Celebración de la Confirmación.
Según la Misa Ritual del Sacramento.
Jueves 8 de mayo de 2025.
Parroquia San Roque, Ciudad Quesada, 6:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos confirmandos:
Hoy celebramos una fiesta grande en esta comunidad parroquial de San Roque. No es sólo un rito bonito, no es un simple momento simbólico ni mucho menos un acontecimiento social; nada de eso. Se trata de una verdadera gracia, de una fuerza viva de Dios que se derrama sobre ustedes de manera especial en este día único para sus vidas. Hoy, el Espíritu Santo, prometido por Jesús, se posa sobre cada uno de ustedes como en aquel primer Pentecostés, y lo hace para transformar, impulsar y enviar.
Al escuchar la lectura del profeta Isaías, resuenan con fuerza estas palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones desgarrados, a proclamar la libertad a los cautivos”. Este texto no sólo habla del mismo profeta, y más adelante del Mesías, sino que hoy se dirige especialmente a ustedes confirmandos. Por el Bautismo, ustedes fueron hechos hijos de Dios; hoy, por este sacramento de la Confirmación, el Señor los envía como discípulos misioneros, como testigos suyos en el mundo, para dar razón de su fe y testimoniarla claramente. El mismo Espíritu que impulsó a los profetas y fortaleció a los apóstoles desciende y se posa hoy sobre ustedes, para que también salgan a anunciar la Buena Noticia de palabra y de obra, con su propia vida.
En la segunda lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos cómo aquellos primeros cristianos, a pesar de las persecuciones y dificultades, seguían fieles y perseveraban, llevaban la Palabra a nuevas tierras y comunidades. Aquella Iglesia joven necesitaba fuerza e impulso para cumplir la misión y dar testimonio, y el Espíritu Santo era esa fuerza e impulso que ha animado siempre a la Iglesia. También nosotros, también ustedes confirmandos, necesitamos hoy esa misma fuerza para vivir la fe en un mundo que a veces olvida a Dios y ofrece caminos fáciles y promesas vacías. Pero no estamos solos. Jesús, en el Evangelio de San Juan, nos lo ha recordado: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando lo que os he dicho”. Él será el guía y el consuelo de ustedes, confirmandos, para ser valientes y decididos testigos del Señor y de su Evangelio donde quiera que estén y en medio de lo que hagan en sus vidas.
El Sacramento de la Confirmación tiene signos característicos y elocuentes que expresan visiblemente la riqueza de su significado: el primero es la oración e imposición de manos del obispo, gesto antiguo que expresa la transmisión del Espíritu Santo de generación en generación, desde los apóstoles hasta hoy. Luego, en segundo lugar, la unción con el santo crisma, que no es un simple aceite perfumado, sino un signo de consagración, de pertenencia definitiva a Jesús. Ese aceite perfumado recuerda también el buen olor de Cristo que cada uno de ustedes debe llevar al mundo con su manera de vivir, de tratar a los demás, de tomar decisiones y de servir haciendo siempre el bien.
Como exhorta San Ambrosio en su obra Sobre los Misterios:
«Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu».
Qué belleza y profundidad lo que expresa San Ambrosio sobre este admirable sacramento. Por ello, recibir la Confirmación significa asumir una responsabilidad nueva en la vida cristiana. Significa no quedarse como espectadores, sino pasar a ser protagonistas. Como aquellos discípulos que, al recibir al Espíritu Santo, salieron de sus casas y se pusieron en camino, ahora les toca a ustedes confirmandos, salir, evangelizar y dar testimonio. La fe no es sólo para dentro, para los momentos de oración personal o para cuando todo va bien. La fe se demuestra sobre todo en la vida diaria: en la familia, en la escuela, en el trabajo, con las amistades, en la manera de actuar en las redes sociales, en cómo tratan a los demás.
Por eso hoy quiero decirles también algo muy importante: no se alejen de la comunidad cristiana, no se desanimen si algún día sienten que la fe es difícil, o que parece que otros caminos son más fáciles o atractivos. Recuerden que el Espíritu Santo no es una emoción de un día, sino una presencia constante que sostiene, consuela, guía, anima y enseña. Y la comunidad parroquial es la casa donde esa fe se alimenta y se vive en fraternidad. Aquí siempre tendrán un lugar, aquí siempre les espera una tarea, un servicio, una oportunidad para seguir creciendo en la fe.
El mundo ofrece muchas propuestas de felicidad, pero muchas de ellas son pasajeras, huecas, o incluso engañosas. Ustedes están llamados a buscar lo que de verdad da sentido, lo que permanece y les realiza de verdad en sus vidas. Y ese tesoro es Jesús, es su Evangelio, es la vida nueva que se alimenta en los sacramentos y en la comunidad de la Iglesia.
Hoy, al recibir este sacramento, pedimos al Señor que no sólo los bendiga en este momento, sino que los acompañe siempre en todo lo que son y hacen en sus vidas. Que el Espíritu Santo los guíe cuando tengan que tomar decisiones difíciles, que los ilumine en los momentos de duda, que los santifique cada día, y que los cuide de todo aquello que pueda apartarlos del verdadero camino de la felicidad.
Confirmarse hoy, queridos confirmandos, es decirle a Dios: “Aquí estoy, cuenta conmigo. Quiero vivir contigo y para ti”. Y es también un compromiso con su parroquia, con sus familias, con los más necesitados, con la sociedad que espera cristianos maduros y encendidos por el Espíritu Santo que construyan un mundo más justo, más fraterno, más humano. Pidamos todos juntos, en este día tan especial, que el Espíritu Santo, que hoy desciende sobre ustedes, no los abandone nunca, y que sean en adelante testigos alegres, valientes y fieles de Jesucristo. Así sea, amén.
