Visita de la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles a la Diócesis de Ciudad Quesada.
Sábado 9 de noviembre de 2024, Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Con alegría nos reunimos hoy junto a la venerada imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, para agradecer el bicentenario de su patronazgo sobre nuestra nación, en el marco litúrgico de la celebración eucarística, la mayor acción de gracias que puede ofrecer la Iglesia a Dios Trinidad, que ha querido asociar a su vez, a la Santísima Virgen María, al misterio de nuestra salvación. Por ello, nosotros Pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Ciudad Quesada nos sentimos impulsados a renovar con mayor empeño la actitud mariana que destaca esta mañana el texto del Evangelio de San Juan: “Hacer lo que Él nos diga”.
La visita de la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles nos permite detenernos en lo que significa una visita desde el punto de vista bíblico. En primer lugar, el Dios de Israel es un Dios cercano; el mundo de la Biblia lo reconoce próximo y capaz de comprender nuestras preocupaciones. En segundo lugar, la visita implica encontrarse con una realidad distinta a la nuestra que trae consigo cambios y rupturas. El Dios de Israel es experto en encuentros y en renovar opciones, además, es un Dios que escruta nuestro corazón para descubrir en él la huella de la bondad divina que describe el libro del Génesis. Y, por último, en tercer lugar, la visita despierta compromisos y decisiones que se asumen en totalidad, como el mismo evangelio de San Mateo nos lo describe, al narrar la acción que realiza San José al despertar del sueño a través del cual ha comprendido la maternidad de la Madre de Dios, tomándola por esposa y llevándola a su propia casa.
Los textos proclamados en esta celebración nos hacen reflexionar sobre el paso y la visita de Dios a nosotros como Iglesia diocesana. La primera lectura destaca, a la luz del profeta Isaías, el don de la alegría y el consuelo que recibe Israel por la cercanía de su Dios. ¿Cuál es la fuente de esta alegría? Precisamente la constatación de la fidelidad del Señor. Esta fidelidad divina se vuelve consuelo porque “como a un niño a quien su madre consuela, así les consolaré yo”. El paso de Dios sana nuestro corazón renovándolo en la experiencia de su amor gratuito, porque “al verlo se alegrará vuestro corazón”. El corazón humano actualmente está herido, experimenta dolor, angustia, desolación, dispersión y desaliento. Somos parte de un escenario histórico en el que trágicamente constatamos profundos vacíos y carencias que muchas veces nos impiden avanzar como personas y como creyentes. Todo ello fruto en ocasiones del pecado y de sus diversos rostros, y otras tantas, consecuencia del egoísmo humano que constata su impotencia. El paso de Dios nos permite retomar el camino sostenidos por la fe. Es Dios quien al visitarnos nos restaura y unifica, dándonos un corazón nuevo fruto de la gracia, del amor y de la misericordia. Un corazón ya no piedra, sino de carne.
En la plenitud de los tiempos, el Padre ha querido, a través de su Hijo amado, reconciliarnos consigo, y para ello ha asociado a tan gran obra, a una de nuestra raza, que es “bendita entre las mujeres”, “feliz porque ha creído”, la “llena de gracia”, la mujer creyente que describe el Evangelio de esta celebración eucarística. Esa mujer, la nueva Eva, la Santísima Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra en el orden de la fe, desde el viernes santo al pie de la cruz, es la virgen oyente, la virgen orante y la virgen oferente de todo su ser, que intercede por nosotros. Ella es la visita de Dios con acento materno, que hace exclamar al Beato Juan Pablo I: “Dios es más madre que Padre”. Ella es la que -como narra hoy San Juan- ha captado el dolor y la angustia de los jóvenes esposos, y es figura también de la Iglesia Madre que sale al encuentro de la necesidad, ofreciendo el mejor de los consuelos frente al caos que la carencia del vino supone en una boda dentro de la cultura oriental. Sin vino no hay fiesta, ni tampoco alegría. Ella ofreció su consuelo indicando una actitud: “Hacer lo Él les diga”. Ella no es el centro de atención. El centro es únicamente su Hijo, al que se accede sólo mediante la fe.
La narración evangélica de las bodas de Caná, proclamada en nuestra celebración, es una catequesis sobre la fe en Jesús, el Hijo eterno del Padre sin principio ni fin, segunda persona de la Trinidad, y a la vez, el Hijo de la Virgen en el tiempo y el espacio. Solamente Jesucristo puede dar respuesta a todas nuestras dificultades y problemas. Es Él quien únicamente puede salvarnos, pero ha querido el Padre que la vida nueva del Hijo nos llegara a través del “Hágase” de la Virgen de Nazaret. Eso es lo que ha comprendido nuestro país desde los albores del nacimiento de la Patria cuando al gestarse con la República un nuevo orden político, social y económico para Costa Rica, quiso tener como Madre y Señora a la misma Madre de Dios bajo la advocación de la Reina de los Ángeles, quien desde su casa de Cartago acoge a todos los costarricenses bajo su protección maternal, y que nos visita felizmente en este día memorable.
La imagen querida de Nuestra Señora de los Ángeles, a quien nuestros antepasados proclamaron como nuestra Patrona, y a quien nuestro pueblo invoca como “La Negrita”, continúe siendo visita de Dios para nuestra nación, y que su paso de madre por nuestra diócesis hoy, renueve en todos nosotros la fe de Caná, entorno a su Hijo único Salvador de los hombres; nos siga ofreciendo el consuelo del Padre a través de la escucha del Hijo, y prosiga renovando en todos los corazones, los hogares y las familias la esperanza y la confianza que provienen de una certeza: nunca estamos solos. El Señor es siempre fiel. Él es nuestra roca firme y nos sigue invitando a entrar en la revolución de la ternura, como dice el Papa Francisco, mirando la ternura divina en el rostro materno de la Reina de los Ángeles, Madre, Señora y Patrona de Costa Rica. Que así sea, amén.
¡Nuestra Señora de los Ángeles! Ruega por nosotros.
