Toma de Posesión del Nuevo Párroco de Nuestra Señora de Lourdes, Boca de Arenal.
Pbro. Mangel José Hernández Rivera. Feria Mayor de Adviento, jueves 18 de diciembre de 2025.
Parroquia Boca de Arenal, 6:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor:
En este día de gracia, la Iglesia nos concede celebrar una doble realidad profundamente significativa. En primer lugar, continuamos el camino del Adviento, y más concretamente la Feria Mayor del 18 de diciembre, cuando la liturgia intensifica la esperanza y nos sitúa ya a las puertas del misterio de la Encarnación. En segundo lugar, esta comunidad parroquial de Nuestra Señora de Lourdes, en Boca de Arenal, vive un momento eclesial de especial importancia con la toma de posesión de su nuevo párroco, el P. Mangel José Hernández Rivera. Esta celebración no se trata simplemente de un relevo pastoral ni de un acto administrativo, sino de un verdadero acontecimiento de fe, en el que reconocemos que Dios sigue siendo fiel a su pueblo, dándole los pastores que necesita.
La Palabra de Dios proclamada ilumina de manera providencial este momento celebrativo. El profeta Jeremías anuncia la promesa de un “vástago legítimo” que el Señor hará brotar para David, un rey que gobernará con justicia y derecho. Frente a los pastores infieles de la época que dispersaron al rebaño, Dios mismo promete suscitar un pastor auténtico, capaz de reunir, cuidar y salvar a su pueblo. Esta promesa encuentra su cumplimiento pleno en Jesucristo, el Buen Pastor, pero también se prolonga sacramentalmente en el ministerio de aquellos que, por el sacramento del Orden, son constituidos pastores del pueblo de Dios. La toma de posesión de un nuevo párroco es, por tanto, signo concreto de esa fidelidad de Dios que sigue cumpliendo su promesa: “No faltarán pastores para mi pueblo”.
El salmo 71 es una súplica confiada dirigida al Señor: “Dios mío, confía tu juicio al rey…”. Se pide un gobierno justo, atento a los pobres, defensor de los necesitados, protector del débil. Notemos que no es un poder que oprime, sino una autoridad que sirve y salva. Este salmo describe el ideal del rey mesiánico, pero también nos ofrece una clave para comprender el corazón del ministerio pastoral. El párroco está llamado a ser, en medio de la comunidad, un signo humilde y transparente de la justicia y la misericordia de Dios, especialmente hacia los más frágiles, los pobres, los enfermos, los que sufren y los que se sienten alejados.
El Evangelio según San Mateo nos introduce en el misterio silencioso y profundo de San José, en el contexto del nacimiento de Jesús. José aparece como un hombre justo (fiel, de fe), que vive una situación humana desconcertante y dolorosa, pero que sabe abrirse a la acción de Dios. Ante el misterio de la generación de Jesús, José no actúa desde el miedo y el orgullo, sino desde la obediencia confiada a Dios. Escucha la voz del ángel, acoge a María, recibe al Niño y asume una misión que no ha elegido, pero que le ha sido confiada. José no habla, no se impone, no ocupa el centro; simplemente hace lo que Dios le pide.
Hermanos, me parece que esta actitud de San José ilumina de manera especial el ministerio del nuevo párroco, el P. Mangel, que hoy toma posesión de esta comunidad. Como José, el párroco es llamado a acoger un misterio que lo supera: el misterio de una comunidad concreta, con su historia, sus alegrías, sus heridas, sus desafíos y sus esperanzas. No llega como dueño, sino como servidor; no para imponer su propio proyecto, sino para discernir y acompañar la obra que Dios ya está realizando en medio de la comunidad. Su primera tarea es escuchar: escuchar a Dios en la oración, escuchar a la Iglesia en comunión con el obispo, y escuchar al pueblo que le ha sido confiado.
El ministerio del párroco, tal como nos recuerda la Iglesia, se realiza en torno a tres grandes dimensiones: anunciar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos y pastorear la comunidad. Anunciar la Palabra implica enseñar la fe con fidelidad, claridad y cercanía, ayudando a que el Evangelio ilumine la vida concreta de las personas. Celebrar los sacramentos, especialmente la Eucaristía, significa santificar al pueblo de Dios, alimentarlo con la gracia y acompañarlo en los momentos decisivos de la vida. Pastorear la comunidad supone animar la comunión, coordinar los carismas, promover la participación responsable de los laicos y cuidar con especial predilección a los más necesitados.
Pero, como San José, todo esto solo es posible desde una profunda vida interior. El párroco está llamado a ser, ante todo, un hombre de Dios, de oración, silencio fecundo y obediencia humilde. Su autoridad no nace del poder, sino del testimonio creíble; no surge de la imposición, sino del servicio generoso. En el Adviento, este estilo adquiere una fuerza particular, pues el pastor es aquel que ayuda al pueblo a esperar, a preparar el corazón, a reconocer la presencia discreta de Dios que viene a nuestro encuentro.
Hermanos, como obispo quiero decirles sinceramente: a la comunidad parroquial le corresponde también una misión esencial. Así como José cuidó del Niño y de María, así también la comunidad está llamada a cuidar de su pastor, a sostenerlo con la oración, la cercanía, la colaboración sincera y la corresponsabilidad. La parroquia no es solo tarea del párroco; es una familia de familias, donde cada bautizado tiene un lugar, una vocación y una responsabilidad que llevar a cabo.
Queridos hermanos, en esta Feria Mayor de Adviento, cuando la Iglesia proclama con fuerza que “el Señor está cerca”, acojamos con fe el inicio del ministerio pastoral del nuevo párroco. Que el ejemplo de San José inspire al P. Mangel José en su entrega silenciosa y fiel, y que esta comunidad de Nuestra Señora de Lourdes camine unida, en esperanza y caridad, preparando juntos la venida del Señor. Que Santa María de Lourdes, Madre del Salvador, y San José, custodio fiel, intercedan por todos ustedes que conforman esta comunidad parroquial en la fe y la caridad.
Que así sea, amén.
