La familia atraviesa un momento decisivo en la historia. En medio de cambios sociales, crisis económicas y transformaciones culturales se ha visto cuestionada, debilitada o incluso relegada a un segundo plano por políticas públicas que no siempre reconocen su centralidad ni fundamento. Sin embargo, es precisamente hoy cuando más necesitamos volver a mirar a la familia como la célula vital de la sociedad y la primera escuela de humanidad.
Los desafíos son claros: familias fragmentadas por la migración o la violencia; hogares marcados por la precariedad laboral; niños y jóvenes expuestos a ideologías que diluyen su identidad; adultos mayores muchas veces descartados. Ante esta realidad, el Estado no puede ser indiferente. Se requieren políticas públicas que protejan a la familia, que la fortalezcan en sus funciones educativas, económicas y culturales, y que la acompañen en su misión de ser el espacio donde se transmiten valores y se aprende a convivir.
La familia cristiana tiene un aporte esencial en este contexto. No se trata de idealizar, sino de recordar que en ella se aprende a amar, a perdonar, a servir y a buscar el bien del otro. Allí se cultivan virtudes que después se reflejan en la vida pública como el respeto, la responsabilidad, la solidaridad y la justicia. El futuro de Costa Rica no se puede pensar sin hogares capaces de educar en la fe, en la esperanza y en el compromiso con el prójimo.
Es cierto que la sociedad cambia y que la familia de hoy se organiza de variadas formas. Pero lo esencial no cambia, pues todos necesitamos un lugar donde ser acogidos, cuidados y formados en valores. Por eso, más que imponer visiones parciales, se trata de garantizar que las familias -con sus luces y fragilidades- tengan el apoyo para cumplir su misión y no sean sustituidas ni debilitadas.
En Costa Rica debemos asumir este desafío con claridad. Hacen falta políticas que privilegien la estabilidad familiar, el acceso a vivienda digna, la conciliación entre el trabajo y vida personal, la protección de los niños y adolescentes, y el respeto a la vida en todas sus etapas. Una sociedad que invierte en sus familias invierte en su propio futuro.
Frente a tantas sombras, también hay luces. Familias que resisten con amor las dificultades económicas, que cuidan con ternura a sus mayores, que transmiten la fe de generación en generación, que se organizan solidariamente en comunidades de vida y servicio. Son un signo de esperanza que demuestra que la familia sigue siendo posible, fecunda y necesaria.
Si queremos un país con raíces firmes y un futuro sustentable, debemos volver la mirada hacia la familia, que sostiene nuestra identidad y nutre la vida de la nación. Allí comienza la educación en valores, se aprende a servir y se cultiva la fe.
Renovar la mirada sobre la familia es reavivar la esperanza costarricense. Cuidar a la familia es velar por Costa Rica. Y volver a las familias cristianas es reconocer que solo desde el amor, la fe y la solidaridad podremos construir un presente más humano y un futuro más justo.
Fermento 391. Martes 23 de setiembre, 2025
