Nuestra vida es misión

A propósito de la XCVIII Jornada Mundial de las Misiones que celebramos este mes, la Iglesia nos recuerda que cada uno de nosotros está llamado a ser testigo del amor de Dios en el mundo. No importa dónde estemos o qué hagamos, nuestra vida es una misión constante para llevar la luz del Evangelio a quienes nos rodean. Cada pequeño gesto de amor, cada palabra de consuelo y cada acción de justicia es una respuesta al llamado que Jesús nos hace: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Marcos 16, 15).

Ser misioneros no es una tarea reservada solo para quienes viajan a lejanas tierras, sino una invitación para todos los bautizados a vivir nuestra fe en cada momento y situación de nuestra vida cotidiana. En nuestras familias, trabajos y comunidades, Dios nos llama a ser reflejo de su amor, a compartir el mensaje de esperanza y salvación que hemos recibido.

En este sentido, la misión no es algo externo a nuestra vida, sino que nuestra propia existencia es una misión. Cada católico tiene un papel único y valioso en esta obra de evangelización que construye el Reino de Dios.

“La misión es un incansable ir hacia toda la humanidad para invitarla al encuentro y a la comunión con Dios. ¡Incansable! Dios, grande en el amor y rico en misericordia, está siempre en salida al encuentro de todo hombre para llamarlo a la felicidad de su Reino, a pesar de la indiferencia o el rechazo”, nos dice el Papa Francisco en su mensaje con motivo de esta Jornada que celebraremos propiamente el 20 de octubre.

Recalca el Santo Padre que “la misión universal requiere el compromiso de todos” y en esa perspectiva debemos renovar nuestra fe, asumir el llamado y encarnarlo para llevar el mensaje del Evangelio a los demás.

En un mundo cada vez más conectado por las plataformas digitales y las redes sociales, ciertamente tenemos una valiosa herramienta para anunciar el Evangelio a miles de personas de forma instantánea. Ciertamente podemos llevar el mensaje de Cristo a lugares donde no podríamos llegar físicamente. Sin embargo, no podemos olvidar que el encuentro personal sigue siendo insustituible. El encuentro con el otro, cara a cara, la palabra compartida en la calle o en el hogar del enfermo o del adulto mayor que muchas veces se encuentra solo son actos que transmiten el amor de Dios de una manera profunda y cercana.

La misión a la que estamos llamados va más allá de lo virtual. Es necesario salir de nuestras zonas de confort, ir a las periferias, a los lugares donde el dolor y la soledad están presentes. Es allí, en el encuentro personal con el hermano, donde el Evangelio cobra vida de forma plena.

Visitar a los enfermos, consolar a quienes sufren y compartir la esperanza de Cristo en las calles son expresiones concretas de nuestro compromiso misionero. La tecnología es una herramienta valiosa, pero el amor de Dios necesita de nuestras manos, nuestra voz y nuestra presencia en el mundo.

Que esta Jornada Mundial de las Misiones nos impulse a renovar nuestro compromiso misionero, recordando que ser testigos de Cristo es una responsabilidad que nos exige también coherencia de vida.  Con fe, esperanza y caridad, llevemos el Evangelio a cada rincón, sabiendo que nuestra misión es amar y servir, con la certeza de que Dios siempre está con nosotros.

Fermento 340. Martes 1 de octubre, 2024

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