¡No más violencia ni muerte contra las mujeres!

Una serie de feminicidios, que lamentablemente golpearon a Costa Rica en el mes de enero, no solo desangra a nuestras familias, sino que también evidencia profundas grietas de nuestra sociedad. Cada mujer asesinada nos dice que hemos fallado como país al permitir que la violencia se perpetúe. Este crimen atroz, despoja a nuestras familias de madres, hijas, hermanas y amigas…

El feminicidio no ocurre de manera aislada; es el reflejo de problemas profundos que debemos enfrentar como sociedad. Es fundamental reflexionar sobre las actitudes y comportamientos que, de manera consciente o inconsciente, perpetúan la indiferencia hacia el dolor de tantas mujeres. No basta con indignarnos; debemos comprometernos a erradicar este mal desde sus raíces.

Hay que educar desde la niñez en el respeto mutuo y la igualdad, reconociendo que la dignidad humana es inviolable. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña la igualdad de naturaleza entre el hombre y la mujer y establece una dignidad común en ambos (cfr. CIC, 2334).

Otro de los desafíos radica en nuestro sistema legal. Lamentablemente, vemos registro de personas que cometen estos atroces crímenes con una larga lista de delitos que les antecede y, en varios casos, son personas que salen una y otra vez de la cárcel. La sociedad debe exigir leyes más firmes, que no solo castiguen a los agresores, sino también proteja a las víctimas de manera efectiva.

También es preciso abordar las causas estructurales de la violencia. Esto incluye trabajar en la prevención, fortaleciendo las redes de apoyo para las mujeres en situación de riesgo y promoviendo políticas públicas que garanticen acceso a empleo, educación y autonomía económica. La falta de oportunidades no debe ser una sentencia de vulnerabilidad.

Como cristianos, nuestra responsabilidad es clara: no podemos ser indiferentes. Debemos denunciar las injusticias, acompañar a las víctimas y ser agentes de misericordia. El Papa Francisco señala: “¡Qué decir de tantas mujeres a quienes les han arrebatado injustamente la vida! Pidámosle a nuestro Dios el don de la conversión, el don de las lágrimas, pidámosle tener el corazón abierto, como los ninivitas, a su llamado en el rostro sufriente de tantos hombres y mujeres. ¡No más muerte ni explotación! Siempre hay tiempo de cambiar, siempre hay una salida y siempre hay una oportunidad, siempre hay tiempo de implorar la misericordia del Padre” (Viaje Apostólico a México, Santa Misa, 17 de febrero, 2016).

Asimismo, es necesario confrontar estereotipos, tradiciones machistas y dinámicas de poder profundamente arraigadas. Las mujeres deben vivir libres de miedo.

La educación es clave. Los hogares y las escuelas deben convertirse en espacios donde el respeto y la igualdad sean el centro de la formación en valores. Los padres y educadores tienen la misión de sembrar conciencia, respeto.

Todos los sectores de la sociedad debemos involucrarnos para no ser cómplices del silencio ni tolerar la indiferencia. Erradicar los feminicidios es un deber moral.

No permitamos que la sangre de más mujeres siga tiñendo nuestro suelo. Costa Rica debe volver a valorar la vida humana, retomar el camino de la paz en nuestras calles y en nuestros hogares, en todo lugar donde sea necesario, para que el respeto y la dignidad sean en verdad una vivencia y no solo ideas inertes.

Fermento 358. Martes 4 de febrero, 2025

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