Negamos la vida de Jesús con nuestras acciones muchas veces erradas, incoherentes e irresponsables

Martes Santo, 26 de marzo de 2024.

26 de marzo de 2024.

Seguimos introduciéndonos en la profundidad y dramatismo de la Semana Santa, sobre todo acompañando -paso a paso- al siervo Jesús que entregará su vida por nosotros en muerte redentora. Los textos de la palabra de Dios nos hacen entrar en el realismo y en la intensidad de los acontecimientos de la pasión de Jesús.

Hoy, Martes Santo, el texto de la primera lectura, tomado del segundo cántico del siervo de Dios de Isaías, nos presenta a este personaje como un llamado de Dios desde el seno materno para anunciar la palabra salvadora de Dios. La lectura nos describe su misión que se aplica perfectamente a la misión mesiánica de Jesús: elegido desde el vientre de su madre es llamado a anunciar la palabra de Dios, está llamado a reunir a los supervivientes de un Israel disperso y, sobre todo, recibe la misión de ser luz de las naciones para que la salvación de Dios llegue hasta los confines de la tierra. Aquí está delineada claramente la misión de Jesús: un siervo que ha venido a traer la salvación para todos los pueblos a través del misterio de su pasión y muerte. El siervo Jesús ha venido a predicar la palabra de la verdad y de la luz a un mundo que vive en medio de mentiras, falsedades, apariencias, oscuridades y tinieblas. Este siervo quiere iluminar y salvar a cuantos lo reciban; por ello pidamos un corazón sencillo, humilde y dócil para aceptar las palabras del Señor que nos dan vida eterna.

Pero este siervo de Dios se nos presenta hoy como un traicionado y un negado. Se nos anuncia y acerca el misterio de su pasión dolorosa pero salvadora; qué misterios los de Dios. Él nos ha querido salvar en la persona de su Hijo, a quien ha sometido a una dolorosa pasión como expresión del amor supremo que nos tiene. Para el texto del evangelio de San Juan de hoy, la pasión empieza en el marco de la última cena, cuando el siervo Jesús anuncia dramáticamente dos cosas de dos de sus discípulos: uno lo entregará y traicionará, Judas. Y el otro lo negará conocer, Pedro. Con estos dos anuncios desconcertantes y dolorosos de dos de los suyos se empieza a desencadenar el horror y el dramatismo de la pasión que Jesús sufrirá solo y abandonado por los suyos; sólo Dios será su apoyo y fortaleza en las horas más oscuras y amargas de su pasión. Por más dolorosa y dramática que sea su pasión, a través de ella, y especialmente de la muerte, Jesús será glorificado por el Padre. La hora de Jesús es su muerte; y su muerte no será un fracaso, sino que será su glorificación, porque entregándose comunica la salvación al mundo.

Hermanos, contemplar al siervo que nos trae la palabra de salvación de Dios, y contemplarlo traicionado y negado, nos muestra hasta dónde ha llegado el amor de Dios por nosotros. Acá se cumple aquella contundente afirmación de que “tanto amó Dios al mundo que ha entregado a su único Hijo para que todo el que crea en él tenga vida eterna (Juan 3,16). El precio que Dios ha pagado por nosotros es la sangre de su Hijo, que nos ha rescatado, purificado y salvado. Qué amor más inmenso, incomprensible e incondicional. Tenemos que asombrarnos y conmovernos ante el misterio de este siervo Jesús y lo que ha hecho por nosotros.

Sin embargo, de nuestra parte, hay que pasar de la conmoción a la fidelidad, porque ninguno de nosotros está exento de traicionar y negar a Jesús. Tantos que se dicen cristianos lo traicionan y niegan por seguir y quedar bien con el mundo. Tantos que se consideran cristianos traicionan y niegan a Jesús cuando caen en acciones flagrantes de injusticia, corrupción, violencia, ambición y toda clase de atrocidades que niegan y traicionan absolutamente el amor de Dios. Es necesario pedir al Señor la gracia de la fidelidad y la autenticidad; vivimos tiempos de confusión y relativismo; hoy es muy fácil traicionar y negar a Dios. Como discípulos de Jesús hemos de ser gente clara y valiente, capaces de ser fieles y mantener la palabra al Señor; capaces de mostrarnos y de actuar siempre con autenticidad, nunca con cobardía o negando peor aún nuestra identidad de discípulos de Jesús.

La tarea y la misión son fuertes; sin duda rebasan nuestra capacidad, sobre todo en estos tiempos que vivimos.Llamados por el Señor, meditemos cuánto apreciamos nuestra vida. Meditemos, tomemos conciencia y actuemos cambiando cuando vemos muerte y destrucción en las carreteras, solo el año pasado se dio el récord de fallecimientos con 517 víctimas. Meditemos, tomemos conciencia y actuemos cambiando cuando vemos leyes y medidas que se imponen a favor de la contracepción, como la pastilla del día después. Meditemos, tomemos conciencia y actuemos cambiando cuando vemos que algunos siguen buscando liberalizar el aborto o abrir espacio a la eutanasia… pareciera que no aceptamos la vida nueva que Jesús nos ofrece. Parece que negamos la vida nuestra y negamos la vida de Jesús con nuestras acciones muchas veces erradas, incoherentes e irresponsables.

Pidamos la fuerza, la fidelidad, la autenticidad y la identidad cristiana que solo el Señor nos puede dar, sobre todo con el alimento y la gracia de su cuerpo y de su sangre que recibimos en la Eucaristía. Que Él nos ayude y que así sea.