Misa de la Noche en la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, Miércoles 24 de diciembre de 2025.
Catedral de Ciudad Quesada, 7:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor:
En esta noche santa, en la que la Iglesia se llena de luz, de cantos y de esperanza, nos reunimos para celebrar el misterio más grande y cercano de nuestra fe: Dios ha querido nacer para nosotros. La Navidad no es simplemente el recuerdo de un acontecimiento pasado ni una tradición entrañable que se repite cada año; es la proclamación viva y actual de que Dios no se cansa de venir al encuentro de la humanidad. A las puertas de la finalización del Año Jubilar de la Esperanza, esta Nochebuena resuena como una síntesis luminosa: la esperanza tiene un rostro, un nombre y una historia, y ese rostro es el del Niño-Dios que hoy nos ha nacido.
La primera lectura del profeta Isaías anuncia que “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”. No se trata de una luz cualquiera, sino de una luz capaz de romper el yugo de la opresión, de disipar el miedo y de devolver la alegría. Isaías proclama el nacimiento de un niño que es llamado Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz. En esta noche entendemos que esa promesa se cumple plenamente en Jesús. Cuando todo parece oscuro, cuando el cansancio, la violencia, la injusticia o la incertidumbre parecen tener la última palabra, Dios responde con la pequeñez y la fragilidad un niño, no con la fuerza de las armas ni con el poder del dominio.
El Salmo 95 nos invita a cantar al Señor un cántico nuevo, a proclamar su gloria a todas las naciones, porque “el Señor reina”. Este reinado no se impone, se ofrece; no oprime, libera; no excluye, convoca. El canto del salmo es una invitación a la alegría, pero también a la responsabilidad: si el Señor reina, entonces el mundo no está abandonado al absurdo ni al caos. La Navidad nos recuerda que la historia tiene sentido porque Dios ha entrado en ella, y que nuestra esperanza no es ingenua ni evasiva, sino profundamente encarnada.
San Pablo, en la segunda lectura de su carta a Tito, nos dice que “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos”. Esa gracia no es una idea abstracta, sino una persona viva: Jesucristo. La Navidad nos habla, por tanto, de una gracia, de un regalo. Y no de cualquier regalo, sino del Regalo por excelencia: Dios que nos da a su propio Hijo. En Él nos da su amor infinito, su perdón, su fidelidad inquebrantable. En un mundo donde muchas veces los regalos se miden por su precio o por su utilidad, la Navidad nos recuerda que el verdadero regalo es gratuito, inmerecido y transformador. El regalo es Dios mismo que se nos da totalmente en su Hijo.
El evangelio según San Lucas nos sitúa en la sencillez de Belén: un censo, un viaje cansado, un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Notemos, contemplemos: Dios elige lo pequeño, lo pobre, lo humilde. En este sentido, San Agustín nos dice hermosamente: “El que era grande se hizo pequeño; el que sostenía el mundo fue puesto en un pesebre; el que vestía el cielo fue puesto en pañales” (Sermón 190). Y, hablando de humildad y pequeñez, observemos que a los primeros que se les anuncia la noticia no es a los poderosos, sino a los pastores, hombres sencillos que velan en la noche. A ellos, y a nosotros, se nos dice: “No tengan miedo; les anuncio una gran alegría para todo el pueblo”. La Navidad es, ante todo, una noticia que vence el miedo. En tiempos marcados por guerras, migraciones forzadas, crisis económicas, fracturas sociales y tensiones familiares, el mensaje de los ángeles sigue siendo actual: no tengan miedo, porque Dios está con ustedes.
Un conocido villancico resume de manera poética el misterio de esta noche: “Noche de paz, noche de amor”. No se trata de una paz ingenua ni superficial, sino de la paz que nace del amor de Dios que se nos entrega. Esa paz no es ausencia de conflictos, sino presencia de Dios en medio de ellos. Por eso la Navidad ilumina la realidad del mundo: nos recuerda que ningún sufrimiento es ignorado por Dios, que ninguna herida es demasiado profunda para su misericordia, que ninguna noche es tan oscura que no pueda ser atravesada por su luz santísima.
Esta noche santa también ilumina la vida de la Iglesia, llamada a ser signo y testigo de este amor encarnado. Celebrar la Navidad implica renovar nuestra misión de salir al encuentro de los más pobres, de los que viven en soledad y abandono. Una Iglesia que celebra al Dios hecho niño no puede endurecer el corazón ni encerrarse en sí misma. Está llamada a ser casa abierta, pesebre acogedor, lugar donde la esperanza se hace visible y concreta.
La Navidad ilumina igualmente a nuestras familias, muchas de ellas marcadas por heridas, ausencias o cansancios. El Niño de Belén nos invita a reconstruir los vínculos desde la ternura, el perdón y la escucha. Nos recuerda que el amor verdadero se construye en lo pequeño, en los gestos cotidianos, en la paciencia compartida. Allí donde una familia decide volver a mirarse con misericordia, la Navidad se hace realidad.
Pero celebrar la Navidad no basta; es necesario recibir su regalo y dejarse transformar por él. Recibir el Regalo de Dios implica abrirle espacio en nuestra vida, permitirle nacer también en nuestro corazón. Supone preguntarnos qué debe cambiar, sanar y comenzar de nuevo. Y, al mismo tiempo, la Navidad nos envía a ser nosotros mismos regalo para los demás: regalo de tiempo, de cercanía, de reconciliación, de servicio desinteresado. En un mundo donde tantas personas se sienten invisibles o sobrantes, ser regalo significa decir con la vida: no estás solo, Dios te ama.
Al concluir este Año Jubilar de la Esperanza, la Navidad se nos presenta como un umbral y una promesa. No todo está resuelto, pero todo está iluminado. No todo es fácil, pero nada es inútil cuando se vive desde el amor que hoy se nos ha dado. Que al contemplar al Niño en el pesebre aprendamos a esperar como María y José, a alegrarnos como los pastores y a cantar como los ángeles. Y que, llenos de la paz que viene de Dios, salgamos de esta noche santa dispuestos a llevar al mundo el mayor de los regalos: la esperanza que no defrauda, porque ha nacido para nosotros un Salvador, el Mesías, el Señor. Que así sea, amén.
