Los creyentes estamos llamados a ser epifanía viva de Jesús, de su luz, de la verdad de su evangelio, de su salvación

Solemnidad de la Epifanía del Señor. Domingo 7 de enero 2024, Catedral Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Acolitado de los seminaristas Fernando Vásquez Vargas y Donaldo López Novoa.

Como conclusión del tiempo de Navidad celebramos esta importante y significativa solemnidad de la Epifanía del Señor, dentro de la cual, dos de nuestros seminaristas, Fernando Vásquez Vargas y Donaldo López Novoa, por gracia de Dios y discernimiento de la Iglesia, recibirán el ministerio del Acolitado.

Para comprender el significado e importancia de esta solemnidad, hemos de tomar como punto de partida que el término griego “Epifanía” significa manifestación de Dios. Hoy celebramos la manifestación de la salvación universal de Dios en la persona de Cristo, el Verbo encarnado, el Hijo de Dios que ha nacido en Belén, y que hoy se ha manifestado a todos los pueblos luminosamente por medio de una estrella. Cristo es la salvación que ilumina a todos los pueblos y a todos los hombres, pues, como dice el apóstol Pablo “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2,4).

Después de la atenta escucha de la Palabra de Dios, hemos constatado que los textos proclamados expresan vivas imágenes de esperanza, alegría, luz y salvación. Podemos decir perfectamente que hoy celebramos la fiesta de la luz para todos los hombres y la fiesta de la salvación universal. Escuchamos que una estrella guió a los sabios o magos de Oriente hasta Jesús, el Salvador. Es la luz de la Palabra del Padre, la luz de la fe y la luz de la verdad que quiere iluminar y salvar a todos. El mismo Señor lo dirá después: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue, no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8,12).

En la primera lectura, Isaías, el profeta mesiánico y de la esperanza por excelencia, anuncia que, en Jerusalén, la ciudad santa y lugar donde Dios habita, se manifestará, se hará epifanía la luz, la gloria y la salvación de Dios. Por ello, Jerusalén entonces y ahora nosotros, hemos de levantarnos, alegrarnos y gozarnos. Esa ha de ser la actitud porque la salvación viene y se manifestará también la gloria de Dios. Todos los pueblos, no solamente Israel, caminarán a la luz del Señor, Él reunirá a todos los pueblos en la ciudad santa, llegarán con ofrendas y regalos para adorar al Señor. Sin duda, este último detalle es una clara alusión a los sabios o magos de Oriente. El llamado es claro: levantémonos, alegrémonos en el Señor, vamos a su encuentro, dejémonos iluminar por Él porque viene a salvarnos.

La promesa salvífica de Isaías en la primera lectura, se cumple en el relato del evangelio de San Mateo sobre los sabios o magos de Oriente. Provenían de pueblos paganos, pero a ellos también se les manifiesta y se les hace partícipes de la salvación de Dios que ahora es universal. Ellos se dejan guiar por la luz de Dios, por la señal de la estrella. Buscan, indagan, preguntan, eluden a Herodes. Encuentran al rey de los judíos con María, su madre; se postran y lo adoran, y le ofrecen lo mejor de sus regalos. Como dice San León Magno, “oro como rey, incienso como Dios, y mirra como hombre”. De Belén, entonces, surge y se manifiesta la luz y la salvación para todos los hombres y todos los pueblos. Dios manifiesta, hace epifanía, su salvación para todos en la carne frágil del Niño nacido en Belén que encuentran y adoran los magos en representación de todos los pueblos de la tierra.

Por su parte, el apóstol San Pablo, en su carta a los efesios de la segunda lectura, resume lo que él llama el misterio escondido y que ahora se ha revelado, se ha manifestado y se ha hecho epifanía, es decir, que también los gentiles, los paganos, los que no pertenecíamos a Israel, “somos ahora coherederos, miembros de su cuerpo de y partícipes de la promesa de Cristo por el Evangelio”.

Hermanos, me parece que esta solemnidad de la Epifanía nos pide cinco actitudes concretas a nosotros hoy: 1.- Buscar siempre al Señor: con el mismo interés y diligencia de los sabios o magos de Oriente. 2.- Dejarnos iluminar por la luz de Dios: la luz de la verdad y de la fe. 3.- Adorar al único Dios verdadero: al único Dios en quien hay salvación. 4.- Dar lo mejor de nosotros mismos al Señor y a los demás: como lo hicieron los magos, lo mejor de nuestro tiempo, esfuerzo, trabajo, talentos, capacidades, etc. 5.- Dar razón de nuestra fe a los hombres de hoy: si nos preguntan dónde está Dios, dónde lo pueden encontrar, no se trata de dar una respuesta teórica, sino una respuesta con nuestra vida y con nuestro propio testimonio de fe, es decir, los creyentes estamos llamados a ser epifanía viva de Jesús, de su luz, de la verdad de su evangelio, de su salvación ¿Qué tanto estamos siendo esa manifestación en una sociedad que niega a Dios, que se paganiza, que oscurece y confunde la verdad? Testigos de la luz y la verdad es el reto.

Fernando y Donaldo, como parte del discernimiento vocacional y formación sacerdotal de ambos, hoy reciben ustedes el ministerio del Acolitado. Van a ser instituidos servidores cualificados del altar, con una especial cercanía y relación con la Santísima Eucaristía, sacramento que es fuente y cumbre de toda la vida de la Iglesia. Ayudando a los presbíteros y diáconos en el altar, harán viva experiencia de tener contacto con lo más sagrado y sublime que tenemos en la Iglesia; por ello recuerden y practiquen el famoso refrán latino que reza: “Sancta sancte tractanda sunt” (las cosas santas han de tratarse santamente). Con esa conciencia y reverencia sirvan siempre al altar, distribuyan la sagrada comunión a los fieles, y llévenla diligente y especialmente a los enfermos. Pero, sobre todo, sepan cada día ofrecerse al Señor como un verdadero sacrificio espiritual de sí mismos. Por ello, dentro de poco, el obispo les dirá, al entregarles la ofrenda: “vive de tal manera que puedas servir dignamente a la mesa del Señor y de la Iglesia”. Que el Señor haga muy fecundo y feliz este ministerio que reciben por voluntad suya y decisión de la Iglesia para bien de los fieles.

Hermanos, en la manifestación sacramental más excelsa que tenemos como lo es la Eucaristía, demos gracias porque Cristo se ha manifestado como Salvador de todos los pueblos, y también demos gracias por el ministerio de acólitos que recibirán Fernando y Donaldo. Que al alimentarnos del cuerpo y la sangre del Niño nacido en Belén y que se ha manifestado como Salvador de todos, experimentemos la fuerza que nos da este sacramento admirable para ser testigos y manifestación de la luz, la verdad y la salvación de Dios ante el mundo y ante todos los hombres. Que así sea amén.