No podemos negar lo evidente: el país que por décadas se enorgulleció de su estabilidad y cultura de paz hoy sucumbe ante la violencia. Homicidios en cifras nunca vistas, vidas arrebatadas en calles que se han vuelto territorio de miedo, hogares marcados por el dolor de la pérdida, comunidades atrapadas en una espiral de inseguridad. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo permitiremos que la indiferencia nos robe la esperanza?
La Iglesia no puede ser espectadora pasiva en esta crisis. Jesús nos envió como pastores y servidores en medio de su pueblo. No podemos resignarnos a que la violencia sea parte de la normalidad ni aceptar respuestas que no resuelven la problemática. La solución no está únicamente en las estrategias policiales, sino en una conversión profunda de la sociedad. La prevención, la educación y la restauración del tejido social son el verdadero camino para recuperar la paz.
Nos duelen las cifras de homicidios, pero nos debería doler aún más la cultura que los permite. La violencia no nace de la nada; es fruto de corazones endurecidos por la exclusión, la falta de oportunidades, la descomposición familiar, la pérdida de valores. No podemos construir una sociedad sin Dios y luego sorprendernos de que el mal avance. La crisis de violencia es también una crisis moral y espiritual.
Como Iglesia, debemos redoblar esfuerzos en ser una presencia real en los barrios más golpeados por el crimen. Nuestros templos, nuestras comunidades, nuestros grupos pastorales deben convertirse en espacios donde la vida se defienda, el joven encuentre una alternativa a la delincuencia, la familia pueda tener espacios para desarrollarse y desenvolverse. Si el mal avanza es porque el bien no ocupa el espacio que le corresponde.
No podemos olvidar que muchas veces la violencia es la voz desesperada de quienes no han encontrado acogida. Jóvenes sin horizonte, niños que crecen sin afecto, personas empujadas a la delincuencia porque la sociedad no les ofreció otra opción. La prevención empieza con cercanía, presencia y amor concreto. En plena época electoral, imploremos a Dios que esto no abra espacios a la demagogia. Por el contrario, ojalá se puedan señalar propuestas coherentes que permitan al país surgir en medio de esta ola de violencia y tragedia.
Lamentablemente, el narcotráfico, la corrupción, la impunidad y la falta de compromiso político han alimentado la realidad que vivimos. Pidamos al Señor que podamos ser artesanos de paz, que podamos hablar con la verdad y encontrar cambios profundos para bien de todos.
Se necesitan líderes políticos, empresariales y sociales que entiendan que cada vida cuenta, que cada vida rescatada es una victoria contra el mal.
No podemos permitir que el miedo nos paralice ni que el pesimismo nos haga cómplices. La historia nos demuestra que la violencia no es el destino inevitable de una sociedad, sino la consecuencia de decisiones humanas que pueden cambiarse.
No nos acostumbremos a la muerte, no nos resignemos al caos. Que cada comunidad cristiana pueda ser luz para detener esta ola de violencia.
Pidamos al Señor que nos ilumine, que nos libre de todo mal, que nos conduzca a ser una sociedad en la que podamos desterrar todo aquello que la daña.
Fermento 364. Martes 18 de marzo, 2025
