Pasemos de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del egoísmo al amor

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, 24 de marzo de 2024.

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Por gracia de Dios, iniciamos hoy la Semana Santa para la cual nos hemos venido preparando a través de la Cuaresma. Conmemoramos la entrada de Jesús en Jerusalén: el Señor entra como siervo obediente a sufrir la pasión y a pasar a través de la muerte para darnos nueva vida con su resurrección.

Jesús entra manso y humilde, montado en un borrico; es aclamado con ramos y palmas como aquel que viene en nombre del Señor, como Mesías, Salvador e Hijo de Dios. Los ramos, las palmas y las flores de hoy, nos recuerdan el triunfo glorioso de Cristo sobre el mal, el pecado y la muerte. Nos recuerdan la victoria de Jesús en la Pascua y nos piden aclamarlo y adorarlo como Rey y Señor de nuestras vidas. Estamos llamados a proclamar y vivir el señorío de Cristo en nuestra propia vida.

Isaías, en la primera lectura, nos presenta al siervo de Dios que sufre el oprobio, la humillación y el desprecio. Pero es el siervo que pone su confianza en Dios: “El Señor me ayuda, sabía que no quedaría defraudado”. Este siervo que anuncia Isaías es Cristo que en su pasión fue apaleado y que recibió ultrajes y salivazos. Jesús es el siervo de Dios que muere en la cruz por nuestra salvación. Asume todo esto por ustedes y por mí ¡Qué locura y extremo de amor!

En la segunda lectura, de San Pablo a los filipenses, se nos hace ver que Jesús, con su pasión y muerte, se rebajó, se despojó de su condición divina y pasó por uno de tantos. Se humilló al extremo, se hizo esclavo y obediente hasta la ignominiosa muerte de cruz. El estilo de Jesús es la humildad hasta el extremo de la humillación por amor.

Solemne e impresionante es el relato de la pasión, según San Marcos, que hemos escuchado. Nos presenta paso a paso, momento a momento, el abandono, el rechazo, la humillación, la traición, la condena, la cruz y la muerte de Jesús que ha sufrido como varón de dolores. El evangelista nos presenta a este siervo sufriente como el Hijo de Dios. Ante la pasión, vemos   actitudes   contrastantes:   la   traición de Judas, el abandono de los apóstoles, la negación de Pedro y su arrepentimiento, el rechazo de la misma gente que lo había aclamado un día como hoy, la cobardía de Pilato, la ayuda del Cireneo, la compañía de las mujeres en el calvario y la fe del centurión que reconoce a Jesús como Hijo de Dios. Todo esto es expresión del amor más grande, inimaginable, extremo e infinito de Dios por nosotros.

Hemos rezado con el salmo 21 que se aplica hoy, de manera extraordinaria, a Jesús en su pasión y muerte. Cristo no reclama el abandono del Padre, sino que asume la muerte orando y confiando, en total entrega a la voluntad de Dios.

Entramos en la semana más importante para nuestra fe cristiana. La semana de los más grandes misterios de la salvación, la semana en que ha quedado patente el amor más grande del mundo. Hermanos y hermanas, los invito a que la vivamos acompañados de dos actitudes fundamentales:

1. Contemplemos y profundicemos este misterio de amor infinito de Aquel que se humilló, pasó por la pasión y la muerte por nuestra salvación. Pensemos cuánto valemos para Dios, qué precio ha pagado por nosotros. Cristo se ha entregado por nosotros para que tengamos vida nueva y para que podamos superar el orgullo, la soberbia, la violencia y una cultura de muerte con actitudes de amor, misericordia y perdón.

2. Acompañemos y vivamos muy unidos a Jesús durante estos días. Meditemos, oremos en un clima de recogimiento, espiritualidad, reflexión, austeridad y unión familiar, pero, sobre todo, hagamos pascua: pasemos de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del egoísmo al amor, del hombre viejo al hombre nuevo. Tengamos los mismos sentimientos de Cristo que obedeció, se humilló y se entregó.

La Eucaristía que estamos celebrando nos ayude a entrar en el espíritu propio de estos días santos, para que unidos a Cristo hagamos experiencia de este amor supremo y extremo que se ha entregado por nosotros hasta la muerte y por nuestra salvación. Amén.