Desde los primeros siglos, hombres y mujeres laicos han llevado la fe a los rincones más alejados del mundo, no solo con palabras, sino con el testimonio de una vida coherente con el Evangelio. Hoy, en medio de una sociedad fragmentada por la indiferencia religiosa y la cultura de lo inmediato, la misión evangelizadora de los laicos es más urgente que nunca.
El Concilio Vaticano II reafirmó este llamado al señalar que “los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo” (Lumen Gentium, 35). En el mismo numeral se les pide claramente a los laicos dedicarse “a un conocimiento más profundo de la verdad revelada” pidiendo a Dios el don de la sabiduría.
La evangelización no es una tarea secundaria. Es un deber intrínseco del cristiano que se inserta en el mundo para ser fermento en la masa. Desde la familia hasta los espacios de trabajo, desde las redes sociales hasta los círculos de amistad, cada laico tiene la responsabilidad de hacer visible el mensaje de Cristo.
Sin embargo, uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo es convertir la fe en una moneda de cambio, en un instrumento de interés personal o de poder. Con la evangelización no se trata de ganar adeptos, sino de anunciar la verdad con autenticidad. No se trata de imponer, sino de proponer; no de convencer a toda costa, sino de dar razones de nuestra esperanza con mansedumbre y respeto (cfr. 1 Pe 3,15). La credibilidad del mensaje cristiano radica en la coherencia de vida de quienes lo proclaman.
En un mundo donde la fe parece ser relegada a lo privado, los laicos están llamados a dar un testimonio público sin miedo ni vergüenza. Evangelizar no es solo hablar de Dios, sino hacer visible su presencia viva en la sociedad. Es luchar por la justicia, defender la dignidad de cada persona, promover la cultura de la vida, comprometerse con el bien común. Cada acción de servicio, cada gesto de amor gratuito, cada acto de perdón sincero es un acto evangelizador.
La evangelización no es encargo exclusivo de los sacerdotes, religiosos o agentes pastorales; es una vocación universal que exige audacia y creatividad. Por tanto, la evangelización no se limita a las estructuras eclesiales. La política, la economía, la educación y la cultura son campos legítimos para el testimonio cristiano.
Un empresario que obra con justicia, un docente que forma con valores, un periodista que comunica con ética, un trabajador que actúa con honradez, todos ellos son evangelizadores en su propia esfera de acción. No se trata de hacer discursos religiosos en cada momento, sino de impregnar la sociedad con la lógica del Evangelio.
Cuaresma es un tiempo propicio para revisar y renovar este compromiso evangelizador. Es un tiempo de gracia que nos recuerda que la fe no es solo una convicción interior.
La conversión que nos pide este tiempo litúrgico no es solo personal, sino comunitaria: estamos llamados a renovar nuestro ardor misionero y salir al encuentro de quienes han perdido el sentido de Dios. La pregunta es, ¿estamos dispuestos a asumir de verdad este compromiso?
Fermento 366. Martes 1 de abril, 2025
