No podemos considerarnos exentos de alejarnos, de abandonar e incluso de traicionar al Señor

Miércoles Santo, 27 de marzo de 2024

Estamos a las puertas del Triduo Pascual de los misterios centrales de nuestra fe; se acerca el desencadenamiento de los acontecimientos de la pasión de Jesús. Hoy contemplamos con un dramatismo más cercano al siervo de Dios que es humillado y entregado a la muerte como consecuencia de la traición.

La primera lectura de Isaías nos ofrece parte del tercer cántico del siervo de Dios y se nos presenta como un personaje que identificamos con Jesús en el misterio de su pasión. Se trata de un siervo humillado por las burlas, las afrentas y los golpes: tiraban de su barba y mejilla, recibió insultos y salivazos. Se trata de una descripción casi que calcada de la pasión de Jesús. Pero, en medio de la humillación, este siervo confía plenamente en Dios; sabe que el Señor le hará justicia y que no quedará confundido ni defraudado. Así, confiando y abandonándose en Dios, asumió el siervo Jesús las humillaciones de su pasión. Nos enseña a confiar y a ponernos en manos de Dios en medio de las dificultades, sufrimientos y pruebas de la vida; a no quejarnos ni a renegar, sino a tener la certeza de que Dios no nos abandona, sino que más bien nos sostiene y saca adelante en medio de los momentos más oscuros y dolorosos de la vida. Confianza y capacidad de abandono nos enseña el siervo Jesús.

Pero, además de la humillación, este siervo es entregado a la muerte como consecuencia de la vil traición ni más ni menos que de uno de los suyos, Judas Iscariote, como nos contaba con detalle el evangelio de San Mateo. Ante este desconcertante misterio de la libertad humana de Judas que traiciona y entrega a Jesús por treinta monedas, y sucumbiendo en lo más bajo de su ambición, preguntémonos: ¿Qué pasó con Judas? ¿No fue un discípulo y apóstol elegido y llamado por Jesús como los demás? ¿Acaso no escuchó la predicación de Jesús y presenció sus milagros? ¿No fue enviado como los demás a predicar la palabra y a hacer signos y prodigios? ¿No estaba muy cerca de él y conocía bien al Señor?

La traición de Judas debió tener una larga y previa historia. Desde antes estaría distante de Jesús, aunque estuviera cerca físicamente. Estaba lejos de Jesús en espíritu; su fe y su vocación se habrían resquebrajado poco a poco a causa de la ambición y del egoísmo. Judas permitió que su amor a Jesús se fuera enfriando y terminando, quedando en un seguimiento puramente externo. Su vida de entrega amorosa a Dios se convirtió en una farsa; qué misterio más increíble e incomprensible de la libertad y del actuar humano. De verdad que se trata de una auténtica tragedia, pues la traición habrá sido el resultado de infinidad de infidelidades y faltas de lealtad al Señor desde mucho tiempo atrás.

Hermanos, pero esta dramática realidad no está lejos de nosotros; no podemos considerarnos exentos de alejarnos, de abandonar e incluso de traicionar al Señor; de entregar también a Jesús a causa de nuestros pecados e inconsistencias. Lo más terrible para el amor es la traición. Por ello, hemos de estar muy atentos de nosotros mismos para no traicionar el amor infinito y siempre fiel del Señor. Como Judas, nos podemos enfriar y vaciar, nos podemos disipar y desenamorar, podemos caer en hechos y actitudes que ni siquiera nos podríamos imaginar. Al respecto, decía San Agustín que: “No hay pecado ni crimen cometido por otro hombre que yo no sea capaz de cometer por razón de mi fragilidad, y si aún no lo he cometido es porque Dios, en su infinita misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado en el bien” (Confesiones).

Por tanto, si nuestra fragilidad puede sucumbir a cualquier tentación, mal, pecado o crimen, de lo que se trata es que, en contraste a la traición, estemos muy vigilantes de nosotros mismos, que perseveremos en la fidelidad diaria del seguimiento y de la cercanía con el Señor. En fin, se trata de mantener vivo nuestro amor y sintonía con Jesús.

Quisiera detenerme sobre un aspecto de actualidad que tiene síntomas de dramatismo y es la tremenda disminución de nacimientos en nuestro país. Hay pronósticos que ensombrecen el futuro de nuestra sociedad. Parece que traicionamos la disposición a la vida que nos ha dado Jesús. Nuestras acciones no están en conformidad con el principio de fortalecer la célula fundamental de la sociedad. Actualmente tenemos una tasa de fecundidad que ronda el 1.3 hijos por mujer. Se habla de que dentro de una década nuestra población dejará de crecer. En la actualidad rondamos los 53.000 nacimientos aproximadamente por año, y pasaremos de manera más dramática a cerca de 23.000 en menos de 50 años, según las proyecciones. ¿Qué futuro queremos para nuestro país, hermanos? Escuchamos y vemos el testimonio de Jesús que muere y se entrega para darnos vida, y nos volvemos indiferentes.

Muy conscientes de nuestra debilidad y fragilidad, pidamos en esta Eucaristía la fuerza y el alimento que necesitamos para mantenernos vigilantes y fieles; que aleje de nosotros la tragedia y el drama de la traición; que conserve siempre vivo el primer amor en virtud del cual decidimos seguir al Señor para mantener nuestro sí a Él hasta el final de nuestra existencia. Que así sea, amén.