Misa del Día en la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, Jueves 25 de diciembre de 2025.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor:
En la solemnidad de la Navidad, cuando celebramos el misterio central de nuestra fe -el Dios que se hace carne-, la Palabra que hoy hemos escuchado nos sitúa ante un acontecimiento que no solo ilumina la historia, sino que la transforma desde dentro. Este día santo coincide, además, con la conclusión del Año Jubilar de la Esperanza, un tiempo de gracia en el que hemos sido invitados a volver a poner a Dios en el centro, a renovar la confianza en sus promesas y a caminar como pueblo que no se rinde ante la oscuridad. Navidad aparece, así, como la clave que nos permite comprender de qué esperanza estamos hablando y sobre qué fundamento puede sostenerse verdaderamente nuestra vida personal, eclesial y social.
El profeta Isaías, en la primera lectura, proclama con entusiasmo: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena noticia, que pregona la salvación!”. Esta buena noticia no es solo una idea ni un simple consuelo espiritual: es la certeza de que Dios reina, de que no ha abandonado a su pueblo y de que viene a rescatarlo. El profeta invita a Jerusalén a romper en gritos de alegría, porque el Señor consuela a su pueblo y muestra su santo brazo ante los ojos de todas las naciones. La Navidad es precisamente eso: la buena noticia hecha carne, el anuncio de que Dios no se ha quedado distante, sino que ha intervenido en la historia de la forma más inesperada. El Dios eterno, creador del cielo y de la tierra, ha decidido hacerse don y regalo para la humanidad.
El Salmo 97 continúa esta misma proclamación jubilosa: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. La salvación de Dios no es reservada para unos pocos; se manifiesta ante los pueblos, llega hasta los confines de la tierra. Toda la creación es invitada a participar de esta alegría: el mar, los ríos, los montes. Navidad no es un acontecimiento privado ni intimista; es un viraje de todas las cosas, un giro decisivo que abarca el cielo y la tierra. Desde el nacimiento de Jesús, la historia ya no puede ser leída de la misma manera, porque Dios ha entrado definitivamente en ella y la ha asumido desde dentro.
En la segunda lectura, la carta a los Hebreos nos ofrece una clave fundamental para comprender este misterio. Dios, que en otro tiempo habló de muchas maneras por medio de los profetas, ahora nos ha hablado por medio del Hijo. En Él resplandece la gloria de Dios y se expresa su ser. Pero aquí aparece ya la gran paradoja de la Navidad: esa gloria no se manifiesta en lo espectacular, en lo triunfal o en lo poderoso según los criterios del mundo. Se revela, más bien, en la pequeñez, en la fragilidad, en la humildad de un niño. El Hijo, por quien todo fue creado, no irrumpe en la historia con signos de fuerza, sino con la debilidad de quien necesita ser cuidado, alimentado y protegido.
El evangelio solemne de este día, el prólogo de San Juan, nos lleva todavía más al fondo de este misterio. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria”. Dios ha dejado de estar separado de nosotros por el telón de lo trascendente. Ya no es solo el Dios lejano, inaccesible, temible. En Jesús, Dios adopta el rostro del hombre, comparte nuestra condición, entra en nuestras alegrías y sufrimientos, conoce desde dentro el cansancio, la pobreza, la inseguridad. Y, sin embargo, no deja de ser Dios. Aquí está el corazón de la Navidad: la unión sin confusión entre lo divino y lo humano, la cercanía absoluta de Dios sin pérdida de su misterio infinito. En este sentido, San León Magno concluye y nos dice admirablemente: “En el misterio de la Natividad del Señor, la naturaleza divina y la naturaleza humana se unieron en una sola persona, sin confusión ni división” (Sermón 21 sobre la Natividad).
La gloria que hemos contemplado, dice el evangelista, es una gloria llena de gracia y de verdad. No es la gloria del poder que domina ni de la fuerza que aplasta, sino la gloria del amor que se entrega. La omnipotencia de Dios se muestra en la impotencia de un niño; su realeza, en un pesebre; su grandeza, en lo insignificante. Dios no usa la fuerza humana, no impone su presencia, no conquista con ejércitos ni con violencia. Su poder es silencioso, paciente, humilde; es el poder de la verdad y del amor, que no se imponen, sino que se ofrecen. Admirable y entrañable misterio, hermanos.
Celebrar la Navidad al final del Año Jubilar de la Esperanza nos obliga a preguntarnos: ¿qué tipo de esperanza hemos aprendido a vivir y a anunciar? No una esperanza ingenua que ignora el dolor del mundo, ni un optimismo superficial que se desmorona ante las dificultades, sino una esperanza que nace del pesebre y de la cruz, una esperanza que sabe que Dios actúa precisamente allí donde parece no haber salida. En un mundo marcado por guerras, desigualdades, migraciones forzadas, pobreza creciente, crisis ecológica y cansancio espiritual, el nacimiento de Jesús nos recuerda que Dios no salva desde fuera, sino desde dentro de nuestras propias heridas.
La Navidad nos llama, en primer lugar, a la humildad. Si Dios ha elegido el camino de lo pequeño y lo pobre, también nosotros estamos invitados a abandonar la soberbia, la autosuficiencia y la pretensión de controlarlo todo. La esperanza cristiana no se apoya en nuestras fuerzas, sino en la fidelidad de Dios. Practicar hoy el mensaje de la Navidad implica aprender a reconocer nuestra fragilidad y la de los demás, y a descubrir en ella un lugar de encuentro con Dios.
Nos llama también a la sencillez. El pesebre nos libera de la obsesión por el tener, el aparentar y el consumir sin medida. En un contexto cultural que identifica la felicidad con la acumulación y el éxito, la Navidad nos propone otro camino: el de la sobriedad compartida, el de la alegría que nace de lo esencial, el de las relaciones sanadas y profundas. Vivir la Navidad hoy es atrevernos a simplificar la vida para hacer espacio a Dios y a los demás.
Nos llama la Navidad, además, al amor concreto y comprometido. “A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios”. Acoger al Niño es asumir su estilo de vida: un amor que se inclina, que sirve, que se entrega sin condiciones. La esperanza jubilar no puede quedarse en palabras o celebraciones; debe traducirse en gestos de cercanía hacia los pobres, los enfermos, los ancianos, los migrantes, los olvidados. Allí donde alguien es tratado como insignificante, la Navidad nos urge a reconocer el rostro de Dios.
Finalmente, la Navidad nos llama a ser artesanos de paz. El anuncio de los ángeles -“paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”- sigue siendo un desafío urgente. En un mundo polarizado y violento, el poder silencioso de la verdad y del amor se convierte en nuestra misión. No se trata de imponer, sino de testimoniar; no de vencer, sino de reconciliar; no de gritar más fuerte, sino de vivir de tal manera que otros puedan descubrir, a través de nosotros, que Dios está cerca.
Al concluir este Año Jubilar de la Esperanza, la Navidad nos recuerda que la esperanza tiene un rostro y un nombre: Jesucristo, el Verbo hecho carne. Él es el don definitivo de Dios a la humanidad. Que al contemplar al Niño en el pesebre aprendamos a creer de nuevo, a esperar contra toda esperanza y a vivir como hijos de la luz. Que nuestra vida, transformada por este misterio, se convierta también en buena noticia para los demás. Porque hoy, como ayer, Dios sigue viniendo, humilde y silencioso, para habitar entre nosotros con su amor y su paz.
Que así sea, amén.
