinceramente la amable invitación de los Padres de la Parroquia, e igualmente hago patente mi reconocimiento y gratitud al P. Geison y al P. Abraham por el servicio y acompañamiento pastoral que generosamente brindan a todos ustedes. También al P. Víctor Julio, residente en esta comunidad parroquial.
Creo firmemente que la misión y la presencia del obispo, en medio de las distintas comunidades, tiene como finalidad principal confirmarlas y animarlas en la fe; esa es su tarea fundamental como padre y pastor de la diócesis. Y hoy, acá, entre ustedes, no es la excepción, máxime con motivo de la fiesta patronal, ocasión propicia para que esta comunidad renueve su adhesión primordial a Jesucristo, a quien buscamos y seguimos como fin, centro y meta de nuestra experiencia de fe. Y ocasión providencial también para renovar nuestro compromiso y fidelidad con y hacia la Iglesia; es esa la actitud que nunca nos debe faltar de sentir, caminar y actuar con la Iglesia, es decir, con verdadero sentido sobrenatural desde la fe.
Como es propio de la celebración eucarística, hemos escuchado la palabra de Dios que siempre nos ilumina, instruye y anima. Los textos proclamados hoy nos hablan del binomio contrastante entre infidelidad y fidelidad. El profeta Ezequiel, en la primera lectura, nos recuerda cómo el Señor estableció una alianza con Israel desde que este pueblo era joven, lo adornó con todos sus regalos y dones; pero Israel fue infiel y se prostituyó grandemente yéndose tras otros dioses y abandonando a Yahvé. No obstante, esta infidelidad y traición, el Señor es siempre fiel a su alianza, por ello levanta y restaura a ese pueblo, lo perdona y lo colma de su misericordia. En el extremo de esa infidelidad, el Señor quiere renovar y establecer una nueva alianza, porque su amor por el pueblo escogido es eterno e irrevocable. Dios es siempre fiel, su amor dura por siempre.
Por su parte, Jesús, en el evangelio de San Mateo, ante la pregunta de si era lícito divorciarse, el Señor aprovecha la ocasión para reivindicar la indisolubilidad del matrimonio, pues es una unión sagrada que tiene origen en Dios y, al mismo tiempo, es signo del amor siempre fiel y eterno del Señor por su pueblo. Fidelidad eterna que no se revoca nunca, como nunca ha de revocarse el sí del varón a la mujer y viceversa en el matrimonio, por lo cual es indisoluble y para toda la vida. La unión sagrada y perpetua del varón y la mujer es el origen de la familia como núcleo fundamental y necesario de la sociedad y de la Iglesia. Para que el matrimonio y la familia se conserven y consoliden, la actitud y virtud fundamental ha de ser siempre la fidelidad.
Y fidelidad fue siempre lo que caracterizó la vida de los santos y entre ellos, por supuesto, a San Roque, que se distinguió por su fidelidad al amor, a la caridad y a las obras de misericordia. Como bien sabemos de su vida y testimonio, este santo nació en Montpellier, Francia, alrededor de 1295. El joven Roque, que era huérfano, decidió repartir sus posesiones y salir en peregrinación a Roma; he aquí su generosidad y desprendimiento. Y con esto empezó todo. En el camino, se dedicó a cuidar a los infectados por la peste (que estaba causando estragos, convertida en una crisis abismal que afectaba a muchas regiones de Europa), sanándolos con la señal de la cruz. Una obra de caridad y misericordia.
Se quedó en la región italiana de Romaña, junto a los apestados, hasta que cesó allí la epidemia, y finalmente alcanzó Roma, donde permaneció tres años. Dispuesto a regresar a su ciudad de origen, a su paso por Piacenza se contagió y decidió esconderse cerca de un río (en un bosque o cueva, según las distintas versiones) para no exponer a los lugareños a contraer la enfermedad por ocuparse de él. Un ejemplo de sensibilidad, delicadeza y amor, porque el amor siempre piensa en los demás.
En esas circunstancias, se cree que apareció el célebre perro de San Roque, que vivía en la casa de un noble y encontró el refugio de Roque, empezando a llevarle cada día un trozo de pan. Movido por la curiosidad, al observar el habitual misterioso paseo del can, el dueño del perro lo siguió y encontró al animal curando a Roque, quien tenía las llagas de la peste.
Cuando recuperó la salud, Roque emprendió el camino de vuelta definitiva a Montpellier. Pero esa ciudad no volvió a ser un hogar: al ser huérfano, haberse marchado durante tantos años y regresar con la ropa dañada por la peregrinación, nadie le reconoció y le acusaron de vagabundo. Condenado a prisión, el salvador de los contagiados moriría poco tiempo después, encarcelado, alrededor de 1327. Todas estas pruebas y vicisitudes que vivió San Roque fueron manifestación inequívoca de que asumió la cruz y tuvo en su propio cuerpo las llagas del Señor. Así perdió su vida para este mundo, y la ganó para Dios y para la eternidad. Iconográficamente, a San Roque se le reconoce por vestir hábito de peregrino, y a veces sombrero, y tener normalmente en alguna parte de la pierna una llaga abierta por la peste, representando su contagio. Le suele acompañar el perro que le alimentó.
Hermanos, la caridad, la solidaridad y la capacidad de darnos nosotros mismos, incluso perdiendo la vida, es lo único que nos identifica plenamente con Cristo, que entregó su vida en la cruz y la sigue entregando como alimento de vida eterna para nosotros sobre este altar. Pidamos en esta Eucaristía al Señor tener entrañas de misericordia, como San Roque, para vivir y practicar el amor con todos, pero especialmente con los más necesitados y sufrientes. Sólo el amor nos puede salvar y llevar a la eternidad que Dios tiene preparada para quienes pasan por este mundo amando y haciendo el bien como San Roque. Que así sea, amén.
