Nadie se salva solo

Fiesta del Bautismo del Señor, I Domingo Tiempo Ordinario,

11 de enero de 2026. Santuario San Pio de Pietrelcina, San Giovanni Rotondo.

La fiesta del Bautismo del Señor marca un momento clave en el calendario litúrgico: con ella culmina el tiempo de Navidad y se abre el tiempo ordinario, en el cual se nos invita a contemplar el ministerio público de Jesús en su cercanía con la gente, en su anuncio del Reino y en su entrega hasta la cruz. Su bautismo es como una especie de “puerta de entrada” a su misión pública. Se revela quién es Él y también quiénes somos nosotros como bautizados.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos ofrece una clave fundamental para comprender este misterio. Presenta al Siervo del Señor, elegido y amado por Dios, sobre quien reposa su Espíritu. No viene a imponer, no grita, no quiebra la caña resquebrajada ni apaga el pábilo vacilante. Es un siervo manso, cercano, compasivo, que trae el derecho y la justicia con fidelidad. Esta imagen se ilumina plenamente en Jesús, quien al entrar en las aguas del Jordán se solidariza con un pueblo que busca conversión, sanación y esperanza. Él, que no tiene pecado, se coloca en la fila de los pecadores. No lo hace por necesidad, sino por amor; asume nuestra condición para elevarnos con Él.

El Salmo 28 nos habla de la voz del Señor que resuena sobre las aguas, una voz poderosa y majestuosa. Esta voz que truena sobre el mar es la misma que se oye en el Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Es la proclamación de quién es Jesús: es el Hijo amado, el Ungido, el Enviado.

En la segunda lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro resume el ministerio de Jesús con una frase sencilla pero profunda: “Dios lo ungió con el Espíritu Santo y con poder, y pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo”. Esta es la consecuencia del bautismo: la unción, la misión, el envío. Jesús no se queda en el Jordán contemplando la experiencia espiritual, sino que sale a los caminos de Galilea para servir, sanar, levantar, perdonar y anunciar. Su bautismo no es un rito aislado, sino el inicio de una vida de entrega.

El evangelio de Mateo nos presenta un diálogo muy humano: Juan se resiste a bautizar a Jesús, porque intuye que es Él quien debería bautizarlo. Pero Jesús responde: “Conviene que cumplamos toda justicia”. Con esto nos enseña que la justicia de Dios no es la de los cálculos humanos, sino la del amor que se abaja, que se hace cercano, que se mezcla con nuestra historia. Jesús no busca privilegios, sino cumplir la voluntad de Dios. Y cuando sale del agua, los cielos se abren. Este es un signo bellísimo: en Él, el cielo ya no está cerrado para la humanidad. Se ha restablecido la comunión entre Dios y el hombre.

Esta fiesta nos habla también a nosotros peregrinos. No es solo el bautismo de Jesús, es el recuerdo vivo de nuestro propio bautismo. A veces lo reducimos a un acontecimiento social o a una celebración familiar. Pero el bautismo es mucho más: es el fundamento de toda la vida cristiana. En él somos hechos hijos de Dios, incorporados a Cristo, templos del Espíritu Santo y miembros vivos de la Iglesia. En el bautismo no solo se nos quita el pecado, se nos regala una identidad nueva. Dios también pronuncia sobre cada uno de nosotros: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco”. Esta palabra no depende de nuestros méritos, sino de su amor infinito.

Hoy, en un mundo marcado por la incertidumbre, la violencia, el individualismo y la indiferencia religiosa, ser bautizados es un verdadero desafío. No basta con llevar el nombre de cristianos; estamos llamados a vivir y actuar como tales. El bautismo nos compromete; nos unge como profetas, sacerdotes y reyes: profetas que anuncian la verdad con la vida; sacerdotes que ofrecen su existencia como sacrificio agradable a Dios; reyes en el sentido evangélico, es decir, servidores de los demás. Esto implica tomar postura, vivir con coherencia, optar por la justicia, la solidaridad, el perdón y la paz.

Uno de los grandes retos de los bautizados hoy es no diluir nuestra fe en la superficialidad. Vivimos en una cultura de lo rápido, de lo inmediato, de lo desechable y relativo. La fe, en cambio, requiere profundidad, constancia, escucha. El bautismo no es una “vacuna espiritual” que nos protege automáticamente de todo mal; es una semilla que debe crecer y dar fruto. Y para que crezca y dé fruto, necesita de oración, sacramentos, comunidad, formación y compromiso.

Otro desafío es dar testimonio. La fe no se trata solo de palabras, sino de vida testimonial con hechos. Como Jesús, estamos llamados a “pasar haciendo el bien”. Nuestro mundo necesita cristianos que acompañen, que integren, que salgan al encuentro del que sufre. El bautismo nos hace responsables del otro. Nadie se salva solo.

Finalmente, esta fiesta nos recuerda que nuestra vida tiene una misión. Así como el bautismo marcó el inicio del ministerio público de Jesús, nuestro bautismo marca el inicio de una vida nueva. No somos espectadores del Evangelio, somos protagonistas. Dios sigue abriendo los cielos sobre nosotros y sigue derramando su Espíritu. La pregunta es: ¿qué hacemos con ese don?

Nos encontramos en el Santuario del Santo Padre Pío, él llevó su condición y opción bautismal al grado de la santidad, vocación común de todo cristiano y bautizado. Alcanzó la santidad a través de la oración, la penitencia, el sufrimiento, las llagas de Cristo, su apostolado de la confesión. Bautizado es sinónimo de ser santo. El fruto del bautismo debe ser la santidad de vida.

Que al celebrar el Bautismo del Señor renovemos nuestra propia identidad bautismal. Que recordemos quiénes somos y para qué vivimos. Que, sostenidos por la gracia, podamos escuchar cada día la voz del Padre que nos dice: “Tú eres mi hijo amado”, y que, como Jesús, salgamos al mundo a llevar esperanza, luz y vida nueva.

Así sea, amén.

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