Mientras avanzamos en el Adviento, tiempo de vigilancia y expectativa, nuestra mirada se dirige a la figura central que mejor encarnó la espera: la Santísima Virgen María. Recién celebrada la pureza de su Inmaculada Concepción, su vida se convierte en el modelo de integridad, transparencia y honestidad que la sociedad necesita reflejar.
La historia de María no es solo un relato de fe, sino la celebración de un ideal para nuestra condición humana. Ella representa, para la Iglesia, la persona que ha alcanzado la integridad absoluta: una vida sin dobleces, sin sombras y sin manchas. La vida de María nos confronta y nos recuerda que la transparencia total, libre de mentiras y corrupción, es la única base para una convivencia confiable. Esta es la medida con que debemos evaluar nuestro compromiso social y nuestra conducta diaria.
Si se aspira a una vida sin “mancha”, se debe desechar toda forma de corrupción y de oportunismo. La persona íntegra es aquella cuyas palabras y cuyas acciones coinciden, cuando se es coherente, cuando no se camina en la mentira. La figura de María hoy más que nunca nos hace un llamado a vivir en la verdad, a recorrer decididos el sendero de la justicia que nos propone el Señor.
Nuestra Madre del cielo nos demuestra que es posible una vida con integridad auténtica. Mirar a María nos ayuda a poner en práctica una fe pura y sin dudas, una esperanza firme, aun en medio de las dificultades y una caridad sincera, sin egoísmo. Si pusiéramos esto en práctica que diferente sería nuestra sociedad y no solamente cambiaríamos por motivo de una época.
Costa Rica necesita volver su mirada a Dios, lo repetimos una y otra vez. Igualmente, mucho bien le haría imitar el ejemplo de María; su modelo de pureza nos exige manos limpias y juicios rectos en todas nuestras acciones.
Esta integridad a la que debemos aspirar también se traduce en la vigilancia responsable frente a las amenazas que contaminan nuestro entorno. Un espíritu puro es un espíritu que combate el mal de su tiempo. Hoy, esa lucha es urgente frente a la violencia que lacera nuestra sociedad, el tráfico de drogas y la proliferación de contenidos y discursos que degradan la dignidad humana y dividen a la población.
Es vital que esta pureza comience en el seno de nuestra conciencia y, a partir de ahí, debemos hacerla extensiva a todas nuestras relaciones. Invito a cada familia a proteger la integridad de los más jóvenes, a fomentar un ambiente de respeto, verdad y diálogo. Que el hogar sea el primer espacio donde se enseñe el rechazo a la mentira, a la agresión en todas sus formas.
Que la Virgen María, quien se manifestó en una disponibilidad total para el servicio a los demás, nos acompañe en este caminar para abrir nuestro corazón y recibir al Señor tal como nos prepara este tiempo de gracia en la Iglesia.
Que en este Adviento, la figura de la Madre, signo de la perfección, también inspire a líderes y ciudadanos a construir una sociedad donde la ética sea cimiento y la esperanza la meta. Un país que honra la integridad es un país que construye sobre bases sólidas un futuro mejor para todos.
Fermento 402. Martes 9 de diciembre, 2025
