La comunión no es uniformidad, es pluralidad de carismas al servicio de la única misión de la Iglesia

XVI Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo C. Sábado 19 de julio de 2025.

Jubileo de las Comunidades del Camino Neocatecumenal, Catedral de Ciudad Quesada, 4:00 p.m.

Hermanos:

Los textos de la palabra de Dios, de este XVI Domingo Ordinario, nos ofrecen una riqueza temática sobre la hospitalidad, la misión y la comunión. En este contexto tenemos la alegría de celebrar esta tarde el jubileo de las comunidades del Camino Neocatecumenal de nuestra diócesis, en este Año Santo de la Esperanza. ¿Por qué y qué significa este jubileo? ¿Qué implica vivirlo en fidelidad a la comunión eclesial y en compromiso misionero?

La primera lectura del Génesis nos presenta a Abraham y Sara ofreciendo hospitalidad a tres visitantes desconocidos, los atienden sin preguntar ni esperar nada a cambio. En este gesto descubrimos el corazón de la comunidad cristiana: la llamada a acoger a quien venga de lejos, el compromiso de ofrecer lo mejor de nosotros mismos y la certeza de que, sirviendo al prójimo, servimos al mismo Dios. Con este signo, Dios prepara a Abraham para recibir la gran promesa de la vida que se renueva: “Cuando yo vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”. En este jubileo del Camino Neocatecumenal celebramos también la gracia de haber sido acogidos por la Iglesia, madre hospitalaria, y de haber recibido un camino de renovación bautismal que reaviva nuestra fe y suscita comunidades vivas.

El salmo responsorial nos permite contemplar al fiel bienaventurado o dichoso, no por sus riquezas o poderes, sino por su fidelidad a la Palabra de Dios y a los mandamientos que brotan de su amor. “El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua, el que no difama al vecino y honra a los que temen al Señor”. Al meditar este salmo 114 en este jubileo, recordamos que el Camino Neocatecumenal les ha llamado a ustedes a construir comunidades en las cuales reine la transparencia del corazón y la comunión fraterna. Vivir como el hombre que “no presta dinero con usura ni acepta soborno para el inocente” significa acompañar a los más pobres, ofrecer acompañamiento sin esperar beneficio y garantizar que cada hermano encuentre en la comunidad y la familia un lugar seguro para crecer en la fe.

En este Año Santo de la Esperanza, les invito a asumir el reto de ser esas tiendas donde Dios habita con su presencia: comunidades de discípulos que caminan en la verdad, que practican la justicia del Reino y que proclaman con la vida la misericordia recibida. Así, nuestro testimonio se convertirá en signo creíble del Dios que inclina su mirada hacia el humilde y al justo.

San Pablo, en la segunda lectura de colosenses, nos revela el misterio que ha mantenido encubierto durante siglos: Cristo vive en nosotros, y su Cuerpo, la Iglesia, somos sujeto misionero en mundo. El apóstol habla de sus propios sufrimientos como “complemento de los padecimientos de Cristo, por su cuerpo que es la Iglesia”. Notemos que no se trata de un cristianismo cómodo, sino de la pasión por anunciar a Aquel que es imagen del Dios invisible. Las comunidades del Camino Neocatecumenal han experimentado este impulso: hombres y mujeres conscientes de su fragilidad, que aceptan la exigencia de vivir una fe comprometida en la misión de cada día. Al celebrar este jubileo, damos gracias por el testimonio valiente de tantos neocatecúmenos que reparten pan, escuchan, acompañan y evangelizan en medio del mundo.

En el evangelio de San Lucas, contemplamos a María de Betania sentada a los pies de Jesús, escuchando su palabra, mientras Marta su hermana se ocupa de los afanes del servicio. Jesús defiende la opción de María: “Solo una cosa es necesaria. María ha elegido la parte mejor, que no le será quitada”. Hermanos, este pasaje nos invita a equilibrar contemplación y acción: la misión nace siempre de la escucha orante de la Palabra. En este jubileo de las comunidades, reforcemos la centralidad de la Eucaristía, la escucha y la interiorización de la Palabra, de modo que la predicación y la vida comunitaria broten de un corazón empapado en la presencia de Cristo que nos habla. Sin esta dimensión contemplativa, el apostolado o la misión corren el riesgo de vaciarse de sentido. Sin un verdadero impulso misionero, la espiritualidad se vuelve estéril.

¿Por qué celebrar un jubileo de las comunidades en el Año Santo de la Esperanza? El jubileo, como sabemos, es un tiempo de gracia en el que celebramos al Señor que perdona, sana y restaura. El Camino Neocatecumenal, nacido en la periferia de Madrid, ha crecido como fermento evangelizador y ha dado frutos de santidad. Este jubileo les pide especialmente mirar hacia atrás con gratitud, a compartir el don de la salvación y a proyectar la misión evangelizadora y testimonial hacia el futuro con renovada audacia.

Celebrar este jubileo implica, además, fidelidad a la comunión eclesial. Ustedes no son un grupo o comunidad al margen de la Iglesia, sino parte integrante de su misión; por ello, proclamen y vivan su inquebrantable unidad con el Papa, con el obispo diocesano y con los párrocos que los acogen en cada comunidad. Ustedes como comunidades neocatecumenales renuevan hoy su compromiso de colaborar con la acción pastoral de la parroquia, de respetar las instancias de autoridad y de trabajar en comunión para el bien de todo el Pueblo de Dios. La comunión no es uniformidad, es pluralidad de carismas al servicio de la única misión de la Iglesia.

Hoy celebramos también el envío de los jóvenes y de los presbíteros del Camino que van a Roma para el jubileo de los jóvenes junto al Santo Padre León XIV. Les deseamos lo mejor; que esta experiencia de Iglesia universal, de fraternidad con miles de hermanos y de cercanía al sucesor de Pedro sea motivo de inspiración y fortaleza para seguir sembrando el Evangelio donde quiera que estén.

Finalmente, quiero compartir con ustedes, dejar claros y firmes los siguientes pensamientos:

1.- Una palabra de gratitud y de ánimo para que perseveren en la cercanía de la Palabra, la vida comunitaria, la transmisión de la fe en la Iglesia doméstica y la centralidad indiscutible de la celebración de la Santísima Eucaristía, incluso adorándola y contemplándola fuera de la Misa. 

2.- Llevar adelante la misión evangelizadora en total comunión con el Norte diocesano de pastoral y las tres prioridades pastorales definidas por los participantes en la última Asamblea diocesana de pastoral y que ellos deben de conocer y haber asumido en sus parroquias.

3.- Que el testimonio de vida de cada uno de ustedes sea su primer medio de evangelización (Evangelii Nuntiandi n. 21), de tal manera que no exista ninguna posibilidad de que el Camino Neocatecumenal sea visto como una realidad fuera de la vida de la Iglesia de Jesucristo que en primer lugar debe ser reflejo de la Unidad Trinitaria (Lumen gentium n. 4).

4.- Recordarles lo que dije en el n. 18 de mi IV Carta Pastoral Y serán mis testigos sobre nuestra Iglesia diocesana y su misión evangelizadora hoy: “Se trata de buscar un diálogo honesto, que busque la verdad y se cimente sobre la caridad, es la senda oportuna que hemos de buscar siempre en el discernimiento de los caminos que hemos de recorrer para hacer vida la Buena Nueva de Jesús y ofrecerla como mensaje de salvación a nuestros hermanos. Esta será la hoja de ruta que nos lleve, en medio de tantos desencuentros como se viven hoy en todos los ámbitos de la vida social y eclesial, a propiciar la experiencia de encuentros vivificantes por la caridad, que hagan resplandecer sobre el rostro de nuestra Iglesia diocesana, sobre cada una de nuestras parroquias, comunidades y grupos pastorales, la viva comunión que el Señor quiso”.

Hermanos, que esta celebración jubilar en el Año Santo de la Esperanza los haga a ustedes y a sus comunidades testigos creíbles de la fe que alegra, de la comunión que une y de la misión evangelizadora que transforma la vida. Que así sea, amén.

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