La fe no puede ser privada

Un documento del Concilio Vaticano II indicó, hace casi 60 años, el apostolado que tienen los laicos en el mundo. Se trata del Decreto Apostolicam Actuositatem que llama a una intensa actividad apostólica de todo el pueblo de Dios.

“Nuestros tiempos no exigen menos celo en los laicos, sino que, por el contrario, las circunstancias actuales les piden un apostolado mucho más intenso y más amplio. Porque el número de los hombres, que aumenta de día en día, el progreso de las ciencias y de la técnica, las relaciones más estrechas entre los hombres no sólo han extendido hasta lo infinito los campos inmensos del apostolado de los laicos, en parte abiertos solamente a ellos, sino que también han suscitado nuevos problemas que exigen su cuidado y preocupación diligente”, dice el numeral 1 del decreto.

Si no tenemos una fe viva y coherente, o si la tenemos solamente para ciertos momentos, no estamos actuando en consecuencia con el llamado que nos hizo Jesús de anunciar la Buena Noticia (San Marcos 16, 15).

Precisamente, hace pocos días el Papa Francisco hizo hincapié sobre la importancia de manifestar y testimoniar la fe en la vida pública, exigencia que corresponde a la misión de los católicos y que nadie puede renunciar a ella si en verdad se confiesa seguidor de Jesucristo y miembro de su Iglesia.

“Como católicos, en este horizonte, no podemos conformarnos con una fe marginal o privada. Esto significa no tanto ser escuchados, sino sobre todo tener el coraje de hacer propuestas por la justicia y la paz en el debate público. Tenemos algo que decir, pero no para defender privilegios. No. Debemos ser una voz, una voz que denuncie y proponga en una sociedad que a menudo no tiene voz, donde demasiadas personas no tienen voz”, decía el Santo Padre en la 50ª Semana Social de los Católicos, encuentro anual que se realiza en Italia y es destinado a promover la Doctrina Social de la Iglesia.

El Papa hace un llamado especial a los laicos que están presentes en la vida pública, porque están al servicio de los demás, porque deben alentar la esperanza, les dice, y aún más, les señala que son discípulos del Resucitado. Esto lo dijo en su discurso del pasado 7 de julio.

Lamentablemente, pareciera que esto no está ocurriendo en nuestra sociedad. Se perciben signos tendientes a apartar la vivencia de la fe de la vida cotidiana y más aún de la vida política y la vida pública. Hay que ser consecuentes entre lo que se hace y lo que se cree. La fe no es para esconderla.

El anuncio del Evangelio supone el convencimiento de llevar verdadero desarrollo a las personas y su promoción integral, así como el respeto a su dignidad, a la vida como don y derecho sagrado, su cuidado y protección en todas sus manifestaciones.

Vivir la fe en público, además de ser un derecho, si se hace de manera consecuente con los principios del Evangelio, debe llevarnos a una mejor convivencia social, porque así nos creó Dios, para vivir en sociedad.

Todos tenemos una gran responsabilidad como bautizados y cristianos, pero el llamado es a tener una fe viva al servicio de los demás, siendo consecuentes, actuando de manera consciente y coherente. Ojalá que quienes se involucren en la vida pública puedan llevar esta vivencia para mejorar las condiciones de nuestra sociedad y de todos los miembros que la conformamos.

Fermento 330. Martes 23 de julio, 2024

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