La Palabra de Cristo nos enseña a caminar, nos transforma y nos envía

III Domingo del Tiempo Ordinario.

25 de enero de 2026, VII Domingo de la Palabra de Dios.

En este III Domingo del Tiempo Ordinario, en el cual la Iglesia celebra también como el VII Domingo de la Palabra de Dios, se nos propone para esta ocasión un lema que ilumina profundamente nuestra reflexión: “Que la Palabra de Cristo habite en vosotros” (Col 3,16). No se trata solo de escuchar la Palabra, ni de leerla ocasionalmente, sino de permitir que ella penetre en lo más hondo de nuestro corazón, y que modele nuestra manera de pensar, sentir, decidir y actuar. Cuando la Palabra habita en nosotros, se convierte en fuerza transformadora, en luz para nuestros pasos y en alimento para nuestra fe.

Las lecturas de este domingo nos ofrecen un itinerario espiritual que va desde la experiencia de la oscuridad hasta el encuentro con la luz, desde la división hasta la comunión, desde la dispersión hasta la llamada personal de Cristo.

En la primera lectura, el profeta Isaías anuncia que el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz. Esta imagen no es solo poética, sino profundamente existencial. Todos, de una u otra manera, atravesamos momentos de oscuridad: dudas, miedos, fracasos, pecados, situaciones que nos superan, heridas que no terminan de sanar. La oscuridad puede ser interior, cuando perdemos el sentido de nuestra vida, o exterior, cuando las circunstancias nos golpean. Pero Dios no es indiferente a esta realidad. Él irrumpe con su Palabra como luz que orienta, consuela y despierta esperanza.

Esa luz no es abstracta, sino que se concreta en la persona de Jesucristo. Él es la Palabra hecha carne, el rostro visible del amor de Dios. En el Evangelio de Mateo vemos cómo Jesús comienza su misión precisamente en una región marcada por la marginalidad y el sufrimiento. Él no elige los centros de poder, sino los lugares heridos. Allí proclama: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. La conversión que Jesús propone no es solo un cambio moral, sino una transformación profunda del corazón, una nueva manera de vivir, de mirar la realidad y de relacionarnos con Dios y con los demás.

La Palabra de Dios no solo comunica, sino que llama. Cuando Jesús llama a los primeros discípulos, ellos dejan las redes, la barca, la seguridad de lo conocido, y lo siguen. Esta escena nos recuerda que la Palabra de Dios siempre nos pone en movimiento. No nos deja donde estamos. Nos invita a salir de nuestras comodidades, rutinas y miedos. Seguir a Cristo implica confiar en su Palabra más que en nuestras seguridades. Supone creer que Él sabe a dónde nos lleva, incluso cuando nosotros no lo comprendemos del todo.

El salmo 26 nos ofrece una confesión de fe profundamente consoladora: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”. Hermanos, cuando la Palabra habita en nosotros, se convierte en esa luz que disipa los temores, fortalece la esperanza y nos recuerda que no estamos solos.

San Pablo, en la segunda lectura de su primera carta a los Corintios, nos confronta con una realidad muy actual: las divisiones dentro de la comunidad. Cada grupo decía pertenecer a un líder diferente, olvidando que todos habían sido bautizados en Cristo. Esto nos invita a preguntarnos: ¿qué lugar ocupa realmente la Palabra de Dios en nuestras comunidades, en nuestras familias, en nuestra Iglesia? Cuando la Palabra no habita en nosotros, fácilmente caemos en rivalidades, en juicios, en enfrentamientos, en luchas de poder. Pero cuando dejamos que la Palabra nos transforme, aprendemos a escuchar, dialogar, perdonar, respetar y construir unidad.

La Palabra de Dios no es solo para ser estudiada, sino para ser vivida. Cada vez que abrimos la Biblia, no es solo nosotros quienes leemos, sino Dios quien nos habla. Y esta experiencia puede cambiar nuestra vida. Muchos testimonios nos muestran cómo una sola frase de la Escritura puede sostener a una persona en un momento de crisis, darle fuerza para seguir adelante, iluminar una decisión importante o despertar una vocación.

La Palabra nos revela quién es Dios, pero también quiénes somos nosotros. Nos hace ver nuestras luces y nuestras sombras, posibilidades y resistencias. Nos invita a convertirnos, no desde el temor, sino desde el amor que hemos recibido de Dios.

Hermanos, celebrar hoy el VII Domingo de la Palabra de Dios es recordar que nuestra fe no se basa en ideas, sino en un Dios que habla, se comunica y se hace cercano. Para que la Palabra habite en nosotros, necesitamos abrirle espacio: dedicar tiempo a la lectura orante, al silencio, a la meditación; escucharla en la liturgia con un corazón abierto; compartirla en comunidad; dejar que confronte nuestras actitudes y transforme nuestras decisiones.

¿Qué experiencia podemos tener desde y con la Palabra de Dios? 1.- Una experiencia de encuentro con un Dios que nos conoce por nuestro nombre, que nos llama como llamó a Pedro, Andrés, Santiago y Juan, los primeros discípulos. 2.- Una experiencia de sanación, porque su Palabra es medicina para el alma. 3.- Una experiencia de misión, porque quien ha sido tocado por la Palabra no puede guardarla solo para sí, sino que siente el deseo de compartirla.

Hermanos, hoy el Señor nos sigue diciendo: “Sígueme”. Nos lo dice en medio de nuestras ocupaciones, de nuestras preocupaciones y nuestras dudas. Nos invita a confiar en su Palabra más que en nuestras redes, porque la Palabra de Cristo no solo ilumina el camino, sino que nos enseña a caminar, nos transforma y nos envía.

Pidamos hoy, en esta Eucaristía, la gracia de ser tierra buena en la cual la Palabra pueda echar raíces, crecer y dar fruto. Que no pase de largo por nuestra vida, sino que se quede, nos habite y nos renueve profundamente. Que, al escucharla, podamos responder como los primeros discípulos: dejando atrás lo que nos ata y siguiendo a Jesús con un corazón libre y confiado. Porque quien deja que la Palabra de Cristo habite en su corazón, nunca vuelve a caminar en tinieblas, sino que vive en la luz, en la esperanza y en la alegría del Reino. Que así sea, amén.

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