Solemne Misa Crismal. Jueves Santo, 17 de abril de 2025.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos sacerdotes,
Un año más, nos hemos reunido en esta solemne y significativa celebración de la Misa Crismal, una de las expresiones más hermosas de comunión en nuestra Iglesia. En torno al altar, junto al obispo, renovamos el vínculo profundo entre el pastor y su presbiterio, entre los sacerdotes y su pueblo, en la misma misión de Cristo: ser testigos fieles del Evangelio y ministros de su gracia.
En esta Eucaristía, bendeciremos los óleos sagrados que serán usados en los sacramentos a lo largo del año: el óleo de los enfermos, que lleva consuelo y fortaleza; el óleo de los catecúmenos, que prepara a los nuevos hijos de Dios para la vida cristiana; y el santo Crisma, que unge y consagra, convirtiendo a los bautizados en sacerdotes, profetas y reyes; a los confirmados en valientes testigos de Cristo, y a los ministros ordenados en signos vivos de la presencia del Señor en el mundo.
Por ello, hoy celebramos con gozo y gratitud el Día del Sacerdocio, recordando que hemos sido llamados, ungidos y enviados para una misión que no nos pertenece, sino que nos ha sido confiada por el Señor. Este es un día para renovar nuestras promesas sacerdotales, para recordar la gracia inmensa del ministerio y para reavivar nuestra fidelidad en el camino de la santidad sacerdotal.
La belleza y profundidad de los textos de la palabra de Dios, que han sido proclamados, nos permiten comprender la grandeza y sublimidad del misterio del sacerdocio que hoy celebramos y agradecemos. Desde el mensaje de la palabra, comparto con ustedes tres pensamientos puntuales.
1.- La Unción de Cristo y nuestra misión sacerdotal:
El profeta Isaías, en la primera lectura, nos recuerda la esencia de nuestra vocación: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la libertad a los cautivos”. Somos ungidos del Señor; qué maravilla, qué grandeza, qué inmenso don: ungidos del Señor.
Por ello, Jesús mismo, en el evangelio de San Lucas, retoma estas palabras en la sinagoga de Nazaret y las proclama como cumplimiento de su misión: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír”. Él es el Ungido del Padre, el Mesías, y nosotros, como sacerdotes suyos, somos ungidos en Él para continuar su obra de salvación. Inmenso regalo y don de nuestra vocación.
Pero, ¿qué significa ser ungidos? Es estar marcados por el Espíritu Santo para vivir con un único propósito: llevar a Cristo a los demás. No hemos sido ungidos para nuestro beneficio y gloria personal, sino para servir, sanar, anunciar, liberar y consagrar.
Por su parte, en la segunda lectura del Apocalipsis, se nos recuerda que Cristo nos ha hecho “un reino de sacerdotes para su Dios y Padre”. Todo el Pueblo de Dios participa del sacerdocio de Cristo, pero los sacerdotes ordenados hemos recibido una unción especial -distinta en grado y esencia- para actuar “en la persona de Cristo”, prolongando su presencia en el mundo y en la Iglesia.
Con el salmo 88 hemos proclamado la fidelidad de Dios: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades”. Nuestra vocación es una respuesta a la misericordia infinita de Dios. No somos sacerdotes por mérito propio, sino por la llamada gratuita, amorosa y misericordiosa del Señor.
2.- Un Sacerdocio fiel en el Año Santo y Jubileo de la Esperanza:
Estamos viviendo un tiempo especial en la Iglesia: el Año Santo 2025, el Jubileo de la Esperanza. Este es un tiempo de gracia en el que se nos invita a renovar nuestra fidelidad al Señor y a su misión.
Por ello, en su momento, el Papa Benedicto XVI nos recordaba que: “El mundo necesita sacerdotes santos, que hablen con Dios y hablen de Dios” (Misa Crismal, 2009). Y, más recientemente, el Papa Francisco nos exhorta con estas palabras: “Los sacerdotes estamos ungidos para ungir. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, entregando nuestra vocación y nuestro corazón” (Misa Crismal, 2019).
La fidelidad sacerdotal no se vive en el aislamiento, sino en la comunión con el obispo, con los hermanos sacerdotes y con el pueblo santo de Dios. No somos sacerdotes solos; somos parte de un Presbiterio y servimos a una comunidad viva y concreta. La comunión es nuestro testimonio más fuerte y creíble para la Iglesia y el mundo.
3.- Luces, claves para la santidad y fidelidad sacerdotal:
Queridos sacerdotes, para vivir nuestro sacerdocio con santidad y fruto, quiero proponerles cuatro claves esenciales:
Primera: Unión íntima con Cristo: Jesús es el fundamento de nuestra vocación. No podemos ser fieles sin una relación profunda con Él desde la oración. Un sacerdote que no ora está en riesgo de perder el sentido de su ministerio. Recordemos siempre que fuimos llamados primero a estar con Él, y luego a ser enviados (Mc 3,14).
Segunda: Humildad y obediencia: El sacerdocio no es un proyecto personal, sino un don recibido. Como Cristo, estamos llamados a vivir con obediencia y humildad, buscando siempre la voluntad de Dios y no la nuestra. Como dice el Papa Francisco, debemos evitar la “mundanidad espiritual”, es decir, la tentación de usar el ministerio para nuestro propio beneficio.
Tercera: Testimonio de una vida santa: El mayor escándalo para la Iglesia es un sacerdote que no vive según lo que predica. Los fieles esperan de nosotros un testimonio auténtico, una vida santa y generosa. Bien decía San Gregorio Magno que “Quien tiene la misión de decir cosas grandes, está igualmente obligado a practicarlas” (Regla Pastoral 2,3). La santidad no significa perfección sin errores, sino un corazón totalmente entregado a Dios y a los demás que lucha diariamente por la fidelidad y la santidad.
Cuarta: Compromiso y oración: Queridos sacerdotes, hoy es un día para renovar con alegría y esperanza nuestra vocación santa. Que esta Misa Crismal sea un momento de gracia en el que Cristo, el Ungido por excelencia, renueve en nosotros su espíritu de santidad y fidelidad, para vivir un verdadero compromiso de consagración sacerdotal sostenido siempre desde la oración constante y confiada.
Queridos laicos, oren por nosotros sus sacerdotes. Necesitamos de su plegaria para permanecer firmes en nuestra vocación y misión. Como dijo San Juan Pablo II: “El sacerdocio es un don inmenso, pero también una responsabilidad que solo se puede sostener con la gracia de Dios y el apoyo de su Iglesia.” Hoy, de manera especialísima, nos unimos a Cristo en la Eucaristía, ofreciéndonos con Él en el altar. Que María, Madre de los sacerdotes, nos ayude a vivir nuestra vocación con amor, entrega, fidelidad y santidad hasta el último momento de nuestra vida y ministerio.
Que así sea. Amén.
