En el corazón de la Iglesia resuena constantemente el llamado del Señor: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos” (Mateo 9,37).
Hace pocos días celebramos la LXII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. La Iglesia Universal en actitud orante y de discernimiento renueva su compromiso con una de sus responsabilidades más urgentes: acompañar, suscitar y sostener las vocaciones. Esta jornada es un clamor del Espíritu que interpela a toda la comunidad cristiana a ser tierra fértil donde brote la llamada del Señor.
La vocación, en cualquiera de sus formas —sacerdotal, consagrada, matrimonial o laical comprometida— es siempre una respuesta de amor al Dios de la vida que llama. En medio de una sociedad plagada de ruido, de prisa y la confusión de voces, el silencio orante y el testimonio coherente de los creyentes se vuelven caminos privilegiados para que los jóvenes puedan escuchar la voz del Señor.
Hemos hecho un especial llamado a los jóvenes que están recibiendo el Sacramento de la Confirmación, para que precisamente en la quietud del silencio puedan oír otras voces distintas a las que el mundo ofrece. Les he propuesto que puedan acudir a adorar al Santísimo Sacramento del Altar para que el Señor sea el que les hable.
Al mismo tiempo, hoy, más que nunca, necesitamos pastores según el corazón de Cristo. Necesitamos religiosas y religiosos que entreguen su vida con alegría en los caminos de la pobreza, la educación, la salud, la misión y el cuidado de los descartados. Necesitamos matrimonios que vivan su vocación como signo visible del amor fiel y fecundo de Dios. Necesitamos laicos comprometidos que vivan su fe en el mundo con convicción, coherencia y esperanza.
Es imprescindible crear una cultura vocacional en nuestras comunidades. No podemos pedir vocaciones si no mostramos la belleza de seguir a Cristo con radicalidad. Las vocaciones deben brotar de familias creyentes, de parroquias vivas, de ambientes donde se cultiva la interioridad, se escucha la Palabra y se sirve al prójimo con generosidad.
Preguntémonos: ¿Somos realmente comunidades que proponen a los jóvenes la posibilidad de una vida entregada a Dios? ¿Tenemos el valor de proponer el sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio como caminos de plenitud, y no como opciones entre tantas otras?
El Señor sigue llamando. Él no deja de sembrar en los corazones inquietudes de eternidad, deseos de entrega y anhelos de sentido. Pero muchas veces su voz queda sofocada por nuestros miedos, prejuicios o por la falta de acompañamiento. Necesitamos educadores de la fe, sacerdotes, religiosas y laicos adultos que caminen al lado de los jóvenes, no para imponerles una vocación, sino para ayudarles a descubrir la que Dios ya ha sembrado en ellos.
Renovemos nuestra confianza en el Dios que llama y capacita. Que abramos nuestras comunidades al soplo del Espíritu, y que cada uno de nosotros —desde nuestro estado de vida— se convierta en un instrumento para que muchos más puedan seguir al Señor.
Fermento 373. Martes 20 de mayo, 2025
