IV Domingo Tiempo Ordinario, 1 de febrero de 2026,
Parroquia Nuestra Señora de la Candelaria, Venecia, 10:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor y la Virgen María:
Celebrar el IV Domingo del Tiempo Ordinario en la víspera de la fiesta patronal de Nuestra Señora de la Candelaria es una gracia especial. La Palabra de Dios que hoy escuchamos ilumina profundamente el sentido de la identidad como comunidad parroquial y nos ayuda a comprender mejor qué significa caminar bajo la mirada maternal de María, la Mujer creyente, humilde y disponible al proyecto de Dios.
Los textos bíblicos de este domingo tienen un hilo conductor claro: Dios mira con predilección a los pequeños, a los humildes, a los pobres de espíritu, y en ellos realiza su obra de salvación. No se trata de una exaltación de la miseria, sino de una proclamación esperanzadora: Dios no se deja impresionar por el poder, la fama o el prestigio, sino por el corazón sencillo que confía en Él.
El profeta Sofonías nos invita: “Busquen al Señor los humildes de la tierra, los que practican su derecho; busquen la justicia, busquen la humildad”. Y luego anuncia que Dios dejará en medio de su pueblo “un resto humilde y pobre”, que se refugiará en el nombre del Señor. Este pequeño resto no es insignificante; es, en realidad, el germen de un pueblo nuevo. Dios construye su historia no desde la soberbia, sino desde la pequeñez que se abre a su acción.
Este mensaje se conecta profundamente con la experiencia de María. Nuestra Señora de la Candelaria es la Virgen que se presenta en el templo con su Hijo en brazos, cumpliendo humildemente la Ley. No se presenta como reina, sino como madre sencilla. Sin embargo, en ese gesto humilde se manifiesta una grandeza inmensa: María ofrece al mundo la Luz verdadera, Jesucristo. La fiesta de la Candelaria nos recuerda que estamos llamados a ser portadores de esa misma luz en medio de nuestra realidad.
El Salmo 145 proclama que el Señor “hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos, levanta a los caídos”. Este no es un Dios lejano, sino un Dios que se involucra en la vida concreta de su pueblo. Un Dios que toma partido por los que sufren. Esta afirmación tiene enormes consecuencias pastorales: una parroquia que celebra a la Virgen de la Candelaria no puede ser indiferente al dolor de su gente. Está llamada a ser un espacio donde los cansados encuentren descanso, los tristes consuelo, los pobres esperanza y los pecadores misericordia.
San Pablo, en la segunda lectura de su primera carta a los Corintios, refuerza esta lógica divina: “Dios eligió lo necio del mundo para confundir a los sabios; Dios eligió lo débil del mundo para confundir a los fuertes”. La grandeza cristiana no se mide por los aplausos ni por los reconocimientos, sino por la fidelidad al Evangelio. Por eso, la verdadera gloria del creyente es Cristo. Todo lo que somos y tenemos es don. Todo es gracia.
Este mensaje nos previene contra la tentación muy común de querer vivir la fe desde la apariencia, la autosuficiencia y el orgullo espiritual. Una parroquia viva no es la que presume de estructuras, sino la que se reconoce siempre necesitada de conversión. La parroquia de Venecia, bajo el amparo de la Candelaria, está llamada a ser una comunidad sencilla, cercana, servidora.
El Evangelio de las Bienaventuranzas es el corazón de esta celebración. Jesús no propone un camino fácil, pero sí un camino verdadero. Felices los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia. Jesús declara bienaventurados a quienes el mundo suele considerar fracasados. Y esto cambia radicalmente nuestra manera de entender el éxito.
Las bienaventuranzas son el retrato del mismo Cristo. Él es el pobre de espíritu que se confía totalmente al Padre. Él es el manso que no responde con violencia. Él es el misericordioso que perdona. Él es el que sufre por amor. Por eso, vivir las bienaventuranzas es vivir como Cristo. Aquí encontramos una hermosa relación con Nuestra Señora de la Candelaria. María vivió las bienaventuranzas antes de que fueran proclamadas. Fue pobre de espíritu al decir “hágase en mí”. Fue mansa al aceptar lo que no comprendía del todo. Fue misericordiosa al acompañar a su Hijo hasta la cruz. Fue portadora de la paz porque llevó en su seno al Príncipe de la Paz.
Celebrar la fiesta patronal no es solo recordar una tradición. La fiesta patronal es una oportunidad de gracia para preguntarnos: ¿qué tipo de parroquia queremos ser? ¿Qué testimonio estamos dando como comunidad cristiana? Nuestra Señora de la Candelaria los desafía a ser, en primer lugar, una parroquia luminosa, una parroquia que no encierra la luz para sí, sino que la comparte. Segundo, una parroquia misionera, que sale al encuentro de los alejados. Tercero, una parroquia que no juzga primero, sino que escucha. Cuarto, una parroquia que acompaña situaciones, sana las heridas y apuesta por la vida.
También es un llamado a fortalecer la comunión, pues una parroquia dividida apaga la luz. Una parroquia unida ilumina y anima. Asimismo, hay que pensar en los pobres y necesitados. Hay que preguntarse cómo se está ayudando a los más necesitados de la comunidad, cómo se acompaña a las familias que sufren, qué lugar tienen los jóvenes, los adultos mayores, los enfermos.
Nuestra Señora de la Candelaria nos enseña que la luz se sostiene con manos humildes. Ella sostiene a Jesús para ofrecerlo al mundo. Hoy nos toca a nosotros sostener a Cristo con nuestras obras, para que otros puedan encontrarlo. Queridos hermanos, pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos conceda un corazón pobre, sencillo y confiado. Que María, Madre de la Luz, nos ayude a vivir las bienaventuranzas en lo cotidiano. Que la parroquia de Venecia sea un faro de esperanza, un hogar abierto y una escuela de santidad.
Que la celebración de la fiesta patronal no solo quede en el recuerdo, sino que sea el compromiso renovado de ser discípulos misioneros, portadores de la luz de Cristo, bajo la amorosa protección de Nuestra Señora de la Candelaria. Amén.
