No olvidemos nunca que Jesús nos muestra el camino de la cruz, pero también el camino de la esperanza

Fiesta de San Vicente de Paúl

Hogar de Ancianos, Ciudad Quesada, Viernes 26 de setiembre de 2025.

Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos ancianos:

Nos hemos reunido esta tarde, para celebrar desde hoy la fiesta de San Vicente de Paúl, patrono de la caridad y padre de los pobres, que la Iglesia celebra mañana 27 de setiembre. Lo hacemos en este lugar tan especial, el Hogar de Ancianos de Ciudad Quesada, que lleva su nombre, y donde la vida, la fe y el servicio se encuentran en el cuidado de nuestros adultos mayores, quienes son un verdadero tesoro de sabiduría, de experiencia y de vida entregada.

El Evangelio de San Lucas, que hemos escuchado, nos presenta a Jesús preguntando a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Esa pregunta también es para nosotros esta tarde: ¿quién es Jesús para nosotros? Para San Pedro fue “el Mesías de Dios”, y para San Vicente de Paúl fue el Señor que se deja encontrar en los pobres, los enfermos y los necesitados. Jesús no se mostró en la riqueza ni en la abundancia, sino en la cercanía, en la entrega y en la compasión con los más pobres, sufrientes y olvidados.

El salmo responsorial nos invitaba a decir: “Espera en Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío”. Este deseo profundo de Dios también lo vivió San Vicente, quien encontró en el servicio a los pobres una forma de alabanza a Dios, de esperanza y de encuentro con el mismo Cristo. Él decía: “Los pobres son nuestros amos y señores”. Hermanos, servir a los pobres no es una opción, sino una gracia y una exigencia que nos acerca a Jesús mismo.

Queridos ancianos, ustedes, con sus años, con su vida, con sus luchas y dolores, son parte viva de ese rostro de Cristo. A veces, en la vejez y la enfermedad, sentimos el peso de la fragilidad, de la dependencia, incluso de la soledad. Pero hoy la fiesta de San Vicente nos recuerda que en esas realidades -la debilidad, la pobreza, la limitación- Cristo se hace presente y cercano. Su amor no se acaba con la edad ni con la fuerza del cuerpo, porque Dios nunca abandona a sus hijos; Él es siempre fiel.

Celebrar hoy a San Vicente de Paúl en este Hogar significa reconocer que la vejez y la enfermedad no son un “descarte” ni una carga, sino un momento privilegiado para experimentar la ternura y la misericordia de Dios. En una sociedad que muchas veces olvida, aparta y abandona a los ancianos, este Hogar San Vicente de Paúl de Ciudad Quesada nos da una lección viva: aquí se les acoge, se les atiende con paciencia, se les escucha con cariño, se les cuida con dedicación. Cada gesto de amor, cada comida servida, cada sonrisa compartida, cada palabra de aliento, es un reflejo del espíritu de San Vicente, que enseñaba: “No debemos contentarnos con amar a Dios, sino que debemos demostrarlo en las obras”.

Por eso, hoy también quiero agradecer de corazón a todos los que trabajan y colaboran en este Hogar: a los administrativos, al personal, a los voluntarios, a quienes apoyan de diferentes maneras este servicio de caridad. Ustedes son testigos concretos de que el amor no se queda en palabras, sino que se hace acción, presencia y entrega. Gracias porque en ustedes se renueva ese mismo carisma de San Vicente de Paúl, que no se cansaba de buscar nuevas formas de atender a los más pobres, necesitados y enfermos.

Queridos hermanos, no olvidemos nunca que Jesús nos muestra el camino de la cruz, pero también el camino de la esperanza. San Vicente, al igual que Cristo, nos enseña que el amor es más fuerte que cualquier dolor, y que el servicio transforma tanto al que lo recibe como al que lo da. Hoy, ustedes ancianos, nos enseñan también con su paciencia, con su fe y con su historia, que Dios siempre sostiene a los suyos.

En medio de las limitaciones de la edad, podemos vivir con esperanza. En medio de las enfermedades, podemos sostenernos en la fe. En medio de la soledad, podemos recordar que nunca estamos solos: Dios está con nosotros, y nos regala hermanos que nos acompañan y cuidan con amor. Como decía San Vicente: “Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios; pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente”. Hermanos, ese esfuerzo del que habla San Vicente lo vemos aquí, en este Hogar, cada día, en quienes hacen posible que nuestros ancianos tengan dignidad, cariño y atención.

Hoy celebramos a un Santo que nos recuerda que la caridad no pasa de moda, que el amor verdadero nunca es indiferente y que cada persona, especialmente los ancianos y enfermos, merecen nuestro respeto, nuestro cuidado y nuestra ternura. En un mundo marcado por el descarte y la prisa, este Hogar es un faro de luz que proclama: Los ancianos no se olvidan, se acogen; no se abandonan, se acompañan; no se descartan, se valoran y se aman.

Pidamos a San Vicente de Paúl que interceda por nosotros, para que seamos siempre una comunidad que acoge, que sirve y que ama. Que los ancianos se sientan queridos y acompañados, y que todos nosotros aprendamos de ellos el valor de la paciencia, de la sabiduría y de la fe probada a lo largo la vida.

Que la Santísima Virgen María, Madre de la ternura y de la misericordia, nos ayude a vivir siempre atentos a los más pobres, frágiles y enfermos, y que el Señor Jesús, el Mesías de Dios, nos conceda la gracia de reconocerlo en cada rostro anciano y enfermo que encontramos. Que Él nos ayude y que así sea.

¡San Vicente de Paúl! Ruega por nosotros.

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