El debate público sobre la eutanasia y el suicidio asistido continúa intensificándose en diversas sociedades. Algunos países continúan aprobando leyes que buscan legalizar estas prácticas, presentándolas como un derecho individual y como una forma de “muerte digna”.
El ser humano posee una dignidad inalienable, que no depende de su estado de salud, de su edad ni de su autonomía o condición social… Esta dignidad es un don recibido de Dios. La Iglesia enseña que la vida humana es sagrada desde su concepción hasta su fin natural. Por ello, no es moralmente aceptable provocar directa o deliberadamente la muerte de una persona ni aunque esta lo solicite.
Comprendemos profundamente que el sufrimiento, sobre todo en las enfermedades graves y terminales, puede llevar a la angustia o a la desesperanza. La Iglesia no ignora este dolor, sino que lo acoge con compasión y llama a la sociedad a responder con solidaridad, no con la eliminación del que sufre. La respuesta auténticamente humana es la de los cuidados paliativos, que alivian el dolor, acompañan integralmente a la persona y respetan su dignidad hasta el final.
Legalizar la eutanasia o el suicidio asistido introduce en la cultura un mensaje peligroso: que hay vidas que “ya no merecen ser vividas”, que la dependencia o la fragilidad restan valor a la existencia.
Sociedades en las que se autorice la eutanasia o el suicidio asistido, incluso, limitando esto actos a personas con “enfermedades incurables” o con “dolores físicos o psicológicos intensos” hacen ver que estas personas no merecen vivir o no tienen el derecho de vivir con dignidad hasta el final.
Además, estas leyes abren la puerta a múltiples abusos y presiones, incluso involuntarias. ¿Qué garantía puede tener un anciano, una persona discapacitada o un enfermo crónico de no sentirse un peso para su familia o para la sociedad? La opción de la eutanasia puede convertirse sutilmente en una obligación moral para quienes se ven como una carga.
Defender la vida es proteger también a quienes podrían ser empujados hacia decisiones que no brotan de su libertad interior. Desde la fe cristiana, la vida tiene un sentido que va más allá de la salud física. La enfermedad y el sufrimiento, aunque misteriosos, pueden ser ocasión de crecimiento humano y espiritual, y son también momentos en los que se puede experimentar de manera profunda el amor recibido de los demás.
La Iglesia exhorta a promover una auténtica cultura del cuidado, a invertir en servicios de salud que garanticen a todos los pacientes una atención digna, y a apoyar a las familias que afrontan el acompañamiento de sus seres queridos en el tramo final de la vida.
La tentación de eliminar el sufrimiento eliminando a la persona no es una solución ética ni humana ni cristiana. La verdadera respuesta es el amor que sabe acompañar, el cuidado que sabe estar presente, el respeto que sabe reconocer en cada vida un don sagrado. Como discípulos de Cristo, somos llamados a ser testigos de esta esperanza, anunciando que ninguna vida es inútil y que el amor es más fuerte que la muerte.
Fermento 377. Martes 17 de junio, 2025
