Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor,

12 de abril, Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Celebrar el acontecimiento central de nuestra fe, la resurrección, el triunfo y la victoria de Cristo, siempre es para nosotros motivo de alegría y esperanza inmensas. Pero, sobre todo, en esta Pascua tan particular del 2020, este dato y experiencia central de nuestra fe nos llena de profunda esperanza y confianza en el poder de la nueva vida y de la resurrección que Jesús comparte con nosotros. La vida, la luz y la gracia que Cristo nos comunica con su Pascua nos dan la certeza y la confianza de salir adelante, de superar el mal que nos aqueja en este momento y que, por supuesto, con la ayuda y la nueva vida de Dios saldremos adelante.

“¡Este es el día del triunfo del Señor!” Nos ha dicho el salmo 117. “Este es el día en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado”, nos recuerda San Pablo. Por ello, el anuncio pascual resuena hoy en la Iglesia y en el mundo entero: Cristo ha resucitado, vive más allá de la muerte, Él es Señor de vivos y muertos que ha derrotado el mal, el pecado, la injusticia, el dolor, la enfermedad, el desaliento y la desesperación. La Pascua es el anuncio contundente de que la vida nunca será destruida, porque Cristo venció a la misma muerte.

Esta es la realidad anunciada y testimoniada por los apóstoles, como Pedro, en la primera lectura de los Hechos: “nosotros somos testigos de que lo mataron colgándolo de una cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos concedió verlo”. Esta verdad de que Cristo está vivo ha de resonar continuamente en la Iglesia y en el mundo. Para ello, inspirémonos en el testimonio de Pedro también: “Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”. Anunciar y proclamar la vida, porque Dios nos ha llamado a esta vida y, sobre todo, a la vida eterna por la resurrección de su Hijo.

Al igual que Pedro, Juan y María de Magdalena, creemos en su testimonio y contemplamos el sepulcro vacío y los lienzos por el suelo como prueba de la resurrección. Así nos lo contaba el evangelio de San Juan. El que estaba muerto en el sepulcro ya no está en él, porque ha resucitado, está vivo. Creemos firmemente en esta verdad que es el centro de nuestra fe, y la anunciamos al mundo en medio de una cultura de muerte, de negación de la dignidad de la persona humana, de egoísmo, injusticia, pesimismo y desesperanza, y sobre todo en medio de la pretensión y prepotencia de querer vivir sin Dios. Frente a estos anti signos, nosotros los creyentes, discípulos del Resucitado, estamos llamados a anunciar y a testimoniar la grandeza y la belleza de la vida, la buena noticia del evangelio que es vida, vida en abundancia y, ante todo, vida eterna.

Por esta nueva vida que hemos recibido con la resurrección de Jesús, estamos llamados a ser testigos de la esperanza, de la confianza en Dios, del poder infinito y superior del amor del Señor, de su providencia que nos acompaña siempre y no nos abandona, sobre todo en estos momentos de prueba, dificultad, enfermedad y muerte. La esperanza no es un mero optimismo emotivo, sino un don de Dios que nos da la certeza de que Él lo llevará todo hacia el bien. Por ello, el Señor de la vida y que nos infunde su esperanza, nos sacará adelante con el poder de su resurrección. En esto creemos y confiamos firmemente como los primeros testigos de la resurrección.

Esta verdad de la resurrección no solo ha de ser anunciada y testimoniada, sino que debe ser asumida por nosotros también. Es lo que nos recuerda Pablo, en la segunda lectura de colosenses, como consecuencia de haber resucitado en Cristo. Por el bautismo, nosotros hemos sido sepultados con Cristo y hemos resucitado con Él. Por ello, decía el apóstol: “si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba … pongan su corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra … ustedes también se manifestarán gloriosos, juntamente con Él”. La vida nueva de la resurrección tiene que hacernos mirar y levantar el corazón hacia arriba, hacia Dios, a la esperanza definitiva de la vida eterna. La vida terrenal es pasajera, y especialmente en estos días hemos caído más en cuenta de cuán pequeños, limitados y pasajeros somos. Nuestra grandeza está en Cristo Resucitado, nuestra esperanza última es la vida eterna; no la tierra, el mundo y sus cosas …

Que la experiencia fundamental de nuestra fe, la resurrección y la victoria de Cristo, y la situación adversa que estamos viviendo, de verdad nos enseñen que nuestra vida y esperanza están en Dios, que es necesario retomar el camino de la justicia, la solidaridad y la igualdad, que hemos de ser mejores, más humanos, más cristianos, vivir más unidos, buscar y encontrar caminos para un mundo mejor. Después de la resurrección de Cristo y de lo que estamos viviendo, no podemos seguir siendo los mismos, no podemos seguir viviendo igual que antes. La resurrección es vida nueva, es cambio, es vivir de nuevo dándonos una nueva oportunidad de la mano de Dios.

Hoy, en comunión con todos los obispos de América Latina y el Caribe, nos consagraremos a Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América y Copatrona de nuestra diócesis. Lo haremos pidiendo su poderosa y maternal intercesión por el fin de la pandemia, por los que han muerto a causa de la misma, por los enfermos, servidores sanitarios y todos los que, de otra forma, están sirviendo y arriesgando su vida en medio de esta emergencia. Que la Madre de Guadalupe nos mantenga firmemente confiados en la fuerza de la resurrección de su Hijo y en la virtud de la esperanza.

Esta Eucaristía, en la que se renueva admirablemente el misterio pascual, y en la que se nos da a Cristo Resucitado como alimento, en su cuerpo y en su sangre, nos haga caminar firmes en la fe y en la esperanza, con la certeza de que el Señor nos da vida nueva y nos sacará delante de esta situación que estamos viviendo. Él es vida, quiere para nosotros la vida, y por ello nos colmará de la plenitud de su amor que nos guía y acompaña a cada momento de nuestra vida.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada